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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Hubo un largo silencio roto únicamente por los ruidos apagados que hacía Faile, que no había dejado de debatirse, que no podía dejar de hacerlo, si bien sus esfuerzos parecían los de un bebé en pañales.

—No es tan guapa como para pelear por ella —dijo finalmente Nadric, que no parecía asustado en absoluto, ni siquiera preocupado.

Aflojó las manos, y los dientes de Faile se soltaron de su chaqueta tan repentinamente que la joven creyó que se había arrancado uno o dos, pero cayó al suelo de espaldas y el golpe vació de aire sus pulmones, además de dejarla atontada al darse también en la cabeza. Para cuando quiso recobrar la respiración lo suficiente y apoyarse en las manos para incorporarse, el gigantón se alejaba callejón adelante y casi había llegado a la calle; porque ahora se encontraba en un callejón, advirtió Faile, un estrecho camino de tierra prensada encajonado entre dos edificios de piedra. Nadie habría visto lo que el hombre hacía allí dentro. Estremecida —¡no estaba temblando, sólo era un estremecimiento!—, escupió para quitarse de la boca el gusto a paño sucio y a sudor de Nadric, y asestó una mirada feroz a la espalda del gigantón que se alejaba. Si hubiese tenido a mano el cuchillo que tenía guardado, lo habría ensartado con él. Una parte de ella sabía que esa idea era ridícula, pero se estaba agarrando a cualquier cosa con la que alimentar su ira, aunque sólo fuera por el calor que le proporcionaba esa rabia. Para que la ayudara a dejar de tiritar. Lo habría apuñalado una y otra vez hasta que no hubiera podido levantar los brazos de agotamiento.

Se incorporó sobre las temblorosas piernas y se tanteó los dientes con la lengua. Todos en perfectas condiciones; no se había roto ninguno ni le faltaba ninguno. Se había irritado la cara con la tosca chaqueta de Nadric y tenía los labios magullados, pero no estaba herida. Se repitió eso para sus adentros. No estaba herida y era libre de salir del callejón. Bueno, todo lo libre que era cualquiera que llevara la ropa de gai’shain. Si había muchos como Nadric que no veían la protección de esa vestimenta, entonces es que el orden comenzaba a desmoronarse entre los Shaido. El campamento sería un lugar más peligroso, pero el desorden proporcionaría más oportunidades para escapar. Así era como tenía que enfocar el asunto. Había descubierto algo que podía ayudarla. Ojalá dejara de tiritar.

Finalmente, de mala gana, miró a su rescatador. Había reconocido la voz. El hombre se mantenía bastante retirado, observándola con calma, sin hacer intención de ofrecerle consuelo. Faile pensó que habría gritado si la hubiese tocado. Otra estupidez, puesto que acababa de rescatarla, pero no por ello dejaba de ser cierto. Rolan sólo era una mano más bajo que Nadric y casi igual de ancho, y ella tenía una buena razón para acuchillarlo también. No era Shaido, sino uno de los Sin Hermanos, los Mera’din, hombres que habían abandonado sus clanes porque no querían seguir a Rand al’Thor. Efectivamente, había sido él quien la «había hecho gai’shain». Cierto, había impedido que se congelara la noche siguiente a su rapto, envolviéndola en su propia chaqueta, pero no habría necesitado que la tapara si antes no le hubiese cortado hasta la última puntada de sus ropas, para empezar. La primera parte de hacer a alguien gai’shain era siempre desnudar a esa persona, pero que fuera la costumbre no era razón para perdonarlo por lo que había hecho.

—Gracias —dijo, aunque la palabra le supo amarga en la lengua.

—No pido gratitud —respondió suavemente—. Y no me mires como si quisieras morderme porque no has podido morder a Nadric.

Faile esbozó una mueca que pretendía ser sonrisa, aunque apenas semejaba tal cosa; en ese momento se sentía incapaz de fingir humildad aunque hubiese querido. Después dio media vuelta y se encaminó con paso firme hacia la calle. Mejor dicho, intentó caminar con paso firme, pero las piernas todavía le temblaban tanto que iba tambaleándose. Los gai’shain que pasaban por la calle acarreando cubos apenas le prestaron atención. Pocos cautivos querían compartir los problemas de los demás; bastante tenían con los suyos.

Al llegar junto al cesto de ropa caído soltó un suspiro. Estaba tirado de costado y las blusas blancas y las faldas pantalón de oscura seda se hallaban esparcidas sobre el sucio pavimento pringado de barro y ceniza. Por lo menos nadie las había pisoteado. A cualquiera que hubiese estado acarreando agua toda la mañana y todavía tuviera por delante el resto del día haciendo lo mismo se le habría podido perdonar que no hubiese esquivado las prendas, considerando que había ropas tiradas por doquier de las que habían cortado a los habitantes de Malden hechos gai’shain. Habría intentado perdonarlos. Enderezó el cesto y empezó a recoger las ropas, aunque antes de guardarlas las sacudió para quitar el barro y la ceniza que pudiera soltarse, con cuidado de no restregar lo que quedaba adherido. A diferencia de Someryn, a Sevanna le había dado por vestir seda. Era lo único que se ponía. Se sentía tan orgullosa de esas sedas como de sus joyas, e igualmente posesiva con unas y otras. No le haría gracia que cualquiera de esas prendas no volviera completamente limpia.

Cuando Faile colocaba la última blusa encima de todo lo demás, Rolan llegó a su lado y levantó el cesto con una mano. A punto de hablarle con brusquedad —¡ella podía llevar sus cargas, muchas gracias!—, se tragó las palabras. Su cerebro era la única arma real que poseía y tenía que usarla en lugar de dejar que el genio la controlara. Rolan no había aparecido allí por casualidad. Eso sería llevar la credulidad a extremos exagerados. Lo había visto frecuentemente desde que la habían capturado, mucho más a menudo de lo que podría achacarse al azar. La había estado siguiendo. ¿Qué le había dicho a Nadric? Que ni se la había cedido a Sevanna ni le había ofrecido hacer un trato por ella. Aunque había sido él quien la había capturado, Faile tenía la sensación de que el hombre desaprobaba que se hiciera gai’shain a los habitantes de las tierras húmedas —casi todos los Sin Hermanos pensaban así—, pero al parecer todavía reclamaba sus derechos sobre ella.

Faile estaba convencida de que no tenía que temer que intentara forzarla. Rolan había tenido oportunidad de hacerlo cuando la desnudó y la ató, y podría haber hecho «valer sus derechos» entonces. Quizá no le gustaba tomar de ese modo a las mujeres. En cualquier caso, los Sin Hermanos eran casi tan forasteros entre los Shaido como los propios habitantes de las tierras húmedas. Ningún Shaido confiaba realmente en ellos, y los mismos Sin Hermanos a menudo daban la impresión de mantener las distancias, como hombres que aceptaban lo que consideraban un mal menor en lugar de asumir otro mayor, pero que ya no se sentían tan seguros de que el escogido fuera realmente menos malo. Si pudiera entablar amistad con Rolan, quizá se mostrara inclinado a ayudarla. No a escapar, por supuesto —eso sería mucho pedir—, pero… ¿O no lo sería? La única forma de descubrirlo era intentándolo.

—Gracias —repitió, y en esta ocasión sonrió.

Cosa sorprendente, él le respondió con otra sonrisa. Mínima, apenas un atisbo, pero los Aiel no eran efusivos. Podían parecer impertérritos hasta que uno se acostumbraba a ellos.

Caminaron unos pasos en silencio, uno junto al otro, él llevando el cesto en una mano y ella remangando el repulgo del ropaje blanco. Habríase dicho que estaban dando un paseo. Si uno entrecerraba los ojos, claro. Algunos de los gai’shain con los que se cruzaban los miraban con sorpresa, pero enseguida bajaban los ojos de nuevo. A Faile no se le ocurría cómo iniciar la conversación —no quería que él pensara que coqueteaba; después de todo, quizá sí le gustaban las mujeres—, pero Rolan se adelantó, evitándole el quebradero de cabeza.

—Te he estado observando —dijo—. Eres fuerte, con temperamento fiero, y no tienes miedo, creo. La mayoría de los habitantes de las tierras húmedas están medio locos de miedo. Bravuconean hasta que se los castiga, y entonces lloriquean y se acobardan. Creo que eres una mujer de mucho ji.

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