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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Escucho, milady. Oí por casualidad a Galina hablando con vos una vez. —La ansiedad asomó a su voz—. No se lo he dicho a nadie. —No parecía sorprenderla que Faile quisiera ocultar su nombre, aunque era evidente que t’Aybara no significaba nada para ella. Quizás Aravine Carnel no era su verdadero nombre, o al menos no del todo—. En este sitio los secretos han de guardarse tan bien como en Amador. Sabía que estas dos mujeres eran vuestras, pero no se lo conté a nadie. Sé que os proponéis escapar. He tenido esa seguridad desde el segundo o tercer día, y nada de lo que he visto desde entonces me ha convencido de lo contrario. Aceptad mi juramento y llevadme con vos. Puedo ayudar y, lo que es más, soy de confianza. Lo he demostrado guardando vuestros secretos. Por favor. —Las dos últimas palabras sonaron como forzadas, como dichas por alguien que no estaba habituado a pronunciarlas. Entonces, era una noble, no una mercader.

Lo único que había demostrado era que podía espiar y descubrir secretos, pero eso era de por sí una aptitud útil. Por otro lado, Faile sabía al menos de dos gai’shain que habían intentado escapar y las habían delatado otros. Realmente había gente que trataba de barrer para dentro fuera en las circunstancias que fuera. Pero Aravine ya sabía suficiente para echarlo todo a rodar. Faile pensó de nuevo en el cuchillo que tenía escondido. Una mujer muerta no podía delatar a nadie. Pero el cuchillo estaba a casi un kilómetro de distancia, no se le ocurría el modo de ocultar el cadáver y, además, la mujer podría haberse ganado el favor de Sevanna con sólo decirle que creía que Faile estaba planeando la huida.

Tomó las manos de Aravine entre las suyas y habló tan deprisa como había hablado la otra mujer.

—Por la Luz, acepto tu juramento y os defenderé y protegeré a ti y a los tuyos a través de la guerra y sus azares, del invierno y sus rigores y de todo lo que el tiempo depare. Ahora, ¿conoces a alguien más en quien podamos confiar? No hablo de gente que creas que puede ser de fiar, sino que sepas que es de fiar.

—En esto no, milady —contestó sombríamente Aravine. Sin embargo, su semblante resplandeció de alivio. No había estado segura de que Faile la aceptara. Ese alivio fue, más que otra cosa, lo que hizo que Faile se inclinara a confiar en ella. Que se inclinara, lo que no significaba que lo hiciera totalmente—. La mitad traicionaría a su propia madre con la esperanza de comprar su libertad, y la otra mitad tiene demasiado miedo para intentarlo o está demasiado aturdida para confiar en que no la dominará el pánico. Ha de haber alguien, y tengo echado el ojo a una o dos personas, pero quiero ir con mucho cuidado. Un error es más de lo que me puedo permitir.

—Sí, con mucho cuidado —convino Faile—. ¿Envió por mí Sevanna realmente? Porque si no lo hizo…

Por lo visto sí la había mandado llamar, y Faile se apresuró a llegar a la tienda de Sevanna —más deprisa de lo que le hubiese gustado, para ser sincera; la irritaba obedecer a toda prisa para no incurrir en el desagrado de Sevanna—, pero nadie le prestó la más mínima atención cuando accedió al interior y esperó sumisamente junto a las solapas de la entrada.

La tienda de Sevanna no era del estilo bajo de las Aiel, sino con paredes de lona roja y tan grande que precisaba dos postes centrales y se hallaba iluminada al menos por una docena de lámparas de espejos. Dos braseros dorados proporcionaban algo de calor y emitían hilillos de humo que salían por los agujeros de ventilación del techo, pero dentro se estaba poco más caliente que fuera. Lujosas alfombras —antes de extenderlas se había limpiado la nieve del suelo— formaban un piso en colores rojos, verdes y azules, dibujos de laberintos tearianos, flores y animales. Sobre las alfombras había desperdigados cojines de seda con borlones, y en un rincón descansaba una enorme silla de talla intrincada y dorada en exceso. Faile no había visto a nadie sentarse en ella, pero se suponía que su presencia evocaba a un jefe de clan, por lo que sabía. Se alegró de quedarse en silencio y con los ojos bajos, a un lado. Otros tres gai’shain con cinturones y collares dorados, uno de ellos un varón barbudo, permanecían de pie a lo largo de una de las paredes de la tienda por si su servicio se precisaba en algún momento. Sevanna se encontraba allí; y también Therava.

Sevanna era una mujer alta, un poco más que la propia Faile, con los ojos de un color verde claro y cabello cual oro hilado. Podría haber resultado hermosa de no ser por el marcado toque de avaricia en torno a su carnosa boca. A decir verdad, había poco en ella que la señalara como Aiel, aparte de los ojos, el cabello y la tez tostada por el sol. Llevaba una blusa de seda blanca, una falda pantalón para montar, también de seda, aunque en color gris oscuro, y el pañuelo doblado que le ceñía las sienes era un derroche de carmesí y dorado. También de seda. Al moverse la mujer, asomaban botas rojas bajo el repulgo de la falda. Sortijas con gemas le adornaban todos los dedos, y los collares y brazaletes de gruesas perlas, diamantes tallados y rubíes grandes como huevos de paloma, zafiros, esmeraldas y gotas de fuego hacían que cualquier cosa que tuviera Someryn pareciese una nimiedad. Ni una sola de esas joyas era de manufactura Aiel. Por otro lado, Therava era la viva imagen de una Aiel, con prendas de paño oscuro y blanco algode, las manos desnudas y sus collares y brazaletes de oro y marfil. Nada de anillos ni piedras preciosas para ella. Más alta que muchos hombres, con el cabello rojo oscuro surcado de hebras blancas, era un águila de ojos azules que parecía capaz de devorar a Sevanna como si ésta fuera una oveja lisiada. Faile preferiría enfurecer diez veces a Sevanna que una a Therava, pero las dos mujeres se hallaban sentadas frente a frente, separadas por una mesa con incrustaciones de marfil y turquesas, y Sevanna sostenía la mirada iracunda de Therava con otra igualmente hostil.

—Lo que está ocurriendo hoy es peligroso —dijo Therava con la actitud de alguien cansado de repetir lo mismo. Y quizás a punto de sacar el cuchillo del cinturón. La mujer acariciaba la empuñadura mientras hablaba, y no de un modo totalmente inconsciente, le pareció a Faile—. Tenemos que poner tanta distancia como sea posible entre nosotros y lo que quiera que sea eso, y cuanto antes. Hay montañas al este. Una vez que hayamos llegado a ellas estaremos a salvo hasta que volvamos a reunir a todos los septiares. Septiares que nunca se habrían separado si tú, Sevanna, no hubieses estado tan segura de ti misma.

—¿Hablas de estar a salvo? —Sevanna se echó a reír—. ¿Tan vieja y desdentada te has vuelto que tienes que alimentarte con pan y leche? Vamos a ver. Esas montañas de las que hablas ¿a qué distancia están? ¿Cuántos días, o semanas, tendríamos que arrastrarnos a través de la maldita nieve? —Gesticuló hacia la mesa que las separaba, en la que había un mapa extendido y sujeto con dos cuencos dorados y un pesado candelabro de tres brazos, también dorado. La mayoría de los Aiel desdeñaba los mapas, pero Sevanna se había aficionado a ellos junto con otras costumbres de las tierras húmedas—. Lo que quiera que haya ocurrido ha sido muy lejos, Therava. Has admitido que es así, como todas las Sabias. Esta ciudad está repleta de comida, suficiente para alimentarnos durante semanas si nos quedamos aquí. ¿Quién hay que pueda desafiarnos si lo hacemos? Y si nos quedamos… Ya has oído a los corredores, lo que dicen los mensajes. En dos o tres semanas, cuatro como mucho, otros diez septiares se habrán unido a mí. ¡Tal vez más! Para entonces la nieve se habrá derretido, si se da crédito a lo que cuentan los habitantes de las tierras húmedas de esta ciudad. Viajaremos rápidamente en lugar de tener que arrastrar todo sobre patines.

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