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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Faile se preguntó si alguno de los vecinos habría mencionado el barro.

—Otros diez septiares se unirán a ti —dijo Therava con voz monótona a excepción de las últimas dos palabras. Su mano se cerró sobre la empuñadura del cuchillo—. Hablas en nombre del jefe de clan, Sevanna, y se me eligió para aconsejarte como a un jefe, que debe hacer caso de esas recomendaciones por bien del clan. Te aconsejo que nos movamos hacia el este y sigamos en esa dirección. Los otros septiares pueden unirse a nosotros en esas montañas igual que aquí, y si en el camino pasamos algo de hambre, ¿quién de nosotros no conoce las privaciones?

Sevanna se toqueteó los collares; una gran esmeralda en su mano derecha relució como fuego verde a la luz de las lámparas de pie. Sus labios se apretaron como si la piedra preciosa despertara su avidez. Puede que hubiera conocido las privaciones, pero a despecho de la falta de calor en la tienda ya no quería tenerlas.

—Hablo en nombre del jefe y digo que nos quedamos aquí. —En su voz se advertía algo más que un atisbo de desafío, pero la mujer no dio a Therava ocasión de aceptarlo—. Ah, veo que Faile ha venido. Mi buena y obediente gai’shain. —Sacó algo que tenía envuelto en un trozo de tela, encima de la mesa—. ¿Reconoces esto, Faile Bashere?

Lo que Sevanna sostenía en la mano era un cuchillo con una hoja de un solo filo, de unos quince centímetros de longitud, una herramienta corriente de la clase que llevaban miles de granjeros. Sólo que Faile identificó el dibujo de remaches en el mango de madera y la muesca del filo. Era el cuchillo que había robado y escondido con tanto cuidado. No dijo nada. No había nada que decir. Los gai’shain tenían prohibido poseer cualquier arma, incluso un cuchillo, excepto cuando cortaban vegetales para cocinar. No pudo evitar un estremecimiento cuando Sevanna continuó.

—Menos mal que Galina me trajo esto antes de que pudieras utilizarlo. Para el propósito que fuera. Si hubieses acuchillado a alguien habría tenido que enfadarme mucho contigo.

¿Galina? Por supuesto. La Aes Sedai no las dejaría que escaparan antes de que hicieran lo que quería.

—Está conmocionada, Therava. —La risa de Sevanna sonó divertida—. Galina sabe lo que se exige a los gai’shain, Faile Bashere. ¿Qué debería hacer con ella, Therava? Ése es un consejo que sí puedes darme. A varios gai’shain se los mató por esconder armas, pero detestaría perderla a ella.

Therava puso un dedo bajo la barbilla de Faile, le hizo levantar la cabeza y la miró fijamente a los ojos. Faile sostuvo la mirada sin pestañear, pero sintió que las rodillas le temblaban. No intentó convencerse de que era por el frío. Sabía que no era cobarde, pero cuando Therava la miraba se sentía como un conejo en las garras de esa águila, vivo y esperando a que el pico se descargara sobre él. Había sido Therava quien le había ordenado que espiara a Sevanna y, por muy circunspectas que se hubieran mostrado las otras Sabias, a Faile no le cabía duda de que Therava la degollaría sin el menor reparo si le fallaba. No tenía sentido fingir que la mujer no la asustaba. Sólo tenía que controlar ese miedo. Si podía.

—Creo que planeaba escapar, Sevanna. Pero opino que puede aprender a hacer lo que se le mande.

La tosca mesa de madera se había colocado entre las tiendas, en el espacio libre más próximo a la de Sevanna, a unos cien pasos de distancia. Al principio, Faile creyó que la vergüenza de estar desnuda sería lo peor de todo; eso y el gélido frío que le ponía la carne de gallina. El sol se encontraba bajo en el cielo, el aire se había tornado más frío y lo haría mucho más antes de que amaneciera. Tenía que estar allí hasta el amanecer. Los Shaido eran hábiles aprendiendo lo que avergonzaba a los habitantes de las tierras húmedas y utilizaban la vergüenza como castigo. Creyó que se moriría abochornada cada vez que alguien la mirara, pero los Shaido que pasaban por allí ni siquiera se detenían. En sí misma, la desnudez no era motivo de vergüenza entre los Aiel. Aravine apareció ante ella, pero se paró sólo el tiempo justo para susurrar:

—Mantened el coraje —y al punto se marchó.

Al cabo de un rato a Faile dejó de preocuparle la vergüenza. Le habían atado las manos a la espalda, y a continuación los tobillos, doblándole las piernas para sujetárselas a los codos. Ahora entendía que Lacile y Arrela jadearan. En esa posición, respirar costaba un gran esfuerzo. El frío le penetró más y más profundamente hasta hacerla temblar de modo incontrolable, pero incluso eso no tardó en ser algo secundario. Los calambres empezaron a agarrotarle las piernas, los hombros, los costados; los doloridos músculos parecían arder, contrayéndose más y más y más. Se concentró en la idea de no gritar. Eso se convirtió en el centro de su existencia. No… iba… a… gritar. Pero, ¡oh, Luz, cómo dolía!

—Sevanna ordenó que te quedaras aquí hasta el alba, Faile Bashere, pero no dijo que no pudieras tener compañía.

Tuvo que parpadear varias veces antes de poder ver con claridad. El sudor le escoció en los ojos. ¿Cómo podía sudar cuando estaba congelada hasta la médula? Rolan se encontraba de pie ante ella y, cosa extraña, llevaba un par de braseros de bronce llenos de rojizas ascuas incandescentes, con trozos de tela envolviendo una pata de cada brasero para protegerse las manos del calor. Al ver que contemplaba fijamente los braseros, el hombre se encogió de hombros.

—En otros tiempos pasar la noche al raso no me habría incomodado, pero me he vuelto algo blando desde que crucé la Pared del Dragón.

Faile casi soltó un respingo cuando Rolan dejó los braseros debajo de la mesa. El color ascendió a través de las grietas abiertas entre los tablones. Sus músculos seguían martirizados por los calambres, pero, ¡oh, bendito calor! Sí que dio un respingo cuando el hombre puso un brazo alrededor de su torso y el otro a través de las rodillas dobladas. De repente Faile cayó en la cuenta de que la presión de los hombros había desaparecido. La había… apretujado. Una mano del hombre empezó a dar masajes en uno de sus muslos, y Faile casi gritó cuando los dedos se hundieron en los músculos agarrotados, pero notó que empezaban a relajarse. Todavía le dolían, y el masaje también, pero el dolor en el tenso muslo era de otro tipo. No es que disminuyera, exactamente, pero Faile comprendió que lo haría si Rolan seguía presionando.

—No te importará si ocupo el tiempo haciendo algo mientras intento discurrir un modo de hacerte reír, ¿verdad? —preguntó.

De repente Faile cayó en la cuenta de que se estaba riendo, y no a causa de la histeria. Bueno, sólo en parte. Estaba atada como un ganso para meter en el horno mientras la salvaba del frío por segunda vez el mismo hombre al que, después de todo, pensó que no acuchillaría; Sevanna la vigilaría como un halcón a partir de ahora y Therava podría estar tratando de matarla como escarmiento a las demás, pero supo que iba a escapar. Si una puerta se cerraba, siempre se abría otra. Iba a escapar. Rió hasta que se le saltaron las lágrimas.

10

Un faro rutilante

La aturullada doncella estaba más acostumbrada a amasar pan que a abrochar hileras de diminutos botones, pero finalmente acabó de cerrar el traje de montar de Elayne, de color verde oscuro, hizo una reverencia y reculó unos pasos, agitada la respiración, aunque era difícil discernir si se debía al esfuerzo de concentrarse en la difícil tarea o a encontrarse en presencia de la heredera del trono. Tal vez el anillo de la Gran Serpiente en la mano izquierda de Elayne también tenía algo que ver. A poco más de treinta kilómetros en línea recta se llegaría desde la mansión de la casa Matherin al río Erinin y todo su gran comercio, pero la distancia era mucho mayor en kilómetros reales para cubrirla a través de las montañas Chishen, por lo que la gente del lugar estaba más acostumbrada a los asaltos de ladrones de ganado a través de la frontera con Murandy que a cualquier clase de visita, en especial una visitante que incluía en el mismo paquete a la heredera del trono y una Aes Sedai. El honor parecía más de lo que cualquiera de los sirvientes podía soportar. Elsie había sido exasperadamente concienzuda a la hora de doblar el vestido de seda azul que Elayne había tenido puesto la noche anterior y de guardarlo en un gran baúl de viaje hecho de cuero, uno de los dos que había en el vestidor de sus aposentos; tan concienzudamente lenta, que Elayne había estado a punto de ocuparse ella misma de la tarea. Al principio había dormido mal, despertándose a ratos, y después durmió hasta tarde cuando por fin pudo conciliar el sueño. Estaba impaciente por regresar a Caemlyn.

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