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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– ¿Las antigüedades como el barón, quieres decir? No, claro que no.

El barón no era un hombre especialmente mayor, de hecho era mucho más joven que Nobu. Pero comprendí lo que quería decir; pensaba que el barón era una reliquia de la era feudal.

– No, lo siento -dije-, pero pensaba en las antigüedades expuestas en las vitrinas.

– Cuando veo esas espadas, pienso en el barón. Cuando veo estos broches, pienso en el barón. Ha sido uno de los principales inversores de nuestra compañía, y tengo con él una gran deuda, pero no me gusta malgastar el tiempo pensando en él cuando no tengo que hacerlo. ¿Contesta esto a tu pregunta?

Le hice una reverencia a modo de respuesta, y él cruzó el vestíbulo hacia el retrete, tan rápido que no llegué a tiempo de abrirle la puerta.

Luego, cuando volvimos al borde del agua, me agradó comprobar que la reunión empezaba a disolverse. Sólo algunos de los hombres permanecían para la cena. Mameha y yo acompañamos a los otros hasta la verja de entrada, donde los esperaban sus chóferes. Despedimos al último con una reverencia, y una criada nos acompañó de vuelta a la casa.

Mameha y yo pasamos la hora siguiente en el pabellón del servicio, disfrutando de una cena deliciosa que incluía tai no usugiri -besugo cortado fino como el papel y acompañado de salsa ponzu, servido todo ello en una fuente de cerámica con forma de hoja-. Habría disfrutado de lo lindo, si Mameha no hubiera estado tan malhumorada. Sólo tomó unos bocados de besugo y se quedó sentada frente a la ventana, mirando el atardecer. Había algo en su expresión que me hacía pensar que le gustaría volver a sentarse junto al estanque, mordiéndose el labio y observando enfadada cómo iba oscureciendo.

Cuando volvimos a reunimos con el barón y sus invitados, éstos ya estaban a mitad de la cena, en lo que el barón llamaba el «salón de banquetes pequeño». En realidad, este salón podría alojar a veinte o veinticinco comensales, pero la fiesta había quedado reducida al Señor Arashino, Nobu y el Doctor Cangrejo. Cuando entramos, comían en completo silencio. El barón estaba tan borracho que parecía que sus ojos chapoteaban dentro de las órbitas.

Cuando Mameha estaba empezando una conversación, el Doctor Cangrejo se limpió el bigote con la servilleta y luego se excusó y salió al servicio. Yo lo acompañé por el mismo vestíbulo en el que había estado antes con Nobu. Como se había hecho de noche, apenas se veían los objetos, pues las luces reflejaban en el cristal de las vitrinas. Pero el Doctor Cangrejo se detuvo junto a la vitrina de las espadas, moviendo la cabeza hasta alcanzar un ángulo desde el cual no reflejara la luz.

– Parece que conoces bien la casa del barón -me dijo.

– ¡Oh, no, señor! Me siento bastante perdida en este sitio tan grande. Sólo me conozco el camino porque antes acompañé al Señor Nobu-san.

– Estoy seguro de que pasó por aquí a toda prisa -dijo el doctor-. Los hombres como Nobu no tienen mucha sensibilidad para apreciar el contenido de estas vitrinas.

No supe qué responder, pero el doctor me miró fijamente.

– No has visto mucho mundo -continuó-, pero con el tiempo aprenderás a tener cuidado de quien tiene la arrogancia de aceptar una invitación de alguien como el barón y luego le habla tan groseramente como ha hecho Nobu esta tarde.

Yo asentí con una reverencia, y cuando estuvo claro que el Doctor Cangrejo no tenía nada más que decirme, lo conduje al servicio.

Cuando volvimos al salón de banquetes, los hombres estaban charlando gracias a las sosegadas artes de Mameha, que una vez conseguido este objetivo se había retirado a un segundo plano y servía el sake. Mameha solía decir que a veces la función de las geishas era revolver la sopa. Si te has fijado alguna vez en que el miso se posa como una nube en el fondo del cuenco, pero en cuanto le das dos vueltas con los palillos vuelve a mezclarse rápidamente, entenderás lo que quería decir Mameha con esto.

La conversación no tardó en abordar el tema de los kimonos, y todos nos encaminamos al sótano, donde el barón tenía su colección expuesta en un pequeño museo. A lo largo de las paredes había unos grandes armarios abiertos en los cuales estaban colgados los kimonos. Mientras Mameha nos enseñaba la colección, el barón se sentó en un taburete en medio de la estancia, con los codos apoyados en las rodillas y la vista nublada, y no dijo una palabra. Todos coincidimos en que el kimono más hermoso era uno en el que estaba representado el paisaje de la ciudad de Kobe, que está situada en la ladera de una abrupta montaña que cae directamente sobre el océano. El estampado empezaba en los hombros, con el cielo azul y las nubes; las rodillas representaban la ladera de la montaña; y bajo éstas, la túnica se recogía en una larga cola que mostraba el azul verdoso del mar salpicado de hermosas olas doradas y barquitas.

– Mameha -dijo el barón-, creo que deberías ponerte ese kimono para la fiesta de los cerezos en flor que daré en el Hakone la semana que viene. Dará que hablar, ¿no?

– Me gustaría mucho -contestó Mameha-. Pero como ya le mencioné el otro día, este año no podré asistir a la fiesta.

Me di cuenta de que esto no le gusto nada el barón, pues frunció el ceño.

– ¿Qué quieres decir? ¿Con quién tienes un compromiso que no puedes romper?

– Me encantaría de veras estar allí, barón. Pero este año, no me será posible. Tengo una cita con el médico a la misma hora que la fiesta.

– ¿Una cita con el médico? ¿Qué significa eso? Los médicos pueden cambiar las citas. Cámbiala mañana y no dejes de asistir a mi fiesta la semana que viene, como has hecho siempre.

– Lo siento -dijo Mameha-, pero hice esta cita con el consentimiento del barón hace semanas, y no estará en mi mano cambiarla ahora.

– No recuerdo haberte dado mi consentimiento. Bueno, en cualquier caso, no parece que necesites un aborto ni nada por el estilo…

A esto siguió un largo y embarazoso silencio. Mameha se limitó a colocarse las mangas del kimono, y el resto de nosotros nos quedamos tan callados que sólo se oía la respiración dificultosa del Señor Arashino. Reparé en que Nobu, que no había prestado apenas atención hasta entonces, se volvió a observar la reacción del barón.

– Bueno -dijo finalmente el barón-. Supongo que me había olvidado de que lo mencionaste… Ciertamente no podemos tener varoncitos correteando por ahí, ¿en? Pero deberías habérmelo recordado en privado, Mameha.

– Lo siento, barón.

– Si no puedes, no puedes y no hay más que hablar. Pero ¿y el resto de los presentes? Será una fiesta estupenda en mi hacienda de Hakone el fin de semana que viene. ¡Tienen que venir todos! La doy todos los años cuando están los cerezos en flor.

El doctor y Arashino no podían asistir. Nobu no contestó, pero cuando el barón le presionó le dijo:

– Barón, no me dirá de verdad que cree que voy a ir hasta Hakone para contemplar los cerezos en flor.

– ¡Oh! Los cerezos son sólo una excusa para dar una fiesta -dijo el barón-. No importa. En cualquier caso vendrá su Presidente. Viene todos los años.

Al oír mencionar al Presidente me puse nerviosa, pues se me había venido a la cabeza en varios momentos de la tarde. Durante un segundo tuve la sensación de que habían descubierto mi secreto.

– Me preocupa que no vaya a venir ninguno de ustedes – continuó el barón-. Lo estábamos pasando tan bien hasta que Mameha empezó a hablar de cosas que debió mantener en privado. Bueno, Mameha, he encontrado el castigo perfecto para ti. Ya no estás invitada a mi fiesta este año. Y además quiero que envíes a Sayuri en tu lugar.

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