Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
De pronto se dio cuenta de que la blusa que estrujaba era una de las que se habían manchado más cuando el cesto se cayó. Aflojó los dedos y examinó la tela con ansiedad. No parecía que hubiese rozado el tejido con el polvo y el barro. Durante un instante sintió alivio, y a continuación se irritó por sentirse así. Lo más irritante era que el alivio no desaparecía.
—Arrela y Lacile escaparon hace tres días —dijo en voz baja—. Deberían estar bien lejos a estas alturas. ¿Dónde se ha metido Maighdin?
La frente de la otra mujer se arrugó en un ceño preocupado.
—Está intentando colarse en la tienda de Therava. Nos cruzamos con ella y un grupo de Sabias y, por lo que oímos, parecían ir a reunirse con Sevanna. Maighdin me entregó su cesto y dijo que iba a intentarlo. Creo… Creo que su desesperación es tal que está corriendo demasiados riesgos —comentó con un timbre de desesperanza en su propia voz—. Tendría que haber llegado ya.
Faile inhaló hondo y soltó despacio el aire. Todas estaban desesperándose. Había reunido provisiones para la huida —cuchillos, comida, botas, pantalones y chaquetas de hombre que les quedaban bastante bien de talla, todo escondido con cuidado en las carretas; los ropajes blancos les servirían de mantas, así como de capas para confundirse con el paisaje nevado—, pero la ocasión de utilizar todos esos preparativos no parecía más próxima ahora que el día que las habían capturado. Sólo dos semanas. Veintidós días para ser exactos. No había pasado suficiente tiempo para que variara nada, pero su fingimiento de ser sirvientas las estaba cambiando a despecho de todo cuanto hicieran para evitarlo. Sólo dos semanas, y obedecían prontamente cualquier orden, sin pensar, preocupadas por los castigos y por si estarían complaciendo a Sevanna. Lo peor era que se veían actuar así, que sabían que una parte de ellas se estaba amoldando en contra de su voluntad. De momento, podían decirse a sí mismas que simplemente hacían lo necesario para evitar sospechas hasta que pudieran escapar, pero las reacciones eran más automáticas de día en día. ¿Cuánto pasaría antes de que la idea de huir se convirtiera en un borroso anhelo soñado de noche, tras un día de ser una perfecta gai’shain tanto en pensamiento como en hechos? Hasta ahora ninguna se había atrevido a plantear esa pregunta en voz alta, y Faile sabía que ella misma procuraba no pensarlo, pero la cuestión se hallaba siempre rozando el estrecho filo que separaba el subconsciente del consciente. En cierto modo le daba miedo que desapareciera. Cuando ocurriera tal cosa ¿habría tenido respuesta ya?
No sin esfuerzo se obligó a salir del abatimiento. Ésa era la segunda trampa que sólo la fuerza de voluntad mantenía abierta.
—Maighdin sabe que tiene que ir con cuidado —manifestó con voz firme—. No tardará en llegar, Alliandre.
—¿Y si la sorprenden?
—¡No la sorprenderán! —suplicó secamente Faile. Si la pillaban… No. Tenía que pensar en el éxito, no en la derrota. Los pusilánimes nunca triunfaban.
Lavar seda llevaba mucho tiempo. El agua con la que llenaban cubos en las bombas de la cisterna estaba helada, pero mezclándola en las tinas con el agua que se recogía caliente de la olla de cobre se entibiaba apropiadamente; la seda no podía lavarse con agua caliente. Con la temperatura del aire tan baja, meter las manos en las tinas era muy agradable, pero al sacarlas el frío era el doble de cortante. No había jabón, al menos no uno que fuera lo bastante delicado, de manera que tenían que sumergir cada falda y cada blusa una por una y frotar delicadamente la prenda. Después se ponía sobre un trozo de felpa y se enrollaba suavemente para escurrir toda el agua posible. La prenda húmeda se volvía a sumergir en otra tina que estaba llena con una mezcla de agua y vinagre —así se reducía la pérdida de color y se realzaba el brillo de la seda—, tras lo cual se volvía a enrollar en la felpa. Las piezas de felpa se retorcían con fuerza después y se extendían al sol donde se pudiera para que se secaran, en tanto que las prendas de seda se colgaban en un palo horizontal, a la sombra de un pabellón de tosca lona instalado a un lado de la plaza, y se alisaban a mano para quitarles las arrugas. Con suerte, no hacía falta planchar nada. Las dos mujeres sabían cómo había que tratar la seda, pero plancharla requería una experiencia de la que carecían ambas. Ninguna de las gai’shain de Sevanna la tenía, ni siquiera Maighdin a pesar de que había sido doncella de una dama antes de entrar al servicio de Faile, pero Sevanna no admitía excusas. Cada vez que Faile o Alliandre iban a colgar otra prenda, revisaban las que ya estaban tendidas y estiraban las que parecieran que necesitaban que las alisaran más.
—Ahí viene la Aes Sedai —dijo Alliandre en tono agrio cuando Faile empezaba a añadir agua caliente a una de las tinas.
Galina era Aes Sedai, y como tal tenía el semblante intemporal y el dorado anillo de la Gran Serpiente en el dedo, pero también vestía las ropas blancas de gai’shain —¡de seda tan gruesa como el paño de las demás, nada menos!— así como un cinturón, ancho y de complejo diseño, de oro y gotas de fuego que le ceñía el talle y una gargantilla alta a juego, unas joyas apropiadas para una soberana. Era Aes Sedai y a veces salía a caballo del campamento, sola, pero siempre volvía, y acudía prestamente cuando una Sabia la llamaba con el dedo, en especial Therava, cuya tienda compartía a menudo. En cierto modo eso era lo más raro de todo. Galina sabía quién era Faile, sabía quién era su marido y la conexión de Perrin con Rand al’Thor, y amenazaba con contárselo a Sevanna a menos que Faile y sus compañeras robaran algo que había en la tienda donde la propia Galina dormía. Ésa era la tercera trampa que les habían tendido. Sevanna estaba obsesionada con al’Thor; tenía la demente convicción de que acabaría casándose con él de algún modo, y, si se enteraba de lo de Perrin, a Faile le resultaría imposible alejarse fuera de su vista lo bastante para pensar en la huida. La usaría como una cabra atada a una estaca haciendo de cebo para un león.
Faile había visto a Galina encogerse y acobardarse, pero ahora la hermana atravesaba la plaza como una reina desdeñando a la plebe que la rodeaba; una Aes Sedai de pies a cabeza. Lo cual dejaba en el aire la cuestión de por qué seguía allí cuando Therava parecía aprovechar cualquier oportunidad para humillarla.
Galina se paró a un paso de la mesa y las observó con una sonrisa insinuada que podría describirse como de lástima.
—No estáis progresando mucho en vuestra tarea —dijo. No se refería a la colada.
Era a Faile a quien correspondía hablar, pero Alliandre se le adelantó, haciéndolo con un timbre aún más agrio que antes.
—Maighdin fue a buscar tu vara de marfil esta mañana, Galina. ¿Cuándo veremos algo de esa ayuda que nos prometiste? —Ayuda para su fuga era la zanahoria ofrecida por la Aes Sedai, sujeta al palo de la amenaza de revelar quién era Faile. Hasta ahora, sin embargo, sólo había utilizado el palo.
—¿Fue a la tienda de Therava esta mañana? —exclamó Galina, que se puso lívida.