Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
—Tengo miedo —contestó—, pero intento que no se me note. Llorar no sirve de nada. —La mayoría de los varones creían eso. Las lágrimas podían ser un estorbo si uno se dejaba llevar por ellas, pero unas cuantas derramadas por la noche podían ayudar a llegar al día siguiente.
—Hay momentos para llorar y momentos para reír. Me gustaría verte reír.
Faile rió, pero fue una risa seca.
—Pocos motivos tengo para reír mientras vaya de blanco, Rolan. —Lo miró de reojo. ¿Se estaría precipitando? Sin embargo, el hombre asintió con la cabeza.
—Aun así, me gustaría verlo. Sonreír favorece tu cara. La risa la favorecería más aún. No tengo esposa, pero a veces puedo hacer reír a una mujer. He sabido que tienes esposo, ¿verdad?
Sobresaltada, Faile tropezó con sus propios pies y se agarró al brazo de él para sostenerse. Retiró la mano con presteza y lo observó por debajo del borde de la capucha. Rolan se detuvo lo suficiente para que recuperara el equilibrio y siguió caminando cuando lo hizo ella. Su expresión no denotaba más que una ligera curiosidad. A despecho de Nadric, según la costumbre Aiel era la mujer quien daba el primer paso si un hombre había despertado su interés. Un modo de despertarlo era hacerle regalos. Otro, hacerla reír. Adiós a la idea de que no le gustaran las mujeres.
—Tengo esposo, Rolan, y lo amo mucho. Muchísimo. No veo el momento de regresar a su lado.
—Lo que pasa mientras eres gai’shain no se te puede tener en cuenta cuando te quitas el blanco —comentó sosegadamente—, pero quizá los habitantes de las tierras húmedas no lo entendéis de ese modo. Aun así, uno puede sentirse muy solo cuando se es gai’shain. Quizá podríamos charlar de vez en cuando.
El hombre quería verla reír, y ella no sabía si reír o si echarse a llorar. Le estaba diciendo que no tenía intención de renunciar a despertar su interés. Las mujeres Aiel admiraban la perseverancia en un hombre. Con todo, si Chiad y Bain no querían o no podían prestarle ayuda más allá de la línea del bosque, entonces Rolan era su mejor expectativa. Se consideraba capaz de convencerlo, si le daban tiempo. Pues claro que era capaz; ¡los pusilánimes nunca triunfaban! Rolan era un paria despreciado al que los Shaido aceptaban sólo porque necesitaban su lanza. Pero iba a tener que darle una razón para que persistiera en su empeño.
—Eso me gustaría —contestó, cautelosa.
Un poco de coqueteo quizá fuera necesario, después de todo; pero, después de haberle dicho que amaba a su esposo, no podía pasar a mirarlo con ojos de cordero degollado y falta de respiración. Tampoco es que tuviera intención de llegar tan lejos —¡ella no era una domani!—, aunque cabía la posibilidad de que tuviera que acercarse a ello. De momento, no vendría mal recordarle que Sevanna le había usurpado su «derecho».
—Pero tengo trabajo que hacer —añadió— y dudo que a Sevanna le guste que en vez de ocuparme de mis tareas pase un rato hablando contigo.
Rolan volvió a asentir con la cabeza, y Faile suspiró. Sería capaz de hacer reír a una mujer, según afirmaba, pero desde luego no hablaba mucho. Iba a tener que esforzarse para que se mostrara más comunicativo si quería conseguir algo más que unos chistes que no entendería. Incluso con la ayuda de Chiad y de Bain, el humor Aiel seguía siendo incomprensible para ella.
Habían llegado a la ancha plaza que había frente a la fortaleza, en el extremo norte de la ciudad; la descollante masa de piedras grises no había servido para proteger a los vecinos más que las murallas. Faile creía haber visto a la noble que había gobernado Malden y todo lo comprendido en treinta kilómetros a la redonda, una viuda atractiva y digna, de mediana edad, entre los gai’shain que acarreaban agua. Hombres y mujeres vestidos de blanco, cargados con cubos, se apiñaban en la plaza pavimentada. En el lado oriental de la plaza, un muro gris de unos ocho metros de altura, que parecía un sector de la muralla exterior, era en realidad la pared de una enorme cisterna alimentada por un acueducto. Cuatro bombas de agua, cada una de ellas manejada por un par de hombres, echaban agua para llenar los cubos, aunque se derramaba en el suelo más cantidad de lo que los hombres habrían permitido de saber que Rolan se encontraba lo bastante cerca para verlo. Faile se había planteado escapar gateando por el acueducto en forma de túnel, pero no había forma de mantener nada seco y, las condujera a donde las condujese, estarían caladas hasta los huesos y seguramente se morirían congeladas antes de haber recorrido un par de kilómetros por la nieve.
Había otros dos sitios en la ciudad donde coger agua, ambos alimentados por conductos subterráneos de piedra, pero al pie de la pared de la cisterna había una mesa de resistente madera oscura, con las patas rematadas en tallas con forma de pata de león. Otrora había sido una mesa de banquetes, con incrustaciones de marfil en el tablero, pero las piezas de marfil se habían arrancado y sobre la mesa había ahora varias tinas de lavar. Junto a la mesa había un par de cubos de madera, y a un extremo, sobre la lumbre hecha con sillas rotas, una olla de cobre echaba vapor. Faile dudaba que Sevanna hiciera llevar su ropa sucia a la ciudad para ahorrar a sus gai’shain el trabajo de acarrear agua hasta las tiendas, pero, fuera por la razón que fuera, Faile lo agradecía. Eran muchos los que había acarreado para saberlo. Sobre la mesa se veían dos cestos pero no había más que una mujer trabajando; llevaba el cinturón y el collar dorados, y lavaba con las mangas de su vestidura blanca remangadas lo más posible para no meterlas en el agua de la tina.
Cuando Alliandre vio acercarse a Faile con Rolan se puso erguida y se secó los brazos desnudos en la prenda blanca. Alliandre Maritha Kigarin, por la gracia de la Luz reina de Ghealdan, Defensora del Muro de Garen y una docena más de títulos, había sido una mujer elegante y reservada, de porte circunspecto y majestuoso. Alliandre la gai’shain seguía siendo bonita, pero exhibía una perpetua expresión agobiada. Con las manchas de humedad en la ropa y las manos arrugadas de tenerlas mucho tiempo metidas en el agua, habría pasado por una bonita lavandera. Al ver que Rolan soltaba el cesto y sonreía a Faile antes de marcharse y que Faile le devolvía la sonrisa, enarcó una ceja con gesto interrogante.
—Es el que me capturó —dijo Faile mientras sacaba las prendas del cesto y las ponía en la mesa. Aun encontrándose rodeadas sólo de gai’shain era mejor hablar mientras se trabajaba—. Es uno de los Sin Hermanos y creo que no aprueba que se haga gai’shain a los habitantes de las tierras húmedas. Me parece que podría ayudarnos.
—Entiendo —repuso Alliandre. Luego sacudió delicadamente con una mano la parte posterior del ropaje de Faile.
Fruncido el entrecejo, ésta se giró para mirar hacia atrás. Durante un instante observó el barro y la ceniza que la cubrían de los hombros para abajo; entonces se puso colorada.
—Me caí —se apresuró a explicar. No podía contarle a Alliandre lo que había pasado con Nadric. No creía ser capaz de contárselo a nadie—. Rolan se ofreció a llevarme el cesto.
—Si me ayudara a escapar, hasta me casaría con él —comentó Alliandre mientras se encogía de hombros—. O no, dependiendo de lo que él quisiera. No es muy guapo, pero no resultaría desagradable. Y mi marido, si estuviera casada, no tendría por qué enterarse nunca. Si tuviera dos dedos de frente, estaría rebosante de alegría por haberme recuperado y no haría preguntas de las que no querría oír las respuestas.
Estrujando la blusa entre las manos, Faile apretó los dientes. Alliandre era su vasalla, a través de Perrin, y cumplía con ella bastante bien, al menos en lo tocante a obedecer órdenes, pero la relación había adquirido cierta tirantez. Habían acordado que debían pensar como si fueran sirvientas, intentar ser realmente sirvientas si querían sobrevivir, pero eso significaba que ambas se habían visto hacer reverencias y obedecer con premura. Los castigos de Sevanna los llevaba a cabo el gai’shain que estuviera más a mano, una vez que había tomado la decisión, y un día a Faile le había ordenado que azotara a Alliandre. Lo que era peor, a Alliandre se le había ordenado devolverle el favor por partida doble. Contener el brazo significaba probar de lo mismo, además de que la otra mujer tenía que soportar una dosis doble a manos de alguien que no andaría remiso en soltar el brazo. Era imposible que la relación no se viera afectada cuando por tu culpa tu vasalla pateaba y chillaba dos veces seguidas.