El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Leonardo vio al hombre que mató a mi verdadero padre, Juliano. El hombre que el moribundo Lorenzo había llamado «el tercer hombre».
Por mi madre, por mí misma, quería venganza.
Para Leonardo da Vinci, en la corte de Ludovico Sforza, duque de Milán.
Ser Leonardo:
Te escribo porque me he enterado hace poco de un hecho que me afecta, vinculado específicamente a la relación de mi madre con el hermano asesinado de Lorenzo, Juliano el mayor. Creo, debido a tus acciones la noche que estuvimos en el patio de los Médicis, que tú lo sabes desde hace mucho tiempo.
Perdona mi atrevimiento, pero creo que puedo confiar en ti como un amigo. Giuliano me dijo que estabas presente en la catedral el día del asesinato, y que posees cierta información respecto a la identidad de un hombre que también estuvo allí aquel día.
Ahora ese hombre tiene un interés particular para mí. Por favor, ser Leonardo, ¿podrías decirme todo lo que sabes de ese hombre? Si puedes describírmelo, o quizá dibujarlo a partir de tus recuerdos, te lo agradecería profundamente.
Si todavía respira, estoy dispuesta a encontrarlo. No tengo otro motivo que me anime a vivir.
Que Dios te proteja,
Lisa di Antonio Gherardini
Vía Maggio
Santo Spirito, Florencia
52
Escribí la carta de madrugada. Desde el instante en que se la di a Zalumma, esperé impaciente una respuesta y rogué con desesperación que mi misiva no fuese interceptada porque hacía referencia a los Médicis.
Aquella misma mañana, tuve que considerar una realidad muy desagradable: Francesco y mi padre habían dispuesto que la boda se celebrase en junio. Mi futuro esposo insistía en que debía llevar un vestido de boda diseñado por él, y que Zalumma y yo debíamos preparar un nuevo cassone, con prendas y ropa blanca bordadas por nosotras. Mi viejo cassone se había quemado en el asalto a mi casa.
Además, Francesco quería que nuestra boda fuera tradicional, como si yo fuese una novia virgen, como si Giuliano nunca hubiese existido, como si nunca me hubiese escapado de casa para irme con él. El verano era la estación preferida para las bodas, dado que era cuando el tiempo mejor permitía la lenta procesión a través de la ciudad, en la que los familiares escoltaban a la novia a pie.
Sin embargo, era imposible negar que cuando montase el caballo blanco de la novia, estaría embarazada de siete meses. Francesco sabría que le había mentido al decirle que era virgen. Para colmo, sabría que el bebé era de Giuliano; cuando una viuda se casaba de nuevo, sus hijos a menudo no eran bienvenidos en la casa de su nuevo marido. Yo no podía soportar la idea de que me separara del hijo de Giuliano.
Había una única solución: convencer a Francesco de que el bebé era suyo. Para conseguirlo, solo había un terrible modo de hacerlo.
Pasó un día antes de que se presentase la oportunidad.
Se celebró una tradicional reunión familiar en la casa de mi padre para hablar de los detalles de mi traje de novia. Estaban presentes el anciano padre de Francesco, ser Massimo, un hombre severo y callado, y su hermana viuda, Caterina, una mujer que parecía un fantasma. Los tres hermanos de mi prometido vivían en el campo, demasiado lejos para viajar con tan poco tiempo de margen, aunque le habían prometido a Francesco que irían a la ciudad en junio. Todavía eran menos numerosos los miembros de mi familia, porque los hermanos de mi padre vivían todos en Chianti, y no podían asistir, y mi madre había perdido a dos hermanas en el parto, y a las dos mayores por la peste. Solo quedaban mi tío Lauro y su esposa, Giovanna Maria. Trajeron con ellos a dos chicos mayores, una niñera, y tres niños pequeños que no dejaban de llorar. Giovanna Maria estaba embarazada de nuevo. Tenía la cara redonda y abotagada. Lauro se veía macilento y nervioso, y mostraba una incipiente calvicie.
Yo había pedido que la reunión se celebrase a la hora de la cena, dado que las náuseas solo me afectaban por la mañana y el mediodía. En cambio, por la tarde, me animaba, y aunque comía poco y algunos olores me resultaban repugnantes, era remotamente probable que vaciase el estómago en presencia de los invitados.
En cambio, me costaba más retener el llanto. La idea de prepararme para otro matrimonio apenas poco más de un mes después de perder a Giuliano, me resultaba insoportable. Me pasé llorando toda la mañana y la tarde. Cuando mis nuevos parientes llegaron al atardecer, los recibí con una sonrisa forzada y los ojos hinchados y enrojecidos.
Mi padre lo comprendía. Para entonces se había recuperado totalmente y, gracias a la intervención y a las recomendaciones de Francesco, había puesto de nuevo en marcha su negocio; ahora, irónicamente, vendía telas a los miembros de la familia Pazzi.
Con expresión grave y mucha entereza, me cogió del brazo y permaneció a mi lado mientras recibíamos a los invitados. Se sentó a la mesa, junto a mí, como hubiese hecho mi madre, y respondió a las preguntas que me hacían cuando me sentía demasiado abrumada para pensar en una respuesta. En un momento en el que me levanté de la mesa para ir apresuradamente a la cocina -después de que el padre de Francesco hubiese preguntado con qué flores se haría la guirnalda que se colocaría a través de la calle-, mi padre me siguió. Al ver que me secaba las lágrimas, me abrazó y me besó los cabellos, lo que me provocó otro estallido de llanto. Él creía que solo lloraba por mi marido muerto; no comprendió que también lloraba por mí, por aquello tan absolutamente terrible que me disponía a hacer.
Había insistido en que no pusieran salvia en la comida, y había conseguido comer un poco, y beber un sorbo de vino en el momento de los brindis. Cuando acabamos de cenar y retiraban la mesa, ya me había quedado ronca de tanto gritar respuestas al padre sordo de Francesco.
En aquel momento, comenzó la discusión sobre el vestido. Francesco presentó un boceto de su idea: un vestido con la cintura alta y el corpiño cuadrado. Las mangas no eran del habitual estilo acampanado; eran muy ajustadas, y ponían el énfasis en la camicia, que asomaba por varios cortes ostentosamente abullonadas. El escote era muy bajo, de forma que también se veía gran parte de la camicia.
Esto me sorprendió. A mi futuro esposo se lo tenía por uno de los más firmes piagnoni, y sin embargo acababa de presentar un diseño que seguía la última moda española, la preferida de la decadente corte papal de los Borgia.
Sentado a mi otro lado, Francesco colocó sobre la mesa un muestrario de telas. Encima de la pila había un cangiante de damasco color plata y un velo rojo y amarillo.
– Si quieres, puedes llevarlo como tocado con perlas y granates.
Ni la gema ni ninguno de aquellos colores me agradaban.
– ¡Vaya! -dijo-. ¡No la convence! Entonces, nada de esto servirá. -Apartó la tela.
Aquello irritó a su padre.
– No es ella quien debe decidir.
– Padre -intervino Caterina con viveza-. Francesco está aquí para escuchar las opiniones de todos.
– Algo fresco, como los pimpollos de primavera, o las delicadas flores de principios de verano -manifestó Giovanna-. Rosas y blancos. Terciopelo y satén, con aljófares.
– Tiene la piel morena -señaló Caterina-. El rosa claro la hará parecer cetrina.
Mi padre me sujetó la mano por debajo de la mesa y la apretó. Ahora se comportaba con Francesco con la misma extraña reserva que había mostrado hacia Pico después de la muerte de mi madre.
– El diseño es encantador -afirmó-. Sé que a Lisa también le agrada. A lo largo de los años, he comprobado que le favorecen los azules, los verdes y los púrpuras, cuanto más vibrantes mejor. Los zafiros… -Su voz se quebró solo por un instante, y luego recuperó su firmeza-. Los zafiros eran los preferidos de su madre, y los suyos. Le sientan bien. Lo mismo que los diamantes.