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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Zorka, que era huérfana, creció en Vichegrado en casa de unos parientes lejanos. Pero cuando hubo terminado sus estudios en la Escuela Normal de maestras de Sarajevo, le dieron una plaza en Vichegrado y volvió junto a aquellas gentes acomodadas y sencillas a las que nada la ataba.

Zorka se puso pálida, se debilitó, se encerró en sí misma; no confiaba en nadie y no contestó a la postal de felicitación de Navidad, tarjeta breve, fría e impecable en cuanto a la redacción. Quería subsanar ella misma su falta y su vergüenza, sin la ayuda ni el consuelo de nadie, pero falta de fuerzas, abatida, joven, ignorante y sin experiencia, empezó a embrollarse cada vez más en la red inextricable de sus impresiones vividas, de sus ardientes deseos y de sus propios pensamientos, a los que se unían los actos incomprensibles e inhumanos de Stikovitch. Si se hubiese atrevido a preguntar a alguien o a pedir consejo, se hubiese sentido sin duda aliviada, pero la vergüenza se lo impidió. Por añadidura, tenía a menudo la sensación de que toda la ciudad estaba al corriente de su decepción y de que las miradas maliciosas y perversas de las gentes la abrasaban cuando pasaba por el centro. Ni las personas ni los libros le proporcionaban una explicación, y ella era incapaz de explicar nada. Si verdaderamente él no la había querido, ¿por qué toda aquella comedia, aquellos discursos apasionados, aquellos esfuerzos para persuadirla durante las vacaciones pasadas? ¿Para qué aquella escena representada en el banco de la escuela, escena que sólo podía justificarse por el amor y que, sin él, caía en el lodo de una humillación insoportable? ¿Es posible que haya seres que tengan tan poco respeto a los demás, y a sí mismos, como para permitirse un juego tan a la ligera? ¿Qué es lo que impulsa, sino el amor? ¿Qué quisieron decir aquellas miradas ardientes, aquel aliento cálido y entrecortado y aquellos besos apasionados? ¿Qué fue aquello, sino amor? Pero no fue amor. Se daba cuenta con más claridad de lo que hubiese querido. Sin embargo, no pudo resignarse sinceramente. (¿Quién puede alcanzar la resignación?) La conclusión natural a la que llevaban todas sus aflicciones íntimas, fue el pensamiento de la muerte, el cual acecha siempre todos nuestros sueños de felicidad. Morir, pensaba Zorka, no es más que arrojarse desde la kapia al río, caer como por azar, sin dejar carta, sin despedidas, sin confesiones ni humillación. Morir, pensaba antes de dormirse y recordando su pensamiento al despertar, en medio de la conversación más animada y tras la máscara de una sonrisa. Todo en ella la obligaba a decir y repetir siempre lo mismo: ¡morir!, ¡morir!; pero no nos morimos, sino que vivimos guardando en nosotros el pensamiento insoportable de la muerte.

El alivio llegó de donde menos lo esperaba. Poco antes de las Navidades, su dolor oculto alcanzó el paroxismo. Aquellos pensamientos y aquellas preguntas sin respuesta la envenenaron y la abatieron más que una enfermedad. Todos habían observado en ella algunos cambios molestos y se apresuraron a preocuparse y a aconsejarle que se cuidase. En este sentido le hablaron sus parientes, su jefe, un hombre alegre que tenía muchos hijos, y sus amigas.

Una feliz casualidad quiso que precisamente entonces tuviesen lugar los ensayos para el concierto, lo cual le brindó la oportunidad de volver a hablar con Glasintchanine. Hasta entonces, el muchacho había evitado todo encuentro y toda conversación con ella. Pero la animación cordial que habitualmente reina en las pequeñas localidades con ocasión de esos ingenuos, aunque sinceros, divertimientos teatrales y musicales, al mismo tiempo que la claridad y el frescor de las noches en las que volvían a casa después de los preparativos, todo aquello hizo que los dos muchachos, reñidos hasta entonces, se aproximasen uno al otro. Ella se sentía impulsada por la necesidad de aliviar su sufrimiento, y él por el amor, que, cuando es sincero y profundo, perdona y olvida fácilmente.

Sus primeras palabras fueron, desde luego, frías, desafiantes, equívocas; y sus primeras conversaciones una serie de explicaciones largas que no conducían a ninguna parte. Sin embargo, incluso aquello producía en la muchacha un descanso. Por vez primera podía hablar con alguien de su sufrimiento íntimo, de aquel sufrimiento que la hacía ruborizarse; y podía hablar sin verse obligada a confesar los detalles más vergonzosos y que más le dolían. Glasintchanine se expresaba largamente, con viveza, empleando términos cálidos y hermosos, dominando al mismo tiempo su orgullo. No hablaba de Stikovitch con más mordacidad de la necesaria. Sus explicaciones se aparecían a las que expuso durante aquella famosa noche en la kapia, breves, seguras y despiadadas. Stikovitch era un egoísta y un monstruo nato, un hombre incapaz de amar, que, durante toda su vida, movido por la tortura y su descontento, no dejaría de torturar a todos los que se dejasen engañar e intentasen aproximarse a él. Glasintchanine hablaba poco de su amor, pero éste se revelaba en cada una de sus palabras, en cada movimiento, en cada mirada. La muchacha lo escuchaba, las más de las veces en silencio. Le gustaba todo lo que le manifestaba en aquellas conversaciones. Tras ellas sentía cómo su alma se serenaba y recobraba la tranquilidad. Por vez primera después de tantos meses, conoció instantes de tregua en medio de su íntima preocupación; por vez primera logró no considerarse como un ser indigno. Porque las palabras del muchacho, llenas de amor y de respeto, le mostraban que no estaba irremediablemente perdida y que su desesperación no era más que una ilusión, como ilusión había sido su sueño de amor de verano. Aquellas frases la alejaban del mundo sombrío en el que había empezado a perderse, y la conducían a la realidad humana y viva que ofrece una solución y un remedio para todo o para casi todo.

Las conversaciones continuaron después de la fiesta de San Sava. Y pasó el invierno y la primavera. Los dos jóvenes se veían casi todos los días. Con el tiempo, la muchacha se repuso, recobró fuerzas, se curó y se transformó con esa rapidez que es tan propia de la juventud. En esta situación llegó aquel año fecundo y alterado. La gente se había acostumbrado a considerar a Zorka y Glasintchanme como dos muchachos "que salen juntos".

Ahora, a decir verdad, las largas historias de Glasintchanine, que ella escuchaba antaño con atención, bebiendo sus palabras como un remedio, le resultaban menos interesantes. Sentía por momentos que le pesaba aquella necesidad de confiarse y de confesarse mutuamente. Se preguntaba, llena de temor y de una sincera extrañeza, cómo había podido nacer aquella intimidad entre ellos, pero se acordaba entonces de que él le había salvado el alma durante el invierno y, dominando su aburrimiento, lo escuchaba con tanto interés como le era posible, considerándose deudora y queriendo demostrarle su agradecimiento.

Aquella noche de verano, Glasintchanine tenía la mano de la muchacha entre las suyas (límite extremo de su casto atrevimiento). A través del contacto sentía cómo le penetraba la tibieza de la noche. En tales instantes veía claramente la bondad que encerraba aquella mujer y al mismo tiempo notaba que la amargura y el descontento de su vida se transformaban en fuerzas fecundas, suficientes para conducir a dos seres hasta la más alejada de las metas, siempre que el amor los uniese y los sostuviese.

Embargado por estos pensamientos, en medio de la oscuridad, dejaba de ser el Glasintchanine del día, aquel empleadillo de una gran empresa de Vichegrado, y se convertía en otro hombre, fuerte y seguro de sí mismo, que organizaba su vida libremente, mirando al porvenir. Porque quien experimenta un amor sincero, grande y desinteresado, incluso cuando no es correspondido, ve abrirse horizontes, posibilidades y caminos que permanecen cerrados a tantos hombres hábiles, ambiciosos y egoístas, los cuales ni siquiera tienen idea de su existencia. Dijo a la muchacha:

– Creo que no me equivoco. Y por eso mismo no podría engañarte a ti. Mientras que algunos hablan y deliran, y otros se dedican a los negocios y a las inversiones, yo los sigo y los observo, y veo cada vez con más claridad que en este lugar no hay vida posible. Durante mucho tiempo no tendremos ni paz, ni orden, ni trabajo que rinda. Ni los Stikovitch ni los Kherak conseguirán nada. Al contrario, será peor. Hay que huir de aquí como de una casa en llamas.

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