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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Ésta era la quinta vez que pasaba la noche fuera de la ciudad desde que se había enterado de que la urbe estaba amenazada, y en cada salida había dedicado un día a visitar tres o cuatro mansiones del campo, cinco en una ocasión, todas propiedades de hombres y mujeres vinculados a la casa Trakand por sangre o juramentos, y cada visita llevaba tiempo. La premura del tiempo la agobiaba, pero dar la imagen adecuada era necesario. Los trajes de montar se precisaban para viajar de una mansión a otra para no llegar con las ropas arrugadas y con aspecto de fugitiva, pero tenía que cambiarse antes de instalarse ya fuera para pasar la noche o sólo durante unas pocas horas. La mitad de esas horas se podían ir en cambiarse el traje de montar por un vestido y viceversa, pero las ropas de montar señalaban premura y necesidad, quizá desesperación, en tanto que la diadema de heredera del trono y un vestido bordado adornado con encaje, sacado de un juego de valijas de viaje y puesto después de asearse, reflejaban seguridad y fortaleza. Habría llevado con ella a su doncella para causar mejor impresión si Essande hubiese podido seguir ese ritmo precipitado en pleno invierno, aunque Elayne sospechaba que la lentitud de la mujer de cabello blanco habría conseguido que se mordiera la lengua de frustración. Con todo, Essande no habría sido tan lenta como esa joven de ojos saltones, Elsie.

Por fin Elsie le tendió la capa carmesí forrada de piel haciendo una reverencia, y Elayne se echó rápidamente la prenda sobre los hombros. El fuego ardía en el hogar de piedra, pero la habitación distaba mucho de estar caliente y últimamente Elayne parecía no poder hacer caso omiso del frío con resultados fiables. La chica siguió haciendo reverencias mientras preguntaba si llamaba a unos hombres para que bajaran el equipaje, si a su majestad le parecía bien. La primera vez que la había llamado así, Elayne le explicó afablemente que todavía no era reina, pero Elsie pareció horrorizada ante la idea de dirigirse a ella simplemente como milady o incluso princesa, aunque a decir verdad eso último se consideraba un término obsoleto. Fuera o no apropiado, a Elayne siempre le agradaba oír a alguien reconocer así su derecho al trono, pero esa mañana estaba demasiado cansada para sentir otra cosa que ansiedad por ponerse en camino. Contuvo un bostezo y le dijo secamente a Elsie que fuera a buscar a los hombres y que se diese prisa, tras lo cual se dirigió a la puerta de paneles. La chica corrió para abrirle la puerta, de modo que tardó más que si lo hubiese hecho ella misma, a la par que hacía otra reverencia antes de abrir y otra después. La falda pantalón de seda hizo un sonido de roce furioso de una pierna contra otra mientras salía del cuarto poniéndose los guantes. Si Elsie la hubiese retrasado un instante más, casi seguro que habría gritado.

Sin embargo, fue la chica la que chilló antes de que Elayne hubiera dado tres pasos; fue un aullido horrorizado que pareció salir desgarrado de su garganta. La capa ondeó cuando Elayne giró rápidamente sobre sus talones a la par que abrazaba la Fuente Verdadera y sentía el poderoso caudal del saidar fluyendo en su interior. Elsie estaba parada en la franja de alfombra que se extendía por el centro del pasillo, mirando fijamente en dirección opuesta, con las dos manos apretándose la boca. En esa dirección dos corredores laterales cruzaban el principal, pero no se veía un alma.

—¿Qué pasa, Elsie? —demandó Elayne. Tenía preparados ya varios tejidos a punto de cobrar forma y que iban de una sencilla red de aire hasta una bola de fuego que demolería la mitad de las paredes que tenía delante, y con su humor actual quería utilizar cualquiera de ellas para arremeter con el Poder. En el mejor de los casos, últimamente su estado de ánimo era tornadizo.

La chica miró hacia atrás, temblorosa, y si antes sus ojos parecían saltones ahora daban la impresión de que se le iban a salir de las órbitas. Sus manos seguían prietas sobre la boca como para contener otro grito. De cabello oscuro, alta y de seno generoso, vestida con el uniforme azul y gris de la casa Matherin, en realidad no era una muchacha —puede que tuviera cuatro o cinco años más que Elayne—, pero por el modo en que se comportaba resultaba difícil pensar en ella de otra manera.

—¿Qué pasa, Elsie? Y no contestes que nada, porque parece que hayas visto un fantasma.

La chica se encogió.

—Y lo vi —repuso de modo vacilante. Que omitiera un título al dirigirse a Elayne demostraba lo trastornada que estaba—. Lady Nelein, la abuela de lord Aedmun. Murió siendo yo pequeña, pero recuerdo que hasta lord Aedmun procuraba no despertar su mal genio y que las doncellas daban brincos de sobresalto cuando las miraba, así como otras damas que venían de visita y también los caballeros. Todo el mundo le tenía miedo. Estaba justo ahí, delante de mí, y miraba tan furiosa… —Enmudeció y se puso colorada cuando Elayne se echó a reír.

Era más una risa de alivio que otra cosa. El Ajah Negro no la había seguido hasta la mansión de lord Aedmun. No había asesinos al acecho con cuchillos empuñados, ni hermanas leales a Elaida que quisieran llevársela de vuelta a Tar Valon. A veces soñaba con esas cosas, todas en el mismo sueño. Soltó el saidar, tan reacia como siempre, pesarosa cuando aquella plenitud de gozo y vida desapareció en su interior. Matherin la apoyaba, pero Aedmun se habría tomado a mal que le destrozara media casa.

—Los muertos no pueden hacer daño a los vivos, Elsie —dijo suavemente. Y si se obligó a hablar así fue por haberse reído, por no mencionar el deseo de dar de bofetadas a esa tontaina—. Ya no pertenecen a este mundo y no pueden tocar nada de él, incluidas las personas. —La chica asintió con la cabeza e hizo otra reverencia, pero por lo desorbitado de sus ojos y el temblor de sus labios se notaba que no estaba convencida. Empero, Elayne no tenía tiempo de ser condescendiente—. Ve a buscar a los hombres para que se ocupen de mi equipaje, Elsie —ordenó firmemente—, y no te preocupes por los fantasmas.

Con otra reverencia, la chica se alejó presurosa y girando la cabeza a uno y otro lado no fuera a ser que lady Nelein saliera de improviso de las paredes revestidas de paneles. ¡Fantasmas! ¡Esa chica era boba! Matherin era una casa antigua, aunque no importante y grande. La escalera principal del caserón, que descendía al vestíbulo, era ancha y con barandilla de mármol. El propio vestíbulo era muy amplio, con baldosas grises y azules y lámparas de espejos que colgaban de cadenas desde el techo, a cinco metros de altura. No había adornos dorados y muy pocos de incrustaciones, pero arcones y armarios tallados se alineaban en las paredes del vestíbulo; en uno de los laterales se exhibían dos colgaduras. Una de ellas representaba hombres cazando leopardos a lomos de caballos, una modalidad arriesgada, en el mejor de los casos; en el otro, mujeres de la casa Matherin presentaban una espada a la primera reina de Andor, un suceso que Matherin atesoraba y que podría o no haber ocurrido realmente.

Aviendha ya esperaba abajo, paseando impaciente por el vestíbulo, y Elayne suspiró al verla. Habrían compartido una habitación de no ser por la implicación de que Matherin no podía atender adecuadamente a dos visitantes eminentes, pero Aviendha no entendía realmente que cuanto más pequeña la casa, más grande el orgullo. A menudo, las casas más pequeñas tenían poco más que eso. Habría entendido lo del orgullo, pues ella misma casi irradiaba un fiero orgullo y fortaleza. De espalda muy recta y más alta incluso que Elayne, con el grueso chal oscuro cubriendo la blusa clara y un pañuelo doblado, de color gris, ciñéndole las sienes y sujetando el largo cabello rojizo, era la viva imagen de una Sabia a despecho de aparentar ser sólo un año mayor que Elayne. Las Sabias que encauzaban a menudo parecían mucho más jóvenes de lo que eran, y Aviendha además tenía un porte digno. Bueno, al menos en ese momento, aunque las dos habían reído como tontas jovencitas con mucha frecuencia. Ni que decir tiene que las únicas joyas que lucía eran un collar largo kandoreño, de plata, un broche de ámbar con forma de tortuga y un brazalete de marfil, en tanto que las Sabias siempre llevaban montones de collares y brazaletes, pero Aviendha no era Sabia todavía, sino meramente una aprendiza. Elayne nunca pensaba en Aviendha con el término «meramente» en ningún concepto, lo que acarreaba problemas de vez en cuando. A veces le parecía que las Sabias la consideraban también a ella una especie de aprendiza, o al menos estudiante. Una idea absurda, desde luego, pero a veces…

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