Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Prefiero volver a la fiesta -le dijo a Mameha-. Le ruego me disculpe.
– Sayuri ha traído algo para usted, doctor -le contestó Mameha-. No será más que un momento, si es usted tan amable.
Mameha le hizo un gesto para que entrara en la habitación y luego se aseguró de que estaba confortablemente sentado en uno de los mullidos sillones. Tras esto, supongo que se olvidó de lo que me había dicho un rato antes, porque las dos nos arrodillamos, cada una delante de una de las rodillas del doctor. No me cabe duda de que el doctor debió de sentirse importante con dos mujeres tan ricamente ataviadas arrodilladas de tal modo ante él.
– Siento no haberle visto últimamente -le dije-. Y ya empieza a templar el tiempo. ¡Tengo la impresión de que ha pasado toda una estación!
El doctor no respondió y se limitó a mirarme fijamente.
– Por favor, acepte estos ekubo, doctor -le dije y, haciendo una reverencia, deposité el paquete en una mesita que tenía al lado. Él se puso las manos en el regazo, como diciendo que ni soñando pensaba tocar aquella caja.
– ¿Por qué me das esto?
Mameha le interrumpió:
– Lo siento, doctor. He sido yo quien convenció a Sayuri de que a usted le gustaría recibir sus ekubo. Espero no haberme equivocado.
– Pues sí te has equivocado. Tal vez no conoces a esta chica tan bien como te crees. Yo te tengo en muy buen concepto, Mameha-san, pero no dice mucho en tu favor que pretendas recomendármela.
– Lo siento, doctor -dijo Mameha-. No sabía que pensaba así. Tenía la impresión de que le gustaba Sayuri.
– Muy bien. Pues ahora que ha quedado todo aclarado, permíteme que vuelva a la fiesta.
– Pero, permítame que le pregunte: ¿ha hecho algo Sayuri que haya podido ofenderle? Las cosas han cambiado tan súbitamente.
– Claro que sí. Como ya te he dicho, me ofende la gente que me engaña.
– ¡Sayuri-san! ¡Qué vergüenza haber engañado al doctor! -me dijo Mameha-. Le has dicho algo que no era cierto, ¿no?
– ¡No lo sé! -exclamé lo más inocentemente que pude-. A no ser que se refiera a que hace algunas semanas sugerí que ya estaba templando el tiempo, pero no fue así…
Mameha me miró cuando dije esto; no creo que le gustara.
– Eso es algo entre vosotras dos -dijo el doctor-. Y no me concierne. Te ruego que me excuses.
– Pero, antes de irse, doctor, ¿no cree que puede haber habido un malentendido? Sayuri es una chica honrada que no engañaría a nadie a sabiendas. Especialmente cuando han sido tan amables con ella.
– Pues te sugiero que le preguntes sobre su vecino -dijo el doctor.
Sentí un gran alivio de que por fin hubiera sacado el tema. Era un hombre muy reservado y no me habría sorprendido si se hubiera negado a mencionarlo.
– ¡Así que ése era el problema! -exclamó Mameha-. Debe de haber hablado con Hatsumono.
– No creo que eso importe mucho -respondió él.
– Hatsumono se ha dedicado a difundir esa historia por todo Gion. Es totalmente falsa. Desde que a Sayuri le dieron un importante papel en la representación de las Danzas de la Antigua Capital, Hatsumono ha puesto toda su energía en tratar de difamarla.
Las Danzas de la Antigua Capital era el evento anual más importante de Gion. Sólo quedaban seis semanas para que empezaran, a principios de abril. Todos los papeles de las bailarinas habían sido adjudicados meses antes, y yo me habría sentido muy honrada de tener uno. Una profesora mía incluso me había propuesto, pero que yo supiera, mi único papel estaba en la orquesta y no en el escenario. Mameha había insistido en ello para no provocar a Hatsumono.
Cuando el doctor me miró, yo hice todo lo que pude por dar la impresión de que tenía un papel importante en el escenario y que hacía tiempo que lo sabía.
– Siento decirle, doctor, que Hatsumono es una conocida embustera -continuó Mameha-. Es arriesgado creerla.
– Ahora me entero.
– Nadie se habría atrevido a decírselo -dijo Mameha, bajando la voz, como si realmente temiera que la oyeran-. ¡Hay tantas geishas mentirosas! Ninguna quiere ser la primera en acusar. Pero o yo le estoy mintiendo ahora o Hatsumono le estaba mintiendo cuando le contó ese cuento. Es sólo cuestión de decidir a cuál de las dos conoce mejor y de cuál se fía más.
– No entiendo por qué Hatsumono tendría que andar contando todas esas mentiras sólo por que Sayuri tiene un papel en el escenario.
– Seguramente conoce a la hermana pequeña de Hatsumono, Calabaza. Hatsumono esperaba que le dieran un papel a Calabaza, pero, al parecer, se lo han dado a Sayuri en cambio. ¡Y a mí me han dado el que codiciaba Hatsumono para ella misma! Pero esto no importa mucho, doctor. Si la integridad de Sayuri está en duda, entiendo perfectamente que prefiera no aceptar la caja de ekubo que le ofrece.
El doctor se quedó sentado mirándome fijamente. Finalmente dijo:
– Le pediré a uno de los médicos del hospital que la examine.
– Quiero cooperar en todo lo que pueda, doctor -contestó Mameha-, pero no me va a resultar fácil disponer las cosas si usted no acepta ser el protector de Sayuri en su mizuage. Si se duda de su integridad… bueno, Sayuri va a ofrecer sus ekubo a muchos más hombres. Y estoy segura de que muchos se mostrarán bastante escépticos con respecto a los cuentos que les haya contado Hatsumono.
Pareció que esto tuvo el efecto que deseaba Mameha. El Doctor Cangrejo se quedó callado un momento. Finalmente, dijo:
– No sé qué es lo más apropiado. Es la primera vez que me veo en una situación semejante.
– Acepte, por favor, estos ekubo, doctor, y dejemos a un lado los disparates de Hatsumono.
– He oído muchas historias de chicas poco honradas que disponen su mizuage para el momento del mes en que el hombre puede ser fácilmente engañado. Soy médico, como sabes. No se me puede engañar tan fácilmente.
– ¡Pero si nadie trata de engañarlo!
Se quedó sentado un momento más y luego se puso en pie con los hombros encorvados y salió marcando el paso de la habitación. Yo estaba demasiado distraída haciendo todas las reverencias de despedida y no me di cuenta de si tomaba o no el paquete de ekubo; pero después de que los dos hubieron salido, miré a la mesita y vi que la caja ya no estaba allí.
Cuando Mameha mencionó que yo tenía un papel en el escenario, creí que se lo estaba inventando sobre la marcha para explicar por qué podría haber contado Hatsumono las mentiras que había contado sobre mí. Así que puedes imaginarte mi sorpresa cuando al día siguiente me enteré de que Mameha estaba diciendo la verdad. O, si todavía no era una verdad completa, Mameha esperaba que lo fuera para el final de la semana.
En aquel tiempo, en los años treinta, trabajaban en Gion por lo menos setecientas u ochocientas geishas; pero como en la producción de las Danzas de la Antigua Capital sólo se necesitaban unas sesenta, la competición por los papeles acabó con muchas amistades. Mameha no había dicho toda la verdad cuando afirmó que le habían dado el papel que ansiaba Hatsumono; pues ella era una de las pocas geishas de Gion que tenía garantizado un papel en solitario todos los años. Pero sí era cierto que Hatsumono deseaba fervientemente ver a Calabaza en el escenario. No sé de dónde sacó la idea de que semejante cosa era posible; puede que Calabaza hubiera ganado el premio de las aprendizas y otros reconocimientos, pero nunca había sobresalido como bailarina. Sin embargo, unos días antes de que yo le ofreciera al doctor la caja de ekubo, una aprendiza de diecisiete años con un papel solista se había caído por las escaleras y se había roto una pierna. La pobre muchacha estaba desolada, pero al resto de las aprendizas de Gion no les importaba aprovecharse de su mala suerte para intentar hacerse ellas con el papel. Y fue a mí a quien acabaron dándole el papel. Yo sólo tenía quince años en ese momento y nunca me había subido a un escenario, lo que no quiere decir que no estuviera preparada. Muchas de las muchísimas tardes que me había quedado en la okiya, en lugar de ir de recepción en recepción como la mayoría de la aprendizas, la Tía se ofrecía a tocar el shamisen para que yo practicara la danza. Por eso, a los quince años me habían pasado ya al undécimo nivel, aunque en realidad puede que no tuviera más dotes para la danza que cualquier otra. Si Mameha no se hubiera mostrado tan decidida a mantenerme oculta por causa de Hatsumono, podría haber tenido ya un papel en el espectáculo del año anterior.