Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Ahora se toma un descanso -dijo el doctor Schumer.
Nita dejó el inexistente chelo a sus pies y miró en derredor.
– ¿Estará la funda entre bastidores? -se preguntó, y se levantó de la butaca ágilmente-. Ha venido Ido -dijo feliz-. Lo ha traído Michael. Y a Noa también. Lleva un peto naranja. Antes era de Ido. Y en el cochecito hay una caja de música; Ido está mordisqueando a Matilda, su conejita.
– Ya ha terminado la interrupción provocada por Teddy Kollek. ¿Qué pasa después? -preguntó Michael.
– Ido se ha marchado -dijo Nita sorprendida-. Estaba aquí, pero ya no está. Michael se ha llevado a los niños.
– Y todo el mundo regresa al escenario -le recordó Michael.
– Todos vuelven -convino Nita, y se inclinó como para recoger el chelo.
– ¿Ensayáis todo el concierto?
– El segundo movimiento -repuso ella como en un sueño-. Sólo queda tiempo para el segundo movimiento. Theo ya no pega tantos gritos -volvió a sonreír, con dulzura-. Está contento, pero no lo dice. Él es así. Le gusta cómo tocamos. Dice: «Todo bien, de momento». No mira a Gabi. ¡Gabi está tocando espléndidamente! ¡Es una auténtica maravilla! -bajó la vista y, al levantarla, miró a Michael a los ojos. Pero él tuvo la sensación de que no lo veía en absoluto-. Yo también toco bien. Sí, muy bien -dijo con claridad y sin afectación, como quien reconoce un hecho evidente, y sus mejillas se arrebolaron.
– Theo dice que ha terminado el ensayo. Y ahora ¿qué? ¿Guardas tu instrumento?
– Sí, como todo el mundo. Hay mucho alboroto. La señora Agmon está en el pasillo. Cerca del escenario.
– ¿Y quién hay en el escenario? ¿Ves cómo se van yendo?
Michael la observó cabecear, como si estuviera haciendo un esfuerzo.
– ¿Está Gabi en el escenario?
– Gabi se va. Tiene algo que hacer -sus ojos se achicaron. Una sombra oscura invadió las lagunas-. Sale del escenario.
– ¿Quién más se marcha? -preguntó Michael, y oyó la respiración profunda del psiquiatra, que no retiraba la vista de Nita.
– No lo recuerdo… -su cara se crispó, cerró los ojos, abrió la boca, se retorció las manos, sus piernas se convulsionaron, palideció-. Gabriel se va -dijo jadeante-. Tiene que… -se le desplomó la cabeza hacia atrás.
– Está perdiendo la conciencia -dijo el psiquiatra-, tenemos que dejarlo. Está dando claras muestras de angustia.
– Una pregunta más -suplicó Michael-. Sólo una.
El psiquiatra alzó la mano con gesto decidido.
– ¡No responda a eso! -ordenó-. Olvide la pregunta. Vuelve a estar al final del ensayo -continuó con dulzura, y el cuerpo de Nita se relajó-. Abra los ojos y olvide la pregunta -Nita alzó la cabeza y abrió los ojos.
– ¿Está despierta o dormida? -preguntó Michael.
– Ha vuelto al estado de hipnosis profunda -repuso el psiquiatra tras unos segundos de silencio-. No estoy dispuesto a hacerla pasar por la misma situación.
– Pero si no sabemos nada que no supiéramos -dijo Michael desesperado-. ¡Nada! Tengo que intentar…
El psiquiatra lo miró escéptico.
– Por su bien. Debemos darle una respuesta a la pregunta de si fue ella quien lo hizo.
– Estoy dispuesto a darle otra oportunidad. Pero no de la misma manera. Formularemos la pregunta de otra forma -dijo el psiquiatra mientras echaba otro vistazo a sus notas-. Quizá sea mejor que ahora se lo pregunte yo.
– Pero antes pregúntele cuántas cuerdas de repuesto tenía en casa antes del ensayo -dijo Michael, con la respiración acelerada.
– ¿Cuántas cuerdas de repuesto tenía en casa antes del ensayo? -preguntó mecánicamente el doctor Schumer.
Nita frunció el entrecejo.
– Tres -dijo-. La cuerda la se rompió y la cambié.
– ¿Tres antes de cambiarla o después? -susurró Michael.
Schumer repitió la pregunta.
– Antes -dijo ella titubeando-. Tres antes de cambiarla.
– Una vez más, ¿qué cuerda cambió? -preguntó Michael, el corazón desbocado, y oyó a Schumer repitiendo sus palabras.
– La cuerda la -dijo ella con seguridad.
– ¿Tiene otra cuerda la en casa? -siseó Michael, y Schumer repitió la pregunta.
– Puede que sí -respondió pensativa-. En el armario, en el maletero, donde guardo mi antiguo chelo. Hace años que no lo toco. Allí hay cuatro cuerdas en un sobre cerrado.
Michael tragó saliva con esfuerzo y reprimió el impulso de salir corriendo hacia casa de Nita para verificar de inmediato la existencia de las cuerdas.
– Ahora pregúntele qué pasó después del ensayo -insistió inflexible.
Tras un instante de vacilación, el psiquiatra dijo sosegadamente:
– El ensayo ha terminado.
Nita asintió con la cabeza.
– ¿Qué hace ahora?
Nita abrió mucho los ojos.
– Dejo el chelo en el suelo. Quiero guardarlo. Pero la funda no está aquí. Tengo que buscarla. Se lo pregunto a Avigdor. La funda… la han guardado ahí detrás.
– ¿Se retira detrás del escenario?
Nita hizo un gesto de asentimiento.
– ¿Con el chelo en la mano?
Nuevo gesto de asentimiento.
– ¿Encuentra la funda?
– Está al otro lado de la pared. Tengo que guardar el chelo en el despacho de Theo. No puedo dejarlo por ahí tirado. Es mi chelo. Mi Amati.
– ¿Entra en el despacho de Theo?
– Entro en el despacho de Theo -afirmó Nita con seguridad-. La puerta está abierta. No han echado la llave.
– ¿Está allí Theo?
– Está al teléfono. Sí, hablando por teléfono. Dice: «Eso ni pensarlo». Al verme, se calla. Espera a que salga. Guardo el chelo en el armario grande. Como antes. Como siempre -la perplejidad y el esfuerzo la llevaron a juntar las oscuras cejas.
– Y luego, ¿sale usted del despacho?
– Theo dice: «Volveré a llamar», y cuelga.
– ¿Salen juntos entonces?
– Tengo que hacer pis -dijo ella de pronto.
– ¿Justo en ese momento?
– Justo en ese momento. Al llegar a la puerta, me doy cuenta de que necesito hacer pis. Quiero usar el lavabo de Theo.
– ¿Hay un lavabo en el despacho de Theo?
– No, al lado. Está limpio.
– ¿Y Theo?
– Cierra el despacho con llave. Le digo que me espere. Pero, cuando salgo, se ha ido -dijo sorprendida-. Lo llamo: «¡Theo! ¡Theo!», pero no me oye. No me responde. Voy hasta el fondo del pasillo.
– ¿Camino del escenario?
Nita sacudió la cabeza vigorosamente.
– No. Hacia el otro extremo.
– ¿Qué otro extremo? -preguntó Michael atónito, sin prestar atención a la mirada admonitoria del psiquiatra.
– A la puerta del fondo. Porque quizá Theo se ha ido en esa dirección -de pronto, la recorre un estremecimiento.
El psiquiatra volvió a tomar las riendas del interrogatorio.
– ¿Está allí?
– No. No hay nadie -dijo como una niña defraudada.
– ¿Y ve a Gabi?
– No. Gabi tampoco está allí. Y la luz no funciona.
– ¿Qué quiere decir? ¿Cómo que no funciona? ¿Está a oscuras?
– Está todo oscuro. No se ve nada. Las cortinas están echadas. Así que regreso.
– ¿Al despacho de Theo?
– No. Theo lo ha cerrado con llave -dijo Nita como una niña que explica algo obvio-. Caminé hacia la luz.
– ¿Le da miedo la oscuridad? -preguntó el psiquiatra con dulzura.
– Es todo tan raro -dijo, y comenzó a revolverse.
– Regresa al escenario por el camino habitual -dijo el psiquiatra. Ella se relajó.
– Regreso.
– ¿Ves a Gabi? -preguntó Michael.
– Gabi está recostado en el pilar, como siempre -dijo ella sonriente-. Está hablando con alguien. Oigo la voz de Gabi.
– ¿Qué dice? -preguntó Michael; sintió que su cuerpo se tensaba y se ponía rígido, la sangre le palpitaba en las sienes.