La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Pero todos estos libros —dijo señalando a su alrededor— contienen profecías, no visiones. Las profecías son palabras.
— Las palabras no son más que un modo de transmitirlas, son claves que desencadenan una visión en las personas dotadas con el don de la profecía. Pese a llevar tres mil años estudiándolas, las Hermanas sólo tienen un conocimiento muy parcial de ellas. Estas palabras fueron escritas para transmitir el conocimiento a otros magos a través de visiones. Eso es lo que aprendí cuando me llegó la profecía. Fue como abrir una puerta en mi mente. Durante todo este tiempo tenía la llave dentro de mi cabeza.
— ¿Me estás diciendo que puedes leer cualquier profecía y tienes una visión que te revela si es cierta?
Warren negó con la cabeza.
— No soy más que un niño que da los primeros pasos. Aún me queda mucho camino por recorrer antes de llegar a saltar las vallas.
Verna miró la página sobre la mesa y desvió la mirada, dando vueltas al anillo que llevaba en el dedo.
— ¿Y ésta, la que tuviste, significa lo que sugiere?
Warren se humedeció los labios.
— Los primeros pasos de un niño siempre son tambaleantes, y esta profecía es el primer paso. Podríamos decir que es una especie de ejercicio. He encontrado otras similares, primeros intentos como la mía, y…
— ¿Warren, es o no es cierta? —preguntó Verna, exasperada.
El joven se bajó las mangas.
— Es cierta pero como en todas las profecías, las palabras no significan necesariamente lo que sugieren.
Verna se acercó a él y le dijo hablando entre dientes:
— Responde la pregunta. Estamos juntos en esto. Tengo que saberlo.
Warren hizo el típico ademán con el que solía quitarle importancia a las cosas. Pero en la mente de Verna sonó la señal de alarma.
— Mira, Verna, te diré lo que sé y lo que vi en la visión, pero soy nuevo en esto y no lo comprendo todo, por mucho que la profecía sea mía.
— Dímelo, Warren —exigió Verna, mirándolo sin flaquear.
— La Prelada de la que habla la profecía no eres tú. No sé quién es, pero no eres tú.
Verna suspiró y cerró los ojos.
— Menos mal. Warren, no es tan grave como creía. Al menos no seré yo quien haga esas cosas terribles. ¿Hay algún modo de cambiar la profecía?
Warren desvió la mirada, la guardó en un libro abierto y lo cerró.
— Verna, si la Prelada es otra, sólo puede significar que tú estarás muerta.
23
Cuando todo el cuerpo se le encendió con el dulce tormento del deseo supo, aun sin verla, que acababa de entrar. Inspiró su inconfundible fragancia y lo invadió una dolorosa ansia de entregarse. Como quien percibe un furtivo movimiento en la niebla, no podía discernir la esencia de la amenaza pero de alguna manera, en lo más profundo de su mente consciente, sabía sin lugar a dudas que esa amenaza existía, y el intenso peligro lo excitaba aún más.
Con la desesperación de quien se ve invadido por un enemigo muy superior buscó la empuñadura de la espada en un intento de reunir toda su determinación y resistir el impulso de someterse. Lo que su mano buscaba no era el acero desnudo sino los terribles colmillos de la ira, una furia que lo sostuviera y le transmitiera la voluntad de resistir. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo; todo dependía de eso.
Su mano se ancló en la empuñadura al cinto y sintió la oleada de perfecta furia que le invadía cuerpo y mente.
Al alzar la vista distinguió las cabezas de Ulic y Egan que se acercaban hacia él entre los congregados. Aun sin verlos hubiese sabido que ella caminaba en el espacio que quedaba entre ambos; sabía que ella estaba allí. Soldados y dignatarios se apartaban para dejar paso a los dos fornidos guardaespaldas y a su protegida. Los susurros pasaban de uno a otro y las cabezas se ladeaban en oleadas, como las ondas en un estanque, lo cual recordó a Richard que en las profecías también lo llamaban «el guijarro en el estanque»; es decir, aquel que genera ondas en el mundo de los vivos.
Entonces la vio.
El deseo le constriñó el pecho. Llevaba el mismo vestido de seda rosa que la noche anterior, pues no se había llevado ninguna muda. Richard recordó vívidamente que le había dicho que dormía desnuda. Al pensarlo, el corazón le latió con la fuerza del martillo contra un yunque.
Haciendo un gran esfuerzo centró los pensamientos en la tarea que tenía entre manos. Ella miró asombrada a los soldados que conocía pues pertenecían a la guardia del palacio de Kelton. Pero ahora llevaban uniformes d’haranianos.
Richard se había levantado pronto para tenerlo todo listo. De todos modos, apenas había podido dormir y tuvo agitados sueños relacionados con ella.
¿Kahlan, amor mío, podrás perdonarme algún día por tener esos sueños?
Con tantas tropas d’haranianas en Aydindril sabía que no le faltarían pertrechos de todo tipo, por lo que había ordenado que le proporcionaran uniformes extra. Los keltas, desarmados, no estaban en posición de discutir y, de todos modos, sonrieron complacidos después de comprobar el fiero aspecto que les conferían los uniformes de cuero oscuro y malla. Entonces les dijeron que Kelton era parte de D’Hara y se les devolvieron las armas. Ahora formaban en fila, muy tiesos y orgullosos, sin perder de vista a los representantes de los otros países que aún no se habían rendido.
Al final resultó que aunque la tormenta de nieve había permitido a Tobias Brogan escapar, por otra parte había sido una suerte, pues los dignatarios prefirieron esperar a que el tiempo mejorara para ponerse en marcha. Richard aprovechó la oportunidad que el destino le ofrecía en bandeja y los convocó en palacio bien entrada la mañana, antes de partir. Solamente había citado a los más importantes. Deseaba que fuesen testigos de la rendición de Kelton, uno de los países más poderosos de la Tierra Central. Quería darles una última lección.
De pie a un lado del estrado contempló a Cathryn, que empezaba a subir los peldaños, devolviendo la mirada a todos aquellos ojos posados en ella. Berdine retrocedió para dejarla pasar. Richard había colocado a las tres mord-sith en los extremos del estrado, lo más alejadas de él. No le interesaba oír nada de lo que pudieran decirle.
Cuando, por fin, los castaños ojos de Cathryn se posaron en él, Richard tuvo que apretar las rodillas para evitar que se le doblaran. La mano izquierda con la que asía la empuñadura de la espada empezó a latirle con fuerza. El joven se recordó que no era necesario que tocara la espada para contar con su magia y, mientras consideraba las tareas que lo aguardaban, barajó asimismo la posibilidad de retirarla y mover los dedos para recuperar el tacto. Cuando las Hermanas de la Luz trataron de enseñarle a entrar en contacto con su han, le habían dicho que fijara su voluntad interior en una imagen mental. Richard había elegido la imagen de la Espada de la Verdad, y en esa imagen fijaba ahora toda su atención.
Pero para librar la batalla con las personas reunidas ante él la espada no le iba a servir de nada. Ese día sus armas serían las hábiles maniobras concebidas con la ayuda del general Reibisch, sus oficiales e informados miembros del personal de palacio, que también le habían ayudado a prepararlo todo. Ojalá saliera bien.
— Richard, qué…
— Bienvenida, duquesa. Todo está preparado. —Richard le besó la mano de un modo que le pareció el adecuado para saludar a una reina delante de espectadores, pero al tocarla las llamas de su interior se avivaron—. Sabía que desearíais que todos estos representantes fuesen testigos de vuestra valentía por ser la primera en unirse a nosotros en contra de la Orden Imperial, la primera en abrir el camino para la Tierra Central.
— Bueno yo… sí, bien… por supuesto.
Richard miró los expectantes y tensos rostros de los congregados. Esa mañana formaban un grupo más silencioso y dócil que en la última ocasión.