Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Эпическое фэнтези » Encrucijada en el crepúsculo
Encrucijada en el crepúsculo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
1 ... 79 80 81 82 83 84 85 86 87 ... 232
Перейти на страницу:

—¿Has dormido bien? —preguntó Aviendha, ajustándose el chal, cuando Elayne llegó al pie de la escalera. Su tono era despreocupado, pero la ansiedad asomaba a sus ojos verdes—. No mandarías que te trajeran vino para dormir, ¿verdad? Me aseguré de que el que tomaste en la cena estuviera aguado, pero te vi mirar la jarra de vino.

—Sí, madre —contestó Elayne con una empalagosa dulzura en la voz—. No, madre. Me pregunté cómo había puesto las manos Aedmun en una cosecha tan buena. Fue una lástima aguarlo. Y bebí la leche de cabra antes de irme a dormir. —¡Si había algo que le provocaba las náuseas matutinas del embarazo era la leche de cabra! Y pensar que antes le gustaba…

Aviendha se puso en jarras con una actitud que era la viva imagen de tal indignación que Elayne se echó a reír. Estar embarazada tenía sus inconvenientes, que iban desde los cambios bruscos de humor a sentirse siempre cansada, pasando por molestias en los senos, pero en ciertos aspectos lo peor eran los mimos y cuidados que le prodigaban. En palacio todos sabían que estaba embarazada —muchos lo habían sabido antes que ella, por cortesía de las visiones de Min y que ésta hubiera hablado más de la cuenta—, y no creía que la hubiesen mimado tanto de niña. Aun así, aguantaba todos los inconvenientes con toda la gracia de que era capaz. Casi siempre. Sólo intentaban ser serviciales. Pero ojalá que todas las mujeres que sabían de su embarazo no pensaran que por eso se había vuelto estúpida. Casi todas las mujeres que conocía. Y las que nunca habían tenido un hijo eran las peores.

Pensar en su bebé —a veces deseaba que Min hubiese dicho si era un chico o una chica, o mejor que Aviendha o Birgitte recordaran exactamente lo que había dicho Min; Min siempre tenía razón, pero las tres habían ingerido un montón de vino esa noche y Min se había marchado de allí mucho antes de que Elayne se enterara y pudiera preguntarle—, pensar en la criatura que estaba creciendo en su interior siempre le traía a Rand a la cabeza, al igual que pensar en él la hacía acordarse del bebé. Lo uno seguía a lo otro tan indefectiblemente como que la crema subía al cocer la leche. Echaba muchísimo de menos a Rand y, sin embargo, no lo echaba en falta. Una parte de él, la «sensación» de él, siempre estaba presente en un rincón de su mente a menos que enmascarase el vínculo, junto con su percepción de Birgitte, su otro Guardián. No obstante, el vínculo tenía sus límites. Él se encontraba en algún lugar del oeste, lo bastante lejos para que sólo supiera que seguía vivo y poco más. En realidad, nada más, aunque creía que lo habría notado si se encontrara gravemente herido. No estaba muy segura de querer saber qué se traía entre manos. Después de dejarla había pasado bastante tiempo en algún punto lejano del sur, pero esa misma mañana había Viajado al oeste. A decir verdad era desconcertante sentirlo en una dirección y de repente sentirlo en otra, aún más lejos. Quizá se dedicaba a perseguir enemigos o huía de ellos o cualquier otra cosa de las miles de posibilidades que había. Confiaba en que se tratara de algo inocuo lo que lo había hecho Viajar. Iba a morir demasiado pronto —los varones que encauzaban siempre morían por hacerlo—, pero deseaba fervientemente mantenerlo vivo el mayor tiempo posible.

—Se encuentra bien —dijo Aviendha casi como si le hubiera leído el pensamiento. Compartían su propia percepción entre ellas desde que se habían adoptado como hermanas primeras, pero no llegaba a tanto como el vínculo que ellas dos y Min compartían con Rand—. Como se deje matar, le cortaré las orejas.

Elayne parpadeó y después se echó a reír otra vez; tras una mirada sorprendida, Aviendha se unió a sus risas. No era nada divertido, excepto quizá para un Aiel —el sentido del humor de Aviendha resultaba realmente extraño—, pero Elayne no podía dejar de reír y a Aviendha parecía ocurrirle otro tanto. Sacudidas por las carcajadas, se abrazaron y permanecieron así unos instantes. La vida era muy rara. Si alguien le hubiese dicho unos pocos años atrás que compartiría a un hombre con otra mujer —¡con otras dos!— lo habría tachado de loco. La mera idea habría sido indecente. Pero quería a Aviendha tanto como a Rand, sólo que de una forma diferente, y Aviendha amaba a Rand tanto como ella. Negar tal cosa sería negar a Aviendha, y eso sería tan imposible como salir de su propia piel. Las Aiel, hermanas o amigas íntimas, a menudo se casaban con el mismo hombre y rara vez lo dejaban opinar en el asunto. Iba a casarse con Rand y Aviendha también, así como Min. Lo que cualquiera dijera o pensara daba igual; no había vuelta de hoja. Si es que él vivía hasta que llegara el momento.

De pronto le dio miedo que su risa estuviera bordeando las lágrimas. Luz, por favor, que no fuera una de esas mujeres que lloraban por nada cuando estaban embarazadas. Ya era bastante malo ignorar si iba a ponerse melancólica o furiosa de un momento a otro. Podían pasar horas en las que se sentía perfectamente normal, pero también las había en las que tenía la impresión de ser una pelota de un niño que bajara botando una escalera interminable. Esta mañana parecía encontrarse en la escalera.

—Está bien y seguirá estándolo —susurró ferozmente Aviendha, como si tratara de asegurar la supervivencia de Rand matando todo aquello que lo amenazara.

Con las puntas de los dedos, Elayne enjugó una lágrima de la mejilla de su hermana.

—Está bien y seguirá estándolo —convino en voz queda. Pero no podía matar al saidin, y la infección de la mitad masculina del Poder era lo que iba a acabar con él.

Las lámparas que pendían del techo titilaron a la par al abrirse una de las altas puertas que daban al exterior, dejando entrar una ráfaga de aire más frío que la temperatura del vestíbulo, y las dos mujeres se apartaron un poco, deshaciendo el abrazo, y sólo siguieron con las manos cogidas. Elayne hizo que su semblante adoptara una expresión serena e impasible digna de una Aes Sedai. No podía permitirse el lujo de dejar que nadie la viera buscando, aparentemente, consuelo en un abrazo. A una dirigente, o a alguien que aspiraba a serlo, no se le permitía ni la más leve insinuación de debilidad o llanto; en público no. Ya había suficientes rumores sobre ella tal como estaban las cosas, negativos y positivos por igual. Era benevolente o cruel, imparcial o arbitraria, generosa o avariciosa, todo dependiendo de qué versión se escuchaba. Al menos las opiniones se hallaban a la par, pero si alguien contaba que había visto a la heredera del trono acurrucada en brazos de su compañera podría añadir a la mezcla una historia de temor, y si sus enemigos la creían asustada se volverían más osados. Y más fuertes. La cobardía era el tipo de rumor que se adhería como barro grasiento; nunca se podía limpiar del todo por mucho que uno se lavara. La historia hablaba de mujeres que habían perdido sus posibilidades de acceder al Trono del León sin que hubiese otros motivos claros en los que basarse. Tener aptitudes era un requisito para una dirigente con éxito, y la sabiduría era muy de desear, aunque mujeres que carecían de lo uno y lo otro habían alcanzado el trono y se las habían arreglado de algún modo, pero pocos —y ninguno de aquellos a los que quería tener de su parte— apoyarían a una cobarde.

1 ... 79 80 81 82 83 84 85 86 87 ... 232
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)