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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Ahora se toma un descanso -dijo el doctor Schumer.

Nita dejó el inexistente chelo a sus pies y miró en derredor.

– ¿Estará la funda entre bastidores? -se preguntó, y se levantó de la butaca ágilmente-. Ha venido Ido -dijo feliz-. Lo ha traído Michael. Y a Noa también. Lleva un peto naranja. Antes era de Ido. Y en el cochecito hay una caja de música; Ido está mordisqueando a Matilda, su conejita.

– Ya ha terminado la interrupción provocada por Teddy Kollek. ¿Qué pasa después? -preguntó Michael.

– Ido se ha marchado -dijo Nita sorprendida-. Estaba aquí, pero ya no está. Michael se ha llevado a los niños.

– Y todo el mundo regresa al escenario -le recordó Michael.

– Todos vuelven -convino Nita, y se inclinó como para recoger el chelo.

– ¿Ensayáis todo el concierto?

– El segundo movimiento -repuso ella como en un sueño-. Sólo queda tiempo para el segundo movimiento. Theo ya no pega tantos gritos -volvió a sonreír, con dulzura-. Está contento, pero no lo dice. Él es así. Le gusta cómo tocamos. Dice: «Todo bien, de momento». No mira a Gabi. ¡Gabi está tocando espléndidamente! ¡Es una auténtica maravilla! -bajó la vista y, al levantarla, miró a Michael a los ojos. Pero él tuvo la sensación de que no lo veía en absoluto-. Yo también toco bien. Sí, muy bien -dijo con claridad y sin afectación, como quien reconoce un hecho evidente, y sus mejillas se arrebolaron.

– Theo dice que ha terminado el ensayo. Y ahora ¿qué? ¿Guardas tu instrumento?

– Sí, como todo el mundo. Hay mucho alboroto. La señora Agmon está en el pasillo. Cerca del escenario.

– ¿Y quién hay en el escenario? ¿Ves cómo se van yendo?

Michael la observó cabecear, como si estuviera haciendo un esfuerzo.

– ¿Está Gabi en el escenario?

– Gabi se va. Tiene algo que hacer -sus ojos se achicaron. Una sombra oscura invadió las lagunas-. Sale del escenario.

– ¿Quién más se marcha? -preguntó Michael, y oyó la respiración profunda del psiquiatra, que no retiraba la vista de Nita.

– No lo recuerdo… -su cara se crispó, cerró los ojos, abrió la boca, se retorció las manos, sus piernas se convulsionaron, palideció-. Gabriel se va -dijo jadeante-. Tiene que… -se le desplomó la cabeza hacia atrás.

– Está perdiendo la conciencia -dijo el psiquiatra-, tenemos que dejarlo. Está dando claras muestras de angustia.

– Una pregunta más -suplicó Michael-. Sólo una.

El psiquiatra alzó la mano con gesto decidido.

– ¡No responda a eso! -ordenó-. Olvide la pregunta. Vuelve a estar al final del ensayo -continuó con dulzura, y el cuerpo de Nita se relajó-. Abra los ojos y olvide la pregunta -Nita alzó la cabeza y abrió los ojos.

– ¿Está despierta o dormida? -preguntó Michael.

– Ha vuelto al estado de hipnosis profunda -repuso el psiquiatra tras unos segundos de silencio-. No estoy dispuesto a hacerla pasar por la misma situación.

– Pero si no sabemos nada que no supiéramos -dijo Michael desesperado-. ¡Nada! Tengo que intentar…

El psiquiatra lo miró escéptico.

– Por su bien. Debemos darle una respuesta a la pregunta de si fue ella quien lo hizo.

– Estoy dispuesto a darle otra oportunidad. Pero no de la misma manera. Formularemos la pregunta de otra forma -dijo el psiquiatra mientras echaba otro vistazo a sus notas-. Quizá sea mejor que ahora se lo pregunte yo.

– Pero antes pregúntele cuántas cuerdas de repuesto tenía en casa antes del ensayo -dijo Michael, con la respiración acelerada.

– ¿Cuántas cuerdas de repuesto tenía en casa antes del ensayo? -preguntó mecánicamente el doctor Schumer.

Nita frunció el entrecejo.

– Tres -dijo-. La cuerda la se rompió y la cambié.

– ¿Tres antes de cambiarla o después? -susurró Michael.

Schumer repitió la pregunta.

– Antes -dijo ella titubeando-. Tres antes de cambiarla.

– Una vez más, ¿qué cuerda cambió? -preguntó Michael, el corazón desbocado, y oyó a Schumer repitiendo sus palabras.

– La cuerda la -dijo ella con seguridad.

– ¿Tiene otra cuerda la en casa? -siseó Michael, y Schumer repitió la pregunta.

– Puede que sí -respondió pensativa-. En el armario, en el maletero, donde guardo mi antiguo chelo. Hace años que no lo toco. Allí hay cuatro cuerdas en un sobre cerrado.

Michael tragó saliva con esfuerzo y reprimió el impulso de salir corriendo hacia casa de Nita para verificar de inmediato la existencia de las cuerdas.

– Ahora pregúntele qué pasó después del ensayo -insistió inflexible.

Tras un instante de vacilación, el psiquiatra dijo sosegadamente:

– El ensayo ha terminado.

Nita asintió con la cabeza.

– ¿Qué hace ahora?

Nita abrió mucho los ojos.

– Dejo el chelo en el suelo. Quiero guardarlo. Pero la funda no está aquí. Tengo que buscarla. Se lo pregunto a Avigdor. La funda… la han guardado ahí detrás.

– ¿Se retira detrás del escenario?

Nita hizo un gesto de asentimiento.

– ¿Con el chelo en la mano?

Nuevo gesto de asentimiento.

– ¿Encuentra la funda?

– Está al otro lado de la pared. Tengo que guardar el chelo en el despacho de Theo. No puedo dejarlo por ahí tirado. Es mi chelo. Mi Amati.

– ¿Entra en el despacho de Theo?

– Entro en el despacho de Theo -afirmó Nita con seguridad-. La puerta está abierta. No han echado la llave.

– ¿Está allí Theo?

– Está al teléfono. Sí, hablando por teléfono. Dice: «Eso ni pensarlo». Al verme, se calla. Espera a que salga. Guardo el chelo en el armario grande. Como antes. Como siempre -la perplejidad y el esfuerzo la llevaron a juntar las oscuras cejas.

– Y luego, ¿sale usted del despacho?

– Theo dice: «Volveré a llamar», y cuelga.

– ¿Salen juntos entonces?

– Tengo que hacer pis -dijo ella de pronto.

– ¿Justo en ese momento?

– Justo en ese momento. Al llegar a la puerta, me doy cuenta de que necesito hacer pis. Quiero usar el lavabo de Theo.

– ¿Hay un lavabo en el despacho de Theo?

– No, al lado. Está limpio.

– ¿Y Theo?

– Cierra el despacho con llave. Le digo que me espere. Pero, cuando salgo, se ha ido -dijo sorprendida-. Lo llamo: «¡Theo! ¡Theo!», pero no me oye. No me responde. Voy hasta el fondo del pasillo.

– ¿Camino del escenario?

Nita sacudió la cabeza vigorosamente.

– No. Hacia el otro extremo.

– ¿Qué otro extremo? -preguntó Michael atónito, sin prestar atención a la mirada admonitoria del psiquiatra.

– A la puerta del fondo. Porque quizá Theo se ha ido en esa dirección -de pronto, la recorre un estremecimiento.

El psiquiatra volvió a tomar las riendas del interrogatorio.

– ¿Está allí?

– No. No hay nadie -dijo como una niña defraudada.

– ¿Y ve a Gabi?

– No. Gabi tampoco está allí. Y la luz no funciona.

– ¿Qué quiere decir? ¿Cómo que no funciona? ¿Está a oscuras?

– Está todo oscuro. No se ve nada. Las cortinas están echadas. Así que regreso.

– ¿Al despacho de Theo?

– No. Theo lo ha cerrado con llave -dijo Nita como una niña que explica algo obvio-. Caminé hacia la luz.

– ¿Le da miedo la oscuridad? -preguntó el psiquiatra con dulzura.

– Es todo tan raro -dijo, y comenzó a revolverse.

– Regresa al escenario por el camino habitual -dijo el psiquiatra. Ella se relajó.

– Regreso.

– ¿Ves a Gabi? -preguntó Michael.

– Gabi está recostado en el pilar, como siempre -dijo ella sonriente-. Está hablando con alguien. Oigo la voz de Gabi.

– ¿Qué dice? -preguntó Michael; sintió que su cuerpo se tensaba y se ponía rígido, la sangre le palpitaba en las sienes.

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