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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Me quedé confundido. Siempre había creído que la lógica era un arma universal, pero entonces descubrí que su validez dependía del modo en que se utilizaba. Por otra parte, al lado de mi maestro había podido descubrir, y con el correr de los días habría de verlo cada vez más claro, que la lógica puede ser muy útil si se sabe entrar en ella para después salir.

Mientras tanto, Severino, que no era un buen lógico, estaba reflexionando sobre la base de su propia experiencia:

—El universo de los venenos es tan variado como variados son los misterios de la naturaleza —dijo. Señaló una serie de vasos y frascos que ya habíamos tenido ocasión de admirar, dispuestos en orden, junto a una cantidad de libros, en los anaqueles que estaban adosados a las paredes—. Como ya te he dicho, con muchas de estas hierbas, debidamente preparadas y dosificadas, podrían hacerse bebidas y ungüentos mortales. Ahí tienes: datura stramonium, belladona, cicuta… pueden provocar somnolencia, excitación, o ambas cosas. Administradas con cautela son excelentes medicamentos, pero en dosis excesivas provocan la muerte.

—¡Pero ninguna de esas sustancias dejaría signos en los dedos!

—Creo que ninguna. Además hay sustancias que sólo son peligrosas cuando se las ingiere, y otras que, por el contrario, actúan a través de la piel. El eléboro blanco puede provocar vómitos a la persona que lo coge para arrancarlo de la tierra. La ditaína y el fresnillo, cuando están en flor, embriagan a los jardineros que los tocan, como si éstos hubiesen bebido vino. El eléboro negro provoca diarreas con sólo tocarlo. Otras plantas producen palpitaciones en el corazón, otras en la cabeza. Hay otras que dejan sin voz. En cambio, el veneno de la víbora, aplicado sobre la piel, sin que penetre en la sangre, sólo produce una ligera irritación… Pero en cierta ocasión me mostraron una poción que, aplicada en la parte interna de los muslos de un perro, cerca de los genitales, provoca en breve plazo la muerte del animal, que se debate en atroces convulsiones mientras sus miembros se van poniendo rígidos…

—Sabes mucho de venenos —observó Guillermo con un tono que parecía de admiración.

Severino lo miró fijo, y sostuvo su mirada durante unos instantes:

—Sé lo que debe saber un médico, un herbolario, una persona que cultiva las ciencias de la salud humana.

Guillermo se quedó un buen rato pensativo. Después rogó a Severino que abriese la boca del cadáver y observara la lengua. Intrigado, Severino cogió una espátula fina, uno de los instrumentos de su arte médica, e hizo lo que le pedían. Lanzó un grito de estupor:

—¡La lengua está negra!

—De modo que es así —murmuró Guillermo—. Cogió algo con los dedos y lo tragó… Esto elimina los venenos que has citado primero, los que matan a través de la piel. Sin embargo, no por ello nuestras inducciones se simplifican. Porque ahora debemos pensar que, tanto en su caso como en el de Venancio, se trata de un acto voluntario, no casual, no debido a alguna distracción o imprudencia, ni inducido por la fuerza. Ambos cogieron algo y se lo llevaron a la boca, conscientes de lo que estaban haciendo…

—¿Un alimento? ¿Una bebida?

—Quizá. O quizá… ¿Qué sé yo? Un instrumento musical, por ejemplo una flauta.

—Absurdo —dijo Severino.

—Sin duda que es absurdo. Pero no debemos descuidar ninguna hipótesis, por extraordinaria que sea. Ahora tratemos de remontarnos a la materia venenosa. Si alguien que conociera los venenos tan bien como tú se hubiese introducido aquí, ¿habría podido valerse de algunas de estas hierbas para preparar un ungüento mortal capaz de dejar esos signos en los dedos y en la lengua? Un ungüento que pudiera ponerse en una comida, en una bebida, en una cuchara o algo similar, en algo que la gente se lleve comúnmente a la boca.

—Sí —admitió Severino—, pero ¿quién? Además, admitiendo incluso esa hipótesis, ¿cómo habría administrado el veneno a nuestros dos pobres hermanos?

Reconozco que tampoco yo lograba imaginarme a Venancio o Berengario dispuestos a comerse o beberse una sustancia misteriosa que alguien les hubiera ofrecido. Pero la rareza de la situación no parecía preocupar a Guillermo.

—En eso ya pensaremos más tarde —dijo—. Ahora quisiera que tratases de recordar algún hecho que quizás aún no has traído a tu memoria, no sé, que alguien te haya hecho preguntas sobre tus hierbas, que alguien tenga fácil acceso al hospital…

—Un momento. Hace mucho tiempo, hablo de años, yo guardaba en uno de estos estantes una sustancia muy poderosa, que me había dado un hermano al regresar de un viaje por países remotos. No supo decirme cuáles eran sus componentes. Sin duda, estaba hecha con hierbas, no todas conocidas. Tenía un aspecto viscoso y amarillento, pero el monje me aconsejó que no la tocara, porque hubiese bastado un leve contacto con mis labios para que me matara en muy poco tiempo. Me dijo que, ingerida incluso en dosis mínimas, provocaba al cabo de media hora una sensación de gran abatimiento, después una lenta parálisis de todos los miembros, y por último la muerte. Me la regaló porque no quería llevarla consigo. La conservé durante mucho tiempo, con la intención de someterla a algún tipo de examen. Pero cierto día hubo una gran tempestad en la meseta. Uno de mis ayudantes, un novicio, había dejado abierta la puerta del hospital, y la borrasca sembró el desorden en el cuarto donde ahora estamos. Frascos quebrados, líquidos derramados por el suelo, hierbas y polvos dispersos. Tardé un día en reordenar mis cosas, y sólo me hice ayudar para barrer los potes y las hierbas irrecuperables. Cuando acabé, vi que faltaba justo el frasco en cuestión. Primero me preocupé, pero después me convencí de que se había roto y se había mezclado con el resto de los desperdicios. Hice lavar bien el suelo del hospital, y los estantes…

—¿Y habías visto el frasco pocas horas antes de la tormenta?

—Sí… O mejor dicho, no, ahora que lo pienso. Estaba bien escondido detrás de una fila de vasos, y no lo controlaba todos los días.

—O sea que, según eso, podrían habértelo robado mucho tiempo antes de la tormenta, sin que lo notaras.

—Ahora que lo dices, sí, bien pudiera haber sido así.

—Y aquel novicio que te ayudaba podría haberlo robado y haberse aprovechado luego de la tormenta para dejar adrede abierta la puerta y sembrar el desorden entre tus cosas.

Severino pareció muy excitado:

—Sí, sin duda. Además, cuando pienso en lo sucedido, recuerdo que me asombré de que la tempestad, por violenta que fuese, hubiera hecho tanto desastre. ¡Estoy casi seguro de que alguien se aprovechó de la tempestad para sembrar el desorden en el cuarto y provocar más daños de los que hubiese podido causar el viento!

—¿Quién era el novicio?

—Se llamaba Agostino. Pero murió el año pasado: se cayó de un andamio cuando, junto con otros monjes y sirvientes, estaba limpiando las esculturas de la fachada de la iglesia. Además, ahora que recuerdo, me había jurado por todos los santos que él no había dejado abierta la puerta antes de la tormenta. Fui yo quien en medio de mi furor le atribuí la responsabilidad del incidente. Quizás en realidad no tuviese él la culpa.

—De modo que tenemos una tercera persona, probablemente mucho más experta que un novicio, que sabía de la existencia de tu veneno. ¿A quién se lo habías mencionado?

—En verdad, no lo recuerdo. Al Abad, sin duda, cuando le pedí permiso para conservar una sustancia tan peligrosa. Y a algún otro quizá, precisamente en la biblioteca, porque estuve buscando herbarios que me ayudasen a descubrir su composición.

—¿No me has dicho que tienes contigo los libros que más necesitas para tu arte?

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