Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Quién es usted? -preguntó la enfermera de la sección de Maternidad-. ¿Qué relación tiene con la paciente? -Michael renunció al intento y colgó.
– No sé nada -dijo la secretaria de Shorer, que respondió a la primera llamada, como si tuviera la mano sobre el teléfono, expectante-. No he recibido noticias desde primera hora de la mañana. Llevo todo el día pegada al teléfono. Ahora haga el favor de dejar libre la línea, después de darme su teléfono.
Michael observó la mancha de humedad que su mano había dejado en el aparato. Lo asaltó una aprensión, rayana en la ansiedad, en relación a Dalit y a su manera de actuar por su cuenta. Volvió a marcar para hablar con Balilty. Pensaba exponerle sus quejas por la desaparición de Dalit, pero nadie sabía dónde estaba Balilty. Eli Bahar le dio respuestas imprecisas a sus preguntas, hablando con frialdad, con hostilidad casi. Sólo cambió de tono para preguntarle a su vez: «¿Te has puesto en contacto con Shorer?». Entonces le tocó a Michael ser impreciso.
– Nada más que asuntos rutinarios -dijo Eli Bahar-. Los músicos de la orquesta han ido desfilando por aquí uno a uno. Balilty se ha marchado a ver al forense. Después tenía que ocuparse de algo relativo al cuadro. Hasta mañana no sabremos de qué se trata -y cuando Michael le preguntó quién estaba interrogando a los miembros de la orquesta, dijo-: Sólo Tzilla y yo.
Nita levantaba y bajaba los párpados, sentada en la mullida butaca frente al medallón oscilante. Estaba muy quieta, relajada. Las arrugas que contorneaban su boca se habían difuminado y la expresión agónica de su rostro, suavizado. El psiquiatra le advirtió varias veces que no se moviera ni dijera nada. Llevaban varias horas en la consulta. Al llegar, el psiquiatra los recibió a los tres, luego se llevó a Nita aparte. Desde la sala de espera, donde Michael fumaba pitillos en cadena, sentado junto a Ruth Mashiah, no se oía nada. Con la cabeza gacha, Michael escuchaba atentamente las explicaciones de su acompañante.
– La hipnosis se basa en el principio -dijo ella con voz seca y cortante- de que nadie está dispuesto a revelar la maravillosa experiencia cósmica vivida por la mente en el útero materno.
– No sabía que el feto tuviera mente -masculló Michael a la vez que alzaba la vista.
– Cómo no la va a tener, está demostrado -replicó Ruth Mashiah-. Los ultrasonidos permiten demostrarlo sin problemas. Sabemos con seguridad que, a partir de los tres meses, la mente del feto ya se ha formado.
– Pero el término mente induce a confusión. No está claro qué significa -dijo Michael a la vez que aplastaba la colilla, que dejó un agujero chamuscado en el vaso de plástico.
– A los tres meses -sentenció Ruth Mashiah-. Los propios sabios talmúdicos lo sabían. Por eso establecieron la norma de que se diera sepultura a los nonatos de tres o más meses. Otro ejemplo es que cuando se pone música a una embarazada de seis meses, se ve bailar al feto.
– ¿Se le ve? -preguntó Michael atónito. Ruth Mashiah asintió con un gesto y le pidió un cigarrillo-. ¿A qué experiencia cósmica se refería? -preguntó mientras se inclinaba para encenderle el cigarrillo.
– ¿Qué? -preguntó ella distraída; inhaló, tosió y lo miró con sorpresa.
– Ha dicho que la hipnosis se basa en…
– Ah sí, o sea que quiere una explicación detallada. Creía que era evidente.
– Pues no lo es -replicó él con cierta irritación mientras aprestaba el oído tratando de enterarse de lo que sucedía en la habitación contigua. Pero no había nada que oír.
Ruth Mashiah cruzó las piernas y se recostó en el respaldo de la silla de plástico. Se frotó la frente.
– No se me quita el dolor de cabeza -murmuró-. Me ha estado fastidiando todo el día. Y no he llamado para ver cómo está Izzy. ¿Sigue en la comisaría del barrio ruso? Además, tenemos que preocuparnos de los preparativos del entierro. Si se piensa, es espantoso. Ir a morir así. Sin motivo. ¿Se ocupan ustedes de los preparativos? -Michael consultó su reloj y ella prosiguió sin esperar la respuesta-: Pues bien, la experiencia cósmica es aquella en la que se siente con total certidumbre la existencia de una protección absoluta. Lo único que tiene que hacer el feto es adaptar sus reacciones reflejas a las presiones del medio. Por su parte, el individuo que se somete a hipnosis recibe un beneficio enorme a cambio de abandonar su voluntad a los dictados ajenos. Obtiene por adelantado el perdón para todo lo relacionado con la conciencia o la moralidad; él hace lo que se le dice, no es responsable ni culpable de nada.
Michael asintió.
– El trance hipnótico es un estado de conciencia en el que el sujeto no es responsable de sus actos. Todas las conexiones nerviosas sensoriales que llevan al sistema nervioso central, incluidas las de la sensibilidad al dolor, se desconectan durante la hipnosis.
– ¿Entonces no es psicológica la conexión entre los sentidos y el cerebro? -preguntó Michael, interrumpiendo el didáctico flujo de palabras. Ruth Mashiah ladeó la cabeza, se llevó la menuda mano a la cara y volvió a oprimirse la frente.
– ¿No es usted consciente de la unidad entre cuerpo y mente? -preguntó sin asomo de burla-. ¿No sabe que el inconsciente controla lo biológico? La mente rige las funciones biológicas. ¿Cómo se explica que los faquires indios se tumben sobre lechos de clavos? ¿Por qué no sienten dolor? El principio es idéntico al de la hipnosis. El centro receptor del cerebro se cierra. Los nervios reaccionan, pero la información no llega al cerebro. ¿De verdad no está al tanto de estas cosas? -preguntó sorprendida-. Pensaba que cualquier persona bien informada estaba al cabo de la calle, sobre todo quienes se dedican a un trabajo como el suyo.
– Sé algo al respecto, pero no lo tengo tan claro como usted -dijo Michael desconcertado-. No se me habría ocurrido relacionar a los faquires de la India con la hipnosis.
– Por eso es tan poderosa -dijo Ruth Mashiah-. Y ése es también el motivo de que sea imposible hipnotizar a alguien que no da su consentimiento expreso, lo habrá visto en las películas. Sin ese requisito, como mucho se logra dormir a la persona. ¿No ha probado nunca la hipnosis?
– No podría -reflexionó Michael-. Tal grado de abandono… la pérdida de control. Por lo visto, carezco de ese deseo de experiencias cósmicas del que me ha hablado -dijo con sonrisa conciliadora-. No estoy dispuesto a renunciar al dominio sobre mí mismo, ni siquiera por lograr la experiencia fetal. Prefiero la responsabilidad -dijo casi disculpándose.
– No sólo se trata de renunciar al control de la situación -dijo Ruth Mashiah, mirándolo con atención. Sus ojos rasgados se convirtieron en ranuras-. Porque no basta con el mero consentimiento. El sujeto debe estar de acuerdo, pero también debe confiar en el hipnotizador para que éste pueda actuar.
Michael fue presa de un ataque de pánico.
– Ella no va a confiar en él -dijo mirando la puerta de la consulta-. Ya no es capaz de confiar en nadie -concluyó desesperado.
– Yo no estaría tan segura. Es más fuerte de lo que cree. No debería usted pensar en términos absolutos, románticos -lo tranquilizó Ruth Mashiah-. Y no olvide que ella también desea descubrir la verdad. Es un deseo verdadero, una necesidad. Un adulto no pierde la fe en la humanidad por lo que le pasa con una sola persona. Aun cuando desee no volver a confiar nunca en nadie, atenerse a esa decisión no es fácil -dio una calada y expelió una voluta de humo blanco; luego masculló mirando el cigarrillo-: ¿Por qué estoy fumando? -lo tiró en el vaso de plástico vacío que sujetaba Michael. Se lo quitó de las manos, se levantó con presteza y se dirigió a la jarra de agua fría del rincón de la sala de espera para llenar el vaso. Tenía un aire juvenil y andrógino con su holgado conjunto de pantalón y chaqueta, se movía con agilidad. De pronto, Michael se vio abrazando aquel cuerpo y sepultando el rostro en los encrespados rizos. Ella tomó asiento frente a él.