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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Pavlé Rankovitch conocía bien aquella expresión característica, inexorable, sorda, muda y ciega que la administración estatal toma en los momentos graves, e inmediatamente se dio cuenta de que tras aquel gesto no les quedaba más que dar por terminada la entrevista. El prefecto dejó caer los brazos, levantó la cabeza y dijo un poco más suavemente:

– Las autoridades militares indicarán a cada cual lo que tiene que hacer.

Entonces fue Rankovitch el que abrió los brazos, cerró los ojos y se encogió de hombros. A continuación dijo, con voz grave y alterada:

– ¡Gracias, señor prefecto!

– Los cuatro consejeros se inclinaron rígidos y torpes y salieron como si acabasen de oír su sentencia.

El barrio del comercio estaba en efervescencia y lleno de conciliábulos secretos.

En la tienda de Alí-Hodja se hallaban sentados algunos de los turcos más importantes de la ciudad, tales como Nail-Bey Tvrtkovitch, Osmanaga Chabanovitch, Suliaga Mezildjitch.

Estaban pálidos y preocupados, sus rostros tenían esa expresión grave y helada que surge siempre en aquellos que tienen algo que perder, cuando se ven en presencia de acontecimientos imprevistos y de grandes cambios. Las autoridades los habían invitado a ponerse al frente del Schutzkorps. Ahora se encontraban reunidos, como por azar, para ponerse de acuerdo, sin llamar la atención, sobre lo que iban a hacer. Unos eran de la opinión de que debían de aceptar, otros de que tenían que abstenerse. Alí-Hodja, excitado, con la cara roja y con el brillo característico de su mirada, rechazó resueltamente la idea de unirse, del modo que fuese, al Schutzkorps. Se cebaba especialmente en Nail-Bey, que era de la opinión de tomar las armas y colocarse, en lugar de los cíngaros, a la cabeza de los destacamentos de voluntarios musulmanes, por considerar que tal era su deber en atención a su rango de notables.

– Yo, mientras viva, no me meteré en estos asuntos. Y si tuvieses dos dedos de frente, tampoco tú te meterías. ¿No ves que los cristianos se sirven de nosotros para llevar a cabo sus fines, y que, en resumidas cuentas, todo vendrá a caer sobre nuestras cabezas?

Y con la misma elocuencia que empleaba hacía años, cuando combatía en la kapia a Osmán Karamanlia efendi, ponía ahora todo su empeño en probar que "para los intereses turcos" no había nada bueno en ninguna parte, y aseguraba que toda intervención de ellos sería perjudicial.

– Ya hace mucho tiempo que nadie nos pide nada ni se ocupa de nosotros. El alemán entró en Bosnia, pero ni el sultán ni el emperador nos preguntaron: ¿Están ustedes conformes, beys y señores turcos? Después, los servios y los montenegrinos que ayer eran raïa, se han levantado y se han apoderado de la mitad de las posesiones turcas, pero nadie nos ha dirigido ni siquiera una mirada. Y ahora el emperador ataca a los servios y nuevamente nadie nos pregunta nada, pero nos dan algunos fusiles y unos cuantos pantalones para que sirvamos como ojeadores al invasor y para que le ayudemos a echar a los servios; así ellos no se rompen los calzones escalando el Chargán. Pero, desgraciado, ¿no te das cuenta? Mientras que cuando se trataba de asuntos importantes no nos han preguntado nada, ¿de dónde viene ahora ese favor que os hace relameros de gusto? Voy a decirte algo: ésos no son más que cálculos profundos y sabios y demostrará ser más prudente el que no se mezcle en sus planes, en tanto no le sea absolutamente indispensable. Aquí, en la frontera, ya han empezado a reventar, pero ¡quién sabe adonde irá a parar todo esto! Hay alguien que se oculta detrás de Servia. No puede ser de otro modo. Pero, en Nezuka, tú sólo ves delante de tu ventana una montaña y tu vista no alcanza más allá de ese montón de piedras. Lo mejor que puedes hacer es abandonar la empresa en que te has embarcado; no vayas al Schutzkorps ni animes a los otros a que vayan. Harías mejor ocupándote de los diez servios que te quedan, a ver si te producen algo.

Todos callaron, inmóviles y graves. También Nail-Bey guardaba silencio, visiblemente herido, aunque lo ocultase, y pálido como un muerto daba vueltas en su cabeza a una decisión. Alí-Hodja había quebrantado a todos menos a él, consiguiendo enfriar los ánimos. Fumaban y contemplaban en silencio el desfile ininterrumpido de carruajes y de caballos cargados que cruzaban el puente. Al cabo de unos minutos se levantaron, uno tras otro, y se despidieron. El último en irse fue Nail-Bey.

En respuesta a sus sombríos saludos, Alí-Hodja le miró otra vez a los ojos y le dijo casi con tristeza:

– Ya veo que estás decidido a marcharte. Te sientes tentado a exponer tu vida: tienes miedo de que los cíngaros te superen. Mas recuerda lo que los ancianos han dicho siempre: no ha llegado el momento de morir, sino de que demostremos nuestro valor. Pues bien, han llegado tales momentos.

La plaza del mercado, que separa la tienda del hodja del puente, está atestada de carruajes, de caballos, de soldados de todas las armas, de reservistas que acuden a la policía a hacer su declaración. De vez en cuando algunos guardias conducen atados a algunos servios campesinos o gentes de la ciudad. El aire está lleno de polvo. Todo el mundo habla más alto y se mueve a más velocidad de lo que puedan exigir sus propósitos o sus asuntos. El sudor corre por sus caras de color escarlata. Pueden oírse juramentos en todas las lenguas. El alcohol, la falta de sueño y esa agitación dolorosa que se apodera siempre de los hombres cuando se acerca un peligro o cuando se avecinan acontecimientos sangrientos hacen brillar los ojos.

En medio de la plaza, justo enfrente del puente, unos reservistas húngaros, con uniformes nuevos, cortan unas vigas. Los martillos golpean rápidos, las sierras tajan. Un murmullo cruza la plaza: está siendo levantada una horca. Los niños se reúnen alrededor de ella. Desde el umbral de su tienda, Alí-Hodja contempla cómo, en primer lugar, se erigen dos vigas y cómo a continuación un reservista bigotudo se empina y las une en su parte superior por medio de una tercera.

La gente afluye como si estuviesen repartiendo halva y forman un círculo viviente en torno a la horca. Predominan los soldados, pero también hay unos pobres campesinos turcos y algunos cíngaros de la ciudad. En un momento dado, se abre un camino a través de la multitud y son llevadas una mesa y dos sillas para el oficial y su secretario. Seguidamente unos cuantos miembros del Schutzkorps conducen a dos campesinos y minutos más tarde a un hombre de la ciudad. Los campesinos son los alcaldes de dos pueblos fronterizos, Pozdterchitcho y Kamenitsa. El ciudadano es un tal Vaio, oriundo de Lika, contratista de profesión, que desde hace algún tiempo vive en la ciudad, en la cual contrajo matrimonio. Los tres están atados y cubiertos de polvo y tienen un aspecto huraño. El tambor redobla vigorosamente. En medio de la efervescencia y de la agitación general, este ruido llega como el fragor de un trueno Se hace el silencio dentro del círculo que rodea la horca. El oficial, un teniente húngaro de la reserva, lee con voz aguda, en alemán, las sentencias de muerte. Un sargento va traduciendo sus palabras. Los tres han sido condenados a muerte por un consejo de guerra porque, según el testimonio prestado bajo juramento de algunas personas, se les había visto hacer durante la noche señales luminosas en dirección a la frontera servia. La ejecución ha de llevarse a cabo públicamente, en la plaza, al lado del puente. Los campesinos se mantienen en silencio, parpadeando como perplejos. Vaio se enjuga el sudor de la cara y, con voz dulce y triste, afirma que es inocente. Sus ojos dilatados, enloquecidos, buscan en torno a alguien que pueda confirmar su inocencia.

Se va a proceder a la ejecución de la sentencia, cuando un soldado pelirrojo, bajito, con las piernas en forma de X, se abre camino a través de la gente. Se trata de Gustavo, antiguo camarero en el hotel de Lotika y en la actualidad propietario de un café situado en la parte baja del barrio del comercio. Lleva un uniforme nuevo con los galones de cabo. Tiene el rostro carmesí y los ojos inyectados en sangre, aún más que de costumbre. A continuación se produce una explicación. El sargento trata de alejarlo, pero el belicoso individuo no se amilana.

– Soy desde hace quince años agente de información y hombre de confianza de los más elevados círculos militares -grita en alemán con voz de borracho- y apenas hace dos años que me prometieron en Viena que podría colgar con mis propias manos a dos servios cuando llegase el momento. No sabéis con quién estáis tratando. Tengo derecho a hacer lo que se me prometió. Y ahora vosotros…

Se deja oír un rumor entre la multitud; todo el mundo murmura algo. El sargento se queda perplejo. Gustavo se muestra cada vez más agresivo y trata a toda costa de que le sean entregados dos de los condenados para ahorcarlos él mismo. En este preciso momento se levanta el teniente, un hombre delgado y moreno con aire señorial; parece desesperado, como si él fuese el condenado, con la cara completamente exangüe. Gustavo, a pesar de estar borracho, se cuadra; sus finos bigotes pelirrojos se estremecen y los ojos le giran en sus órbitas. El oficial se acerca a este rostro carmesí como si fuese a escupirle.

– Si no te retiras inmediatamente, ordenaré que te lleven maniatado al calabozo. Y mañana te presentarás a mí. ¿Te has enterado? Y ahora, ¡lárgate!

El teniente ha hablado en voz baja en alemán con acento húngaro, pero en un tono tan tajante y tan exasperado que el borracho se ha empequeñecido y se ha perdido entre la multitud, sin dejar de hacer el saludo militar y balbuceando unas palabras de excusa incomprensibles.

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