Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Glasintchanine pasaba todas las noches por casa de Zorka. La muchacha se hallaba asomada a una ventana de la planta baja. Y ambos charlaban brevemente, porque él tenía prisa por cruzar el puente y llegar a Okolichta antes de que se hiciese completamente de noche.
Y llegamos por fin a una noche en la que el joven, con el sombrero en la mano, pálido, pidió a la muchacha que acudiese al portón. Aunque dudando, lo complació. De pie en el umbral del patio tiene la misma estatura que él. Glasintchanine habla con un susurro apenas perceptible, embriagado por la emoción.
– Hemos decidido huir. Esta noche. Vlado Maritch y otros dos más. Creo que todo está bien organizado y que conseguiremos pasar. Pero si no… si ocurriese algo… ¡Zorka!
La voz del muchacho se interrumpió. En los ojos asombrados de ella había leído el miedo y la confusión. Él mismo estaba emocionado, como si se arrepintiese de haberle hablado y de haber ido a despedirse.
– Me ha parecido que era mejor que te lo dijese.
– ¡Gracias! Entonces, ¿no hay nada de nuestro…, nada de América?
– No, no digas "nada". Si se hubiese decidido hace un mes, cuando te propuse que nos casáramos, quizás ahora estaríamos lejos de aquí. Pero tal vez valga más que las cosas hayan quedado donde están. Ahora ya ves lo que pasa. He de marcharme con los compañeros. Ha empezado la guerra y el lugar de todos nosotros está en Servia. Tiene que ser así, Zorka, tiene que ser así; es un deber. Pero si salgo con vida, si conseguimos liberarnos, puede ser que no tengamos que ir a esa América lejana, porque tendremos aquí nuestra América, un país en el que habrá mucho trabajo honrado y en el que se vivirá bien y con libertad. Podremos quedarnos en él, si tú quieres. Todo dependerá de ti. Pensaré en ti, y tú… alguna vez…
En aquel instante, el muchacho, a quien le faltaban las palabras, alzó repetidamente la mano y la pasó con rapidez por la abundante cabellera castaña de Zorka. Era su mayor deseo desde siempre y, como un condenado a muerte, le fue dado satisfacerlo. La muchacha, espantada, se echó atrás, y él se quedó con la mano en el aire.
El portón se cerró sin ruido y un momento después Zorka apareció en la ventana, pálida, con los ojos abiertos de par en par y los dedos entrelazados convulsivamente. Glasintchanine pasó al lado de la ventana, echó la cabeza atrás y mostró su rostro sonriente, despreocupado, casi hermoso. Como si temiese ver lo que iba a suceder a continuación ella se retiró a su habitación, que estaba a oscuras. Se sentó en la cama, inclinó la cabeza y se puso a llorar.
Primero lloró dulcemente, luego con más fuerza, pues sentía pesar sobre ella aquella situación sin salida. Y cuanto más lloraba, más razones encontraba para llorar y más desesperado le parecía todo. Nunca encontraría una salida, nunca podría decidirse, nunca estaría en condiciones de amar verdaderamente al bueno y honrado Nicolás que bien se lo merecía y que estaba a punto de partir; nunca vería el día en que aquel que era incapaz de amar a nadie la amase a ella. Nunca volverían aquellas hermosas y alegres jornadas que todavía durante el año anterior resplandecían en la ciudad. Nunca ninguno de los nuestros lograría escapar de aquel circo cerrado por oscuras colinas, ni ver América, ni crear en nuestra tierra un país en el que, como decían, se trabajaría mucho y se viviría bien y como seres libres. ¡Nunca!
Al día siguiente se corrió el rumor de que Vlado Maritch, Glasintchanine y algunos otros jóvenes habían huido a Servia. Todos los demás servios, con sus familias y cuanto poseían, se quedaron en aquel valle como encerrados en una trampa que estaba en efervescencia. Cada día que pasaba se hacía más densa, en la ciudad, la atmósfera de peligro y de amenaza. Y por fin, en uno de los primeros días de julio, estalló en la frontera la tormenta que con el tiempo había de extenderse por el mundo entero, para convertirse en el Destino de tantos países y de tantas ciudades e, igualmente, del puente sobre el Drina.
Fue entonces cuando empezó una verdadera caza de servios y de todo lo que se relacionaba con ellos. Las gentes se dividieron en perseguidos y perseguidores. La bestia hambrienta que vive dentro del hombre y que no se atreve a aparecer en tanto no quedan eliminados los obstáculos que representan las buenas costumbres y las leyes, quedó en libertad. Los actos de violencia, el pillaje e incluso el asesinato, como suele ocurrir en la historia de la humanidad, no sólo quedaron en silencio, sino que fueron autorizados con la condición de que se llevasen a cabo en nombre de intereses elevados y al amparo de una serie de palabras que representaban el orden. Tales fechorías se desencadenaron sobre un reducido número de personas de nombre y convicciones precisas. El hombre que por aquel entonces logró conservar la claridad del espíritu y los ojos abiertos, pudo asistir a la realización de semejante milagro y ver cómo una sociedad se transformaba de la noche a la mañana. En unos instantes fue borrado el barrio del comercio que descansaba sobre una tradición secular, tras la cual siempre había habido odios ocultos, envidias, supersticiones, accesos de intolerancia religiosa, de grosería y de crueldad; pero aquella tradición también había encerrado valor, humanidad, afición a la medida y al orden, toda una serie de sentimientos, en suma, que mantenían dentro de los límites de lo soportable todos los malos instintos y los hábitos groseros, y que terminaban por calmarlos y someterlos a los intereses generales de la vida en común. Algunos hombres que, durante cuarenta años, habían estado a la cabeza del barrio del comercio, dejaron de existir en el espacio de una noche, como si hubiesen muerto bruscamente, al mismo tiempo que las costumbres, las concepciones y las instrucciones que personificaban.
Al día siguiente del de la declaración de guerra a Servia, una banda de Schutzkorps 1 empezó a recorrer la ciudad en todas las direcciones. Esta banda, armada a toda velocidad, tenía por misión ayudar a las autoridades a dar caza a los servios; estaba compuesta por cíngaros, borrachos y holgazanes, gentes, en su mayoría, enemistadas con la buena sociedad y en conflicto con la ley. Un tal Huso Kokochar, un cíngaro sin honor y sin profesión determinada, a quien una enfermedad vergonzosa había comido la nariz cuando era un muchacho, estaba a la cabeza de una docena de desharrapados armados con viejos fusiles sistema Werndl provistos de largas bayonetas. Semejante individuo fue el que se hizo cargo del barrio del comercio.
Ante esta amenaza, Pavlé Rankovitch, en su calidad de presidente de la asociación servia encargada de administrar la escuela parroquial, fue con otros cuatro consejeros a visitar el subprefecto, un tal Sabliak. Era éste un hombre regordete, pálido, completamente calvo, de origen croata; hacía poco tiempo que desempeñaba aquella función en Vichegrado. Cuando acudieron a verle resultó que estaba nervioso, que había dormido poco.
Tenía los párpados rojos y los labios exangües y secos. Llevaba botas y en el ojal de la solapa de su chaqueta verde de cazador lucía una insignia negra y amarilla. Los recibió de pie y sin ofrecerles asiento. Pavlé Rankovitch, con la cara amarillenta y los ojos semejantes a dos trazos negros y oblicuos, tomó la palabra con voz sorda, extraña:
– Señor prefecto, ya veis lo que pasa y lo que se prepara, y sabéis que nosotros, los servios, ciudadanos de Vichegrado, no deseábamos nada de esto.
– Yo no sé nada, señor -interrumpió el subprefecto, con voz irritada-, ni quiero saber nada. Ahora tengo cosas más importantes que hacer que escuchar chismes. Es todo cuanto puedo deciros.
– Señor prefecto -repuso Rankovitch con calma, como si por medio de ella tratase de apaciguar a aquel hombre colérico y excitado -, hemos venido para ofreceros nuestros servicios y para aseguraros…
– No tengo ninguna necesidad de vuestros servicios ni tenéis nada que asegurarme. Ya habéis demostrado en Sarajevo lo que sois capaces de hacer.
– Señor prefecto -insistió Rankovitch con la misma voz e idéntica testarudez -, desearíamos que dentro de los límites de la ley…
– ¡ Vaya, ahora os acordáis de las leyes! ¿ A qué leyes tenéis la osadía de apelar?
– A las leyes del Estado, señor prefecto, a unas leyes que son válidas para todos.
El prefecto adquirió de pronto un aire grave, como si se hubiese tranquilizado un poco. Pavlé Rankovitch aprovechó aquel momento.
– Señor prefecto, ¿podemos tomarnos la libertad de preguntaros si están seguros nuestros bienes y nuestras vidas, así como nuestras familias? Y, en caso contrario, ¿qué es lo que debemos hacer?
El prefecto extendió entonces las manos con la palma hacia arriba a Rankovitch, se encogió de hombros, cerró los ojos y apretó convulsivamente sus delgados y descoloridos labios.
1. Cuerpo de protección. (En alemán en el original.) (N. del T.)