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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Una hora más tarde aguardaba en fila con el resto de las aprendizas entre bastidores, preparadas para la danza inaugural. Llevábamos todas el mismo kimono, amarillo y rojo, con los obis naranja y dorado, de modo que parecíamos imágenes trémulas de luz. Cuando empezó la música, con el primer golpe de tambor y el vibrante tañido de los shamisen, y salimos bailando como la cuentas de un collar -con los brazos extendidos y el abanico abierto en una mano-, tuve una sensación de pertenecer a algo que nunca había tenido.

Tras la primera pieza, corrí escaleras arriba a cambiarme el kimono. La danza en la que iba a aparecer bailando sola se llamaba El sol de la mañana sobre las olas y trataba de una doncella que se baña de mañana en el océano y se enamora de un delfín encantado. El kimono que iba a lucir era una magnífica pieza de color rosa con un estampado, que representaba el agua del mar, en color gris, y llevaba en la mano unas tiras de seda azul que simbolizaban el mar rizado que dejaba detrás de mí. El papel del príncipe transformado en delfín lo hacía una geisha que se llamaba Umiyo; asimismo, eran representados por geishas el resto de los papeles: el del viento, el del sol y el de la espuma marina; además de unas cuantas aprendizas, vestidas de negro y azul marino, que representaban a los delfines llamando a su príncipe desde el fondo del escenario.

Me cambié tan rápido que me quedaron unos minutos para observar al público. Seguí el sonido de algún tambor ocasional hasta que me encontré en un pasillo estrecho y oscuro que corría detrás de uno de los palcos de la orquesta situados a ambos lados del teatro. Ya había otras aprendizas y geishas mirando por unas ranuras practicadas en las puertas correderas. Me uní a ellas y logré ver al Presidente y a Nobu sentados juntos -aunque a mí me pareció que el Presidente había cedido a Nobu el mejor sitio-. Nobu tenía la vista fija en el escenario, pero para mi sorpresa parecía que el Presidente se estaba quedando dormido. Por la música me di cuenta de que era el principio del solo de Mameha, y me cambié al otro extremo del pasillo, desde donde se veía el escenario por las rendijas.

No pude ver a Mameha más de unos minutos, pero la impresión que me causó no se me borrará nunca. La mayoría de los bailes de la Escuela Inoue cuentan una historia de un tipo u otro, y la historia de esta danza -llamada Un cortesano regresa junto a su esposa- estaba basada en un poema chino que trata de un cortesano que tiene una larga aventura amorosa con una dama del palacio imperial. Una noche la esposa del cortesano se esconde en los alrededores del palacio para descubrir dónde ha estado pasando el tiempo su esposo. Finalmente, al amanecer, ve desde detrás de un matorral cómo éste se despide de su amante, pero para entonces, ella ya ha caído enferma por el frío que ha pasado espiándolo y muere al poco tiempo.

Para nuestras danzas de primavera, la historia se trasladó a Japón; pero el cuento era el mismo. Mameha representaba el papel de la esposa que muere de frío, con el corazón roto, mientras que otra geisha, Kanako, hacía el papel del cortesano, su marido. Vi la danza desde el momento en que el cortesano se despide de su amante. El decorado ya era extremadamente hermoso, con una suave iluminación imitando la de la aurora y el ritmo lento del shamisen como un latido al fondo. El cortesano realizaba una bonita danza de agradecimiento a su amante por la noche que han pasado juntos, y luego avanzaba hacia la luz del sol naciente para capturar para ella un poco de su calor. Este era el momento en que empezaba el lamento de Mameha, con una danza que expresaba toda la terrible tristeza de la esposa, oculta a un lado del escenario donde su esposo y la amante de éste no podían verla. Ya fuera la belleza de la danza de Mameha o la de la misma historia, el caso es que de pronto me sentí tan apenada viéndola bailar que me parecía que yo misma había sido la víctima de una traición atroz. Al final, la luz del sol inundaba el escenario. Mameha lo atravesaba hasta un bosquecillo donde bailaba la sencilla escena de la muerte. No puedo decir lo que pasaba después. Estaba demasiado emocionada y no pude seguir mirando; además, tenía que volver entre bastidores para prepararme para mi propia entrada.

Mientras esperaba, me parecía que tenía sobre mí todo el peso del edificio, pues la tristeza siempre la he sentido como algo extrañamente pesado. Las buenas bailarinas a menudo llevan los calcetines de geisha típicos, los abotonados a un lado, una talla más pequeña de lo que necesitan, a fin de poder sentir en los pies las juntas de la madera del escenario. Pero mientras estaba allí concentrándome para actuar, la presión que sentía sobre mí era tan fuerte que me parecía que no sólo sentiría las junturas del suelo del escenario, sino incluso las fibras del tejido del calcetín. Por fin oí la música de tambores y shamisen y el ajetreo de kimonos de las bailarinas que pasaban a mi lado camino del escenario; pero apenas si me acuerdo de nada más. Estoy segura de que levanté los brazos con el abanico cerrado y las rodillas dobladas, pues ésta era la postura con la que tenía que entrar en el escenario, y nadie me dijo luego que me hubiera despistado al entrar. Pero lo único que recuerdo claramente es estar mirando asombrada la seguridad y la uniformidad con la que se movían mis brazos. Había ensayado este número muchas veces, y supongo que eso bastaba, pues, aunque tenía un estado mental de total cerrazón, representé mi papel sin dificultad ni nerviosismo.

Durante el resto del mes, en cada representación, me preparaba para entrar de esta misma forma, concentrándome en la historia de Un cortesano regresa junto a su esposa hasta que sentía que caía sobre mí una inmensa tristeza. Los seres humanos enseguida nos acostumbramos a las cosas, pero cuando pensaba en Mameha danzando su lamento, oculta a los ojos de su marido y de la amante de éste, me resultaba tan imposible no ponerme triste como imposible es no percibir el aroma de una manzana que alguien acaba de cortar delante de ti.

Un día, en la última semana de representación, Mameha y yo nos quedamos hasta tarde en el camerino, hablando con otra geisha. No esperábamos encontrar a nadie al salir del teatro, y en realidad, el público ya había desaparecido. Pero cuando llegamos a la calle, un chofer uniformado se bajó de un coche y abrió la portezuela trasera. Mameha y yo casi lo habíamos dejado atrás cuando salió Nobu.

– ¡Hombre, Nobu-san! -exclamó Mameha-, ya empezaba a preocuparme de que no te interesara la compañía de Sayuri. Hace casi un mes que no sabíamos nada de ti, y esperábamos…

– Pero ¿quién eres tú para quejarte de que te hagan esperar? Llevo aquí fuera casi una hora.

– ¿Acabas de salir de la representación? ¿Has vuelto a ver las Danzas? -preguntó Mameha-. Sayuri se ha hecho toda una estrella.

– No acabo de salir de nada -contestó Nobu-. Salí del teatro hace una hora. El tiempo suficiente para hacer una llamada de teléfono y enviar a mi chofer a recoger un encargo.

Nobu golpeó con su única mano la ventanilla del coche, asustando de tal forma al chofer que se le cayó la gorra. Éste bajó la ventanilla y le dio a Nobu un paquetito envuelto al estilo occidental en una pequeña bolsa, que parecía de papel de plata. Nobu se volvió hacia mí, y yo hice una profunda reverencia y le dije lo contenta que estaba de verle.

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Главный герой
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