Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Creí que el barón estaba de broma; pero he de confesar que enseguida empecé a imaginarme lo maravilloso que sería pasear con el Presidente por una maravillosa hacienda sin tener cerca a Nobu ni al Doctor Cangrejo, ni siquiera a Mameha.
– Es una buena idea, barón -dijo Mameha-, pero lamentablemente Sayuri está ocupada con los ensayos.
– ¡Beberías, beberías! -dijo el barón-. Espero verla allí. ¿Por qué me niegas todo lo que te pido hoy?
Parecía realmente enfadado; y como estaba muy borracho, al hablar escupía a diestra y siniestra. Intentó limpiarse con el dorso de la mano, pero terminó pringándose los largos pelos de la barbita.
– ¿Es que no vas a hacer caso de nada de lo que te pida? -continuó-. Quiero ver a Sayuri en Hakone. Responde sencillamente «Sí, barón», y dejamos zanjada la cuestión.
– Sí, barón.
– Muy bien -dijo el barón. Volvió a echarse atrás en el taburete, se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la cara.
Yo lo lamentaba por Mameha. Pero sería poco decir que estaba entusiasmada con la perspectiva de asistir a la fiesta del barón. Creo que al pensarlo en el rickshaw de vuelta a Gion, se me ponían encarnadas las orejas. Temía que Mameha se percatara, pero ella iba mirando hacia el otro lado y no dijo una palabra hasta el final del trayecto, cuando se volvió hacia mí y me dijo:
– Sayuri, tienes que tener mucho cuidado en Hakone.
– Sí, señora, lo tendré -contesté yo.
– Tienes que tener en cuenta que una aprendiza a punto de pasar su mizuage es como un comida dispuesta en una bandeja. Pero ningún hombre la probará a la mínima sospecha de que otro hombre la ha probado.
No pude mirarla a los ojos cuando dijo esto. Sabía perfectamente bien que se refería al barón.
Capítulo veintidós
En aquella época de mi vida ni siquiera sabía dónde estaba Hakone, aunque pronto me enteré que estaba en el este del Japón, a bastante distancia de Kioto. Durante el resto de la semana tuve una agradable sensación de ser alguien importante, recordándome a mí misma todo el rato que un hombre tan preponderante como el barón me había invitado a salir de Kioto para asistir a una fiesta. En realidad me costó trabajo ocultar toda mi excitación cuando por fin me senté en un encantador compartimento de segunda clase con el Señor Itchoda, el vestidor de Mameha, sentado a mi lado para desanimar a todo el que quisiera pegar la hebra conmigo. Hice como que estaba entretenida leyendo una revista, pero sólo estaba pasando las páginas, pues estaba ocupada en mirar con el rabillo del ojo cómo se detenía al verme toda la gente que pasaba por el pasillo del tren. Me encantaba ser el centro de atención; pero cuando poco después del mediodía llegamos a Shizuoka y esperamos en el andén para tomar el tren de Hakone, sentí de pronto que brotaba dentro de mí una desagradable congoja. Era una sensación que había mantenido velada el resto del día, pero en ese momento apareció ante mí claramente una imagen de mí misma hacía mucho tiempo, en el andén de una estación -esta vez con el Señor Bekku-, el día en que nos sacaron a mi hermana y a mí de nuestra casa. Me avergüenza admitir que a lo largo de todos esos años había hecho todo lo posible por no pensar en Satsu ni en mis padres ni en nuestra casita sobre acantilado. Había sido como una niña jugando a meter la cabeza dentro de una bolsa. Lo único que había visto día tras día era Gion, hasta tal punto que había llegado a pensar que Gion era todo lo que había y lo único que importaba. Pero entonces, al salir de Kioto, me di cuenta de que para la mayoría de la gente, la vida no tenía nada que ver con Gion. Y, por consiguiente, empecé a pensar irremediablemente en la vida que había tenido antaño. La pena es una cosa extraña; nos deja totalmente desamparados. Es como una ventana que se abriera sola; la habitación se queda fría, y lo único que podemos hacer es tiritar. Pero cada vez se abre un poco menos y un poco menos, hasta que un día nos preguntamos qué habrá pasado con ella.
Al día siguiente por la mañana, ya bastante tarde, me recogió uno de los coches del barón en la pequeña hospedería con vistas al Monte Fuji donde había pasado la noche y me llevó a su casa de verano, situada a orillas de un lago, entre hermosas arboledas. Cuando tomamos el camino circular que conducía hasta la casa y yo descendí del vehículo vestida con todo el atuendo de una aprendiza de geisha de Gion, muchos de los invitados del barón se volvieron a mirarme. Entre ellos distinguí a varias mujeres, algunas con kimono y otras vestidas con ropas occidentales. Más tarde supe que eran en su mayoría geishas de Tokio, pues estábamos a sólo unas pocas horas de tren de Tokio. Entonces apareció el barón, acompañado de varios hombres más, por el camino del bosque.
– ¡Aquí está lo que todos estábamos esperando! -exclamó-. Esta monada es Sayuri; viene de Gion, y probablemente algún día será la «gran Sayuri de Gion». Sus ojos no se ven todos los días, os lo aseguro. Y esperad a ver cómo se mueve… Te he invitado a venir para que todos estos hombres tengan la posibilidad de mirarte; ya ves que tienes un trabajo importante. Tienes que pasearte aquí y allá, por el interior de la casa, por el lago, por los bosques, ¡por todas partes! ¡Y ahora a trabajar!
Empecé a recorrer la hacienda como el barón me había mandado que hiciera. Pasé junto a los cerezos en flor, haciendo reverencias aquí y allá a los invitados e intentando que no se notara que estaba buscando a alguien, al Presidente. No lograba avanzar mucho, pues cada dos por tres alguien me paraba y me decía algo así como: «¡Mírala! ¡Una aprendiza de geisha de Kioto!». Y luego sacaba una cámara y pedía a alguien que nos sacara una foto juntos, o me llevaba bordeando el lago hasta el templete de observación de la luna, o hasta cualquier otra parte, para que me vieran sus amigos, como si yo fuera una criatura prehistórica que acabara de descubrir. Mameha ya me había avisado que todo el mundo se sorprendería de mi aspecto; pues no hay nada parecido a una aprendiza de Gion. Es cierto que en los mejores distritos de geishas de Tokio, como Shimbashi y Akasaka, las chicas han de dominar las artes antes de debutar. Pero muchas de las geishas de Tokio por entonces tenían una sensibilidad muy moderna, por eso algunas se paseaban por la hacienda del barón con ropas occidentales.
La fiesta no acababa nunca. Hacia media tarde había perdido toda esperanza de encontrar al Presidente. Entré en la casa, buscando un lugar en donde descansar un poco, pero no bien puse un pie en el vestíbulo me quedé helada. Allí estaba; salía de un cuarto de tatami charlando con otro hombre. Se despidieron y entonces el Presidente se dirigió a mí.
– ¡Sayuri! -exclamó-. ¿Cómo ha podido convencerte el barón para que vinieras? ¡Y desde Kioto! Ni siquiera sabía que lo conocías.
Sabía que tenía que apartar la vista de él, pero era como intentar arrancar clavos de una pared. Cuando por fin me avine a ello, hice una reverencia y dije:
– Mameha-san me envió en su lugar. Estoy encantada de haber tenido el honor de encontrarlo, Señor Presidente.
– Sí, sí. Yo también estoy encantado de verte; puedes darme tu opinión sobre algo. Ven a echar un vistazo al regalo que he traído al barón. Estoy tentado a irme sin dárselo.
Entré tras él en la habitación del tatami, sintiéndome como una gatita correteando tras un cordel. Aquí estaba, en Hakone, lejos de todo lo que había conocido hasta entonces, pasando un rato con el hombre en el que pensaba más constantemente. Viéndolo caminar delante de mí, tuve que admirar la facilidad con la que se movía en su traje occidental. Distinguía sus pantorrillas e incluso la concavidad de su espalda, como la hendidura que divide las raíces de un árbol. Tomó algo de la mesa y me lo alargó para que pudiera verlo. Primero pensé que era un bloque de oro decorado, pero resultó ser una caja de cosméticos antigua. El Presidente me dijo que era de Arata Gonroku, un artista del periodo Edo. Era una caja de laca dorada que tenía la forma de un pequeño cojín y estaba decorada con unas figuras en color negro de cigüeñas volando y conejos corriendo. Cuando la puso en mis manos, me quedé sin respiración de puro deslumbramiento.