Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Sólo después de este incidente la atención general se vuelve a concentrar en los condenados. Los dos campesinos, padres de familia, ofrecen la misma actitud: tiemblan, y el ardor del sol y el calor sofocante que se desprende de la masa compacta de gente les hacen guiñar los ojos y fruncir el entrecejo, como si se limitase a eso todo su tormento.
Vaio afirma con voz débil y quejumbrosa que es inocente y que ha sido su competidor el que le ha denunciado, pero que él ni siquiera ha hecho el servicio militar ni ha oído decir que se pudiesen transmitir señales con luz.
Sabe un poco de alemán y va desgranando, desesperadamente, una palabra tras otra, esforzándose en encontrar una expresión convincente merced a la cual pueda detener esa corriente furiosa que lo arrastra desde la víspera y que amenaza con arrancarlo de este mundo, por muy inocente que sea.
- Herr Leutnant, Herr Leutnant, um Cottes willen… Ich unschuldiger Mensch… viele Kinder… Kinder… Unschuldig. Lüge, alles Lüge 1.
Vaio elige sus palabras como si intentase encontrar alguna que pudiese sonar a verdadera, resultar salvadora.
Los soldados se han acercado al primer campesino. Éste se quita rápidamente su gorro de piel y se vuelve hacia Meïdan, donde se encuentra la iglesia y se santigua vivamente por dos veces. El oficial ordena con la mirada que terminen primero con Vaio. El hombre de Lika, viendo que ha llegado su hora, desesperado, levanta los brazos al cielo y se pone a suplicar y a gritar a voz en cuello:
– Nein, Nein, Nicht, um Glottes willen. Herr Leutnant. Sie wissen… alles ist Lüge… Gott… alles Lüge² -grita.
Pero los soldados ya lo han cogido por las piernas y la cintura, subiéndolo al tablado que está bajo la cuerda.
La multitud, con el aliento cortado, ha seguido todos estos movimientos corno si se tratase de un juego entre el desgraciado contratista y el teniente; todo el mundo temblaba de curiosidad, esperando ver cuál de los dos ganaría.
Alí-Hodja, que sólo había oído unos sonidos y que no imaginaba lo que estaba sucediendo en el centro del círculo que formaba la multitud compacta, vio de pronto, por encima de todas las cabezas, la cara trastornada de Vaio.
El hodja dio un salto y cerró su tienda, a pesar de la orden formal de las autoridades militares de que todos los comercios deberían permanecer abiertos.
Llegaban a la ciudad constantemente nuevas tropas, municiones, abastecimientos y equipos. Para el transporte se empleaba no sólo el ferrocarril, sino también el antiguo camino que pasaba por Rogatitsa. Día y noche cruzaban por el puente carruajes y caballos, y lo primero que encontraban a la salida de éste, nada más que entrar en la ciudad, eran los tres cuerpos de los ahorcados. Y como siempre, la cabeza de la columna se quedaba estancada al llegar a las calles obstruidas; por consiguiente, tenían que esperar en el puente o en la plaza, cerca de la horca, hasta que la cabeza emprendía de nuevo la marcha.
Cubiertos de polvo, congestionados, roncos a fuerza de gritar y de acalorarse, los sargentos pasaban a caballo por entre los carruajes y los caballos cargados en exceso, y hacían con la mano señales desesperadas, injuriando, en todos los idiomas de la monarquía austro-húngara, las cosas sagradas de todas las confesiones conocidas.
Tres o cuatro días después, por la mañana temprano, en el momento en que el puente estaba invadido de nuevo por los convoyes militares que discurrían lentamente a través del centro estrecho de la ciudad, un silbido estridente e inesperado se dejó oír y un proyectil de obús fue a caer sobre el parapeto de piedra, justo delante de la kapia. Trozos de hierro y de piedra fueron proyectados contra los caballos y las personas; se produjo un enorme desorden, los caballos se encabritaron y todo el mundo emprendió la huida. Unos se precipitaron hacia el centro de la ciudad, otros corrieron en sentido contrario, volviendo a la carretera por la que habían llegado. En aquel instante cayeron otros tres proyectiles, dos de los cuales fueron a parar al agua y otro, nuevamente, sobre el puente, en medio de la tropa y los soldados. En un abrir y cerrar de ojos, el puente quedó vacío. En el espacio que quedó descubierto pudieron verse una serie de coches volcados y varios hombres y caballos muertos. La artillería de campaña austríaca se dejó oír por la parte de las Rocas de Butko, tratando de localizar la batería servia que disparaba desde la montaña y que, en aquel momento, castigaba con sus shrapnells a los convoyes, que habían iniciado la desbandada a ambos lados del puente.
A partir de aquel momento, la batería de campaña del Panos dirigió constantemente su fuego al puente y al cuartel que se encontraba junto a él. Algunos días después, y también por la mañana, se oyó otro ruido por el Este, en dirección al Golech. El estrépito del cañón sonaba más lejos, pero era más profundo y los proyectiles zumbaban con más fuerza sobre la ciudad. Se trataba de dos obuses. Los primeros proyectiles cayeron al Drina y después en el espacio vacío situado delante del puente empezaron a caer otros proyectiles, que causaron desperfectos en las casas vecinas (el hotel de Lotika y el círculo militar); más tarde, a intervalos regulares, fue elegido como blanco el propio puente y el cuartel. No había pasado una hora cuando el cuartel empezó a arder. Los soldados que trataban de apagar el fuego fueron muertos por los shrapnells que disparaba la batería del Panos. Por fin, el cuartel fue abandonado a su suerte. En medio del calor del día ardió todo lo que era de madera; de vez en cuando caían, entre los escombros en llamas, nuevos proyectiles que destruían el interior de los edificios. Y fue de este modo cómo una vez más la hostería quedó reducida a un montón de piedras.
El bombardeo, que duró diez días, no causó deterioros importantes al puente. Los proyectiles chocaban contra los pilares lisos y contra los ojos redondos, rebotaban y estallaban en el aire, sin dejar en las paredes de piedra otras huellas que unos ligeros rasguños blancos apenas visibles. La metralla de los shrapnells era rechazada por los muros lisos y sólidos como si fuese simple granizo.
Sólo dos obuses que habían tocado la calzada del puente dejaron en la gravilla levantada unos agujerillos poco profundos y unas brechas, los cuales no podían ser vistos a menos que se cruzase el puente.
A pesar de esta nueva tormenta que se había desencadenado sobre la ciudad, trastornando y desarraigando las viejas costumbres, segando a los seres vivos y las cosas inanimadas, a pesar de todo esto, el puente permanecía blanco, sólido, invulnerable, igual que siempre.
CAPÍTULO XXIII
A causa del bombardeo incesante, la circulación, que era muy poco intensa, fue suspendida en el puente durante las horas del día; los civiles lo cruzaban libremente, los militares lo pasaban corriendo uno a uno, pero en cuanto aparecía un grupo un poco importante, empezaban a lanzar shrapnells desde el monte Panos. Al cabo de algunos días se pudo observar una cierta regularidad. Las gentes se habían dado cuenta de cuándo el tiro era más nutrido o más débil y de cuándo cesaba; y de acuerdo con estas observaciones se desplazaban y se encaminaban a sus ocupaciones más urgentes, siempre y cuando las patrullas austríacas no se lo impidiesen.
La batería del Panos sólo disparaba durante el día, pero los obuses actuaban también por la noche, tratando de impedir los movimientos de tropas y el paso de convoyes por el puente.
Las personas cuyas casas se encontraban en el centro de la ciudad, cerca del puente o de la carretera, se trasladaron con sus familias al Meïdan o a otros barrios resguardados y situados algo más lejos, yendo a refugiarse a casa de familiares o de conocidos, con objeto de protegerse de los bombardeos. Aquella huida con niños y con los objetos más necesarios recordaba las penosas noches en que la "gran inundación" había azotado a la ciudad. La única diferencia era que en esta ocasión las gentes de distintos credos no se mezclaron unas con otras ni se sintieron unidas por un soplo de solidaridad en medio de la desgracia común; ni se reunieron, como antes, para buscar en la conversación un soporte y un alivio. Los turcos estaban en las casas turcas y los servios se recogieron, como apestados, en casas servias. Pero aunque divididos y separados de aquella manera, vivían más o menos del mismo modo. Amontonados, como estaban, en casas que no eran las suyas, no sabían cómo emplear el tiempo ni qué curso dar a sus pensamientos preocupados e inquietos. Ociosos, de brazos caídos, como siniestrados, temían por su vida y por sus bienes, y se veían torturados por esperanzas y por deseos contradictorios, que tanto unos como otros disimulaban de igual forma. Como en las épocas de las grandes inundaciones, los ancianos trataban de distraer y de calmar a cuantos los rodeaban, valiéndose para ello de bromas y de historias, y manteniendo una tranquilidad afectada y una serenidad fingida. Pero, al parecer, no valían para este tipo de desgracias las chanzas de otros tiempos ni los antiguos artificios, y daba la impresión de que las viejas historias habían perdido su color y las bromas su sal y su sentido; ahora bien, improvisar otras nuevas habría costado trabajo y llevado su tiempo.
Por la noche todos fingían dormir, aunque en realidad nadie pudiese pegar un ojo. Se hablaba en un susurro, a pesar de que nadie supiese a qué venía aquella circunspección cuando tronaba a cada instante ya el cañón servio ya el cañón austríaco. El miedo "de hacer señales al enemigo" penetró en la mente de todos, pero realmente nadie sabía cómo se hacían aquellas señales ni lo que significaban. Sin embargo, el temor era tal que no había una persona que se atreviese a encender una cerilla. Cuando los hombres querían fumar se metían en algún cuartito sin ventanas, o si las tenía las cerraban a piedra y lodo, o en último caso se echaban una manta por la cabeza y así fumaban. El calor pesado era agobiante. Todo el mundo sudaba, pero aun así las puertas y ventanas permanecían cerradas y cubiertas. La ciudad se parecía a un desgraciado que ante una serie de golpes que no puede parar se tapa los ojos con las manos y espera. Todas las casas parecían clausuradas por la muerte, puesto que el que quería conservar la vida debía hacerse el muerto, e incluso este medio no era siempre eficaz.
1. Señor teniente, por amor de Dios, yo inocente… muchos hijos… hijos… inocente. Mentira, todo mentira. (En alemán en el original.) (N. del T.)
2. No, no, por amor de Dios, señor teniente. Ya sabe usted… todo es mentira… Dios… mentira todo. (En alemán en el original.) (N. del T.)