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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Me dieron el papel a mediados de marzo, así que sólo tenía un mes más o menos para ensayar. Por suerte, mi profesora de danza fue muy amable y muchas tardes me dio clase a mí sola. Mamita no se enteró sino varios días después -Hatsumono, claro está, no se apresuró a decírselo-, en una partida de mah-jong. Cuando volvió a la okiya preguntó si era cierto que me habían dado el papel. Al decirle que sí, se alejó con la misma expresión de sorpresa que si su perro Taku le hubiera hecho las sumas en su libro de cuentas.

Como era de esperar, Hatsumono estaba furiosa, pero a Mameha no le preocupaba. Según ella, había llegado el momento de expulsar a Hatsumono del ring.

Capítulo veintiuno

Una o dos semanas después, Mameha vino a buscarme una tarde durante un descanso de los ensayos, muy excitada por algo. Al parecer, el día anterior, el barón le había dejado caer que al siguiente fin de semana iba a dar una fiesta en honor de un creador de kimonos llamado Arashino. El barón poseía una de las mejores colecciones de todo Japón. Le gustaban sobre todo las piezas antiguas, pero de vez en cuando compraba alguna obra de calidad a algún artista vivo. Su decisión de comprar una obra de Arashino le había impulsado a dar la fiesta.

– Cuando el barón me habló de Arashino -me explicó Mameha-, no lo localizaba, aunque me sonaba mucho el nombre. Pero luego caí que era amigo de Nobu, ¡por eso me sonaba! ¿No ves las posibilidades que tenemos? Hasta hoy no se me había ocurrido, pero voy a convencer al barón para que invite a Nobu y al doctor a su fiesta. Se van a caer fatal. Y cuando empiecen a hacer ofertas por tu mizuage, puedes estar segura de que ninguno de los dos se va a quedar tranquilo, sabiendo que el otro podría llevarse el premio.

Estaba muy cansada, pero me puse a aplaudir muy contenta por ella y le dije lo mucho que le agradecía que se le hubiera ocurrido un plan tan bueno. Y estoy segura de que era un buen plan; pero la verdadera prueba de su inteligencia la daría al convencer al barón de que invitara a aquellos dos hombres a su fiesta, algo que ella aseguraba que podría conseguir sin muchas dificultades. Claramente, ambos desearían ir. En el caso de Nobu, porque el barón era un inversor de la Compañía Iwamura, aunque yo eso no lo sabía entonces; y en el del Doctor Cangrejo… bueno, el Doctor Cangrejo se consideraba un poco aristócrata, aunque probablemente sólo tenía un lejano y oscuro antepasado con sangre azul, y consideraría que era su obligación asistir a todo lo que le invitara el barón. Lo que no sé son las razones del barón para aceptar invitarlos. Nobu no era de su agrado, ni del de muchos otros. Y al Doctor Cangrejo no lo conocía, de modo que igualmente podría haber invitado al primero que viera por la calle.

Pero yo sabía que Mameha tenía un gran poder de persuasión. La fiesta quedó dispuesta, y Mameha convenció a mi instructora de danza para que me dispensara de los ensayos al sábado siguiente de modo que yo pudiera asistir. La recepción empezaría a mediodía y se alargaría hasta después de cenar, aunque Mameha y yo llegaríamos después de comenzada. Así que serían las tres cuando por fin nos montamos en un rickshaw en dirección a la hacienda de barón, que se encontraba al pie de las colinas que se alzaban al noreste de la ciudad. Era la primera vez que estaba en un sitio con tanto lujo, y me sentí bastante abrumada por todo lo que veía a mi alrededor. Imagínate que alguien prestara al diseño y al cuidado de toda una hacienda la misma atención que, incluso en los detalles más pequeños, se aplica a la confección de un kimono, pues eso es lo que sucedía en la hacienda donde vivía el barón. La casa principal databa del tiempo de su abuelo, pero los jardines, que me sorprendieron como un gigantesco brocado de diferentes texturas, habían sido diseñados y construidos por su padre. Al parecer, la casa y los jardines nunca terminaron de encajar hasta que el hermano mayor del barón (un año antes de morir asesinado) no cambió de lugar el estanque; éste mismo le añadió un jardín de musgo con un camino de guijarros que salía del templete de observación de la luna, a un lado de la casa. Unos cisnes negros se deslizaban por el estanque con un porte tan altivo que me hizo avergonzarme de no ser más que un desgarbado ser humano.

Íbamos a empezar preparando una ceremonia del té a la que se unirían los hombres cuando tuvieran ganas. Así que me sorprendió cuando, tras atravesar las grandes verjas, no nos dirigimos hacia el pabellón del té, sino directamente a la orilla del estanque y nos montamos en una pequeña embarcación. Ésta tenía el tamaño de una habitación pequeña. La mayor parte estaba ocupada con unos asientos de madera que iban pegados a las paredes, pero en uno de los extremos había un verdadero pabellón en miniatura, con una tarima de tatami cubierta con un tejadillo de verdad. Tenía tabiques móviles de papel, abiertos para dejar entrar el aire, y en el mismo centro había un cajón de madera lleno de arena, que hacía de brasero en donde Mameha encendió unos carbones a fin de calentar el agua en una elegante tetera de hierro. Mientras ella hacía esto, yo intenté ayudarla colocando el resto de los utensilios de la ceremonia. Estaba bastante nerviosa, y entonces Mameha, tras poner la tetera en el fuego, se volvió hacia mí y me dijo:

– Eres una chica lista, Sayuri. No necesito decirte lo que pasará con tu futuro si el Doctor Cangrejo o Nobu dejan de interesarse por ti. Debes poner un cuidado extremo en que ninguno de los dos piense que prestas demasiada atención al otro. Pero, claro está, unos pocos celos no les sentarán mal. Estoy segura de que sabrás desenvolverte.

Yo no estaba tan segura, pero no me quedaba más remedio que comprobarlo.

Pasó más de media hora antes de que el barón y sus diez invitados salieran de la casa y se dirigieran hacia el estanque, parándose cada dos por tres para admirar la vista de las colinas desde diferentes ángulos. Cuando se embarcaron, el barón llevó el bote hasta el centro del estanque, impulsándolo con una pértiga. Mameha preparó el té y yo repartí las tazas.

Luego dimos una vuelta por el jardín con los hombres y pronto llegamos a una plataforma de madera suspendida sobre el agua, donde varias doncellas todas vestidas con el mismo kimono estaban colocando unos cojines para los invitados y dejando unas bandejas con botellas de sake tibio y copas. Yo me propuse arrodillarme al lado del Doctor Cangrejo, y estaba pensando en algo qué decir cuando, para mi sorpresa, el doctor se volvió primero hacia mí.

– ¿Tienes ya totalmente curada la herida del muslo? -me preguntó.

Hay que pensar que estábamos en marzo y la herida me la había hecho en noviembre. En los meses comprendidos entre una y otra fecha había visto al doctor más veces de las que podía contar, por eso no entendí por qué había esperado hasta ese momento para preguntarme por ella y delante de tanta gente. Afortunadamente, no creía que nadie hubiera oído la pregunta, por eso contesté lo más bajo que pude.

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Сюжет
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Главный герой
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