Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Muchas gracias, doctor. Con su ayuda ha cicatrizado maravillosamente.
– Espero que no te haya quedado mucha marca -dijo.
– ¡Oh, no! sólo un bultito muy pequeño.
Normalmente habría puesto aquí punto final a la conversación sirviéndole más sake, tal vez, o cambiando de tema. Pero casualmente observé que el doctor se acariciaba el pulgar con los dedos de la mano contraria, y el doctor no era un tipo de hombre que malgastara ningún movimiento. Si se acariciaba así el dedo al tiempo que pensaba en mi muslo…, bueno el caso es que decidí que sería un tontería cambiar de tema.
– No es una verdadera cicatriz -continué-. A veces cuando me baño me paso el dedo por ella y, en realidad, no es más que una pequeña estría. Así más o menos.
Me froté un nudillo con el dedo índice de la otra mano indicándole el tamaño de la marca. El acercó la mano, pero luego vaciló. Vi que volvía sus ojos hacia los míos. Un momento después retiró la mano y se acarició su propio nudillo.
– Un corte de ese tipo tendría que haber cicatrizado sin dejar marca -me explicó.
– Tal vez no es tan grande. Tengo una piel muy sensible, ¿sabe? Una sola gota de lluvia basta para estremecerme toda.
No voy a decir que nada de esto tuviera sentido. Un bultito no iba a aparecer más grande sencillamente porque tenía la piel muy sensible; y además ¿cuándo me había caído por última vez una gota de lluvia en los muslos desnudos? Pero supongo que una vez que supe qué le interesaba de mí al Doctor Cangrejo, cuando trataba de imaginar lo que se le pasaba por la cabeza me sentía medio asqueada medio fascinada. En cualquier caso, el doctor se aclaró la garganta y se inclinó hacia mí.
– ¿Y… has practicado algo? -¿Practicado?
– Te lastimaste al perder el equilibrio cuando estabas… bueno, ya sabes lo que quiero decir. No debe volver a sucederte. De modo que espero que hayas practicado. Pero ¿cómo se puede practicar algo así?
Y luego se echó atrás y entrecerró lo ojos. Estaba claro que no se conformaba con dos palabras a modo de respuesta.
– Pues creerá que soy tonta, pero todas la noches,… -empecé, y entonces tuve que pararme a pensar un momento. El silencio se alargó, pero el doctor no abrió los ojos. Me pareció un pajarillo esperando la comida del pico de su madre-. Todas las noches -continué-, antes de meterme en el baño, trato de mantener el equilibrio en varias posiciones distintas. A veces el aire frío en la espalda me hace tiritar, pero practico por lo menos cinco o diez minutos.
El doctor se aclaró la garganta, lo que a mí me pareció un buen signo.
– Primero lo intento manteniéndome en una pierna y luego en la otra. Pero el problema es…
El barón había estado charlando con otros invitados en el extremo opuesto de la plataforma; pero en ese momento precisamente ponía fin a lo que estaba contando. Las siguientes palabras que dije sonaron con la misma claridad que si me hubiera subido a un podio y las hubiera pronunciado en voz alta para todos los presentes.
– … cuando no llevo nada puesto…
Me llevé la mano a la boca, pero antes de decidir yo qué hacer, alzó la voz el barón.
– ¡Qué barbaridad! No sé de qué estáis hablando ahí, pero desde luego suena más interesante que lo que contamos por aquí.
Todos los hombres se echaron a reír al oír esto. Luego el doctor tuvo la amabilidad de ofrecer una explicación.
– Sayuri vino a verme el año pasado con un herida en el muslo -dijo-. Se la produjo al caerse sobre algo punzante. Por eso yo le sugerí que hiciera ejercicios de equilibrio.
– Se ha ejercitado mucho -añadió Mameha-. Estos kimonos son mucho más incómodos de lo que parecen.
– ¡Pues que se lo quite! -dijo uno de los hombres, aunque, por supuesto, no era más que una broma, y todos volvieron a reírse.
– ¡Estoy de acuerdo! -exclamó el barón-. No entiendo por qué se molestan las mujeres en ponerse ningún kimono. No hay nada más hermoso que una mujer sin nada encima.
– Todo cambia cuando el kimono es obra de mi buen amigo Arashino -dijo Nobu.
– Ni siquiera los kimonos de Arashino son tan hermosos como lo que tapan -dijo el barón, derramando el contenido de su copa al intentar dejarla en la plataforma. No estaba verdaderamente borracho, aunque había bebido mucho más de lo que yo habría imaginado en él-. No me entiendan mal -continuó-. Creo que los kimonos de Arashino son preciosos. De no ser así no estaría sentado aquí a mi lado ahora mismo ¿o no? Pero si alguien me pregunta si prefiero contemplar un kimono o una mujer desnuda… bueno, en ese caso…
– Nadie se lo pregunta -dijo Nobu-. Yo mismo estoy interesado en saber qué tipo de obras está haciendo últimamente Arashino.
Pero Arashino no tuvo tiempo de contestar, porque el barón, que estaba apurando la última gota de sake, casi se atraganta en su prisa por interrumpir.
– Mmm… ¡un minuto! -dijo-. ¿No es verdad que no hay hombre sobre la superficie de la tierra al que no le guste ver a una mujer desnuda? O sea, Nobu, ¿nos estás diciendo que el desnudo femenino no te interesa?
– No estoy diciendo eso -respondió Nobu-. Lo que estoy diciendo es que ya va siendo hora de que nos enteremos de qué está haciendo Arashino últimamente.
– Claro, claro, a mí también me gustaría enterarme -dijo el barón-. Pero, ya sabes, encuentro realmente fascinante que, al margen de lo distintos que podamos parecer, en el fondo todos los hombres seamos iguales. No puedes pretender ser diferente, Nobu-san. Sabemos la verdad, ¿no? Todos los aquí presentes pagaríamos no poco dinero por ver a Sayuri en el baño. Ésa es una de mis grandes fantasías, he de admitirlo. ¡Pero no me vengas diciendo que no sientes lo mismo que yo!
– La pobre Sayuri es sólo una aprendiza -dijo Mameha-. Tal vez deberíamos ahorrarle esta conversación.
– ¡Claro que no! -exclamó el barón-. Cuanto antes vea cómo es realmente el mundo, mejor. Muchos hombres actúan como si fueran detrás de las mujeres por otra razón que la de meterse bajo todas esas enaguas, pero tú escúchame a mí, Sayuri: ¡sólo hay un tipo de hombre! Y ya que hablamos de esto, hay algo que has de tener siempre en mente: todos los aquí presentes han pensado en un momento u otro de la tarde cuánto nos gustaría verte desnuda. ¿Tú qué piensas?
Yo estaba sentada con las manos en el regazo y la vista baja en la plataforma, intentando parecer recatada. Tenía que dar alguna respuesta al barón, sobre todo porque todo el mundo se había quedado en silencio. Pero antes de que se me ocurriera qué decir, Nobu hizo algo muy amable. Dejó la copa en la plataforma y se levantó para excusarse.
– Lo siento, barón, pero no sé dónde está el retrete -dijo. Y, claro, esto me daba la posibilidad de acompañarlo.
Yo tampoco sabía cómo se iba, pero no iba a perder la oportunidad de desaparecer un rato de la reunión. Al levantarme, una criada se ofreció a mostrarme el camino, y me condujo alrededor del estanque, con Nobu siguiéndonos a ambas.
Ya en la casa, cruzamos un largo vestíbulo de madera clara y con ventanas a un lado. En el otro lado, brillantemente iluminadas por la luz del sol, había varias vitrinas. Yo iba a conducir a Nobu directamente hasta el final de la estancia, pero él se detuvo ante una de las vitrinas que contenía una colección de espadas antiguas. Parecía que estaba contemplando los objetos expuestos, pero en realidad estaba tamborileando en el cristal con los dedos de su única mano, al tiempo que soltaba con fuerza el aire por la nariz; todavía parecía muy enfadado. Yo también estaba bastante turbada por lo que había sucedido. Pero le agradecía mucho que me hubiera rescatado y no sabía muy bien cómo decírselo. En la siguiente vitrina, que contenía una serie de pequeños netsuke o broches de marfil, le pregunté si le gustaban las antigüedades.