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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—¡Hola! —saludó alegremente cuando la vio acercarse con dos tazas de té—. ¿Una de ésas es para mí?

—Sí. Toma. ¿Qué estás haciendo?

Renna se encogió de hombros.

—Mi trabajo. Encontré un modo de utilizar este tablero como si fuera una especie de cuaderno de notas, para almacenar observaciones. Es rudimentario, pero resulta mejor que nada.

—Tu trabajo —musitó ella—. No te lo he preguntado nunca. ¿Cuál es tu trabajo?

—Soy lo que llaman un peripatético, Maia. Eso significa que voy de un mundo homínido a otro, negociando el Gran Acuerdo. Parece una gran cosa. Pero en realidad sólo me mantiene ocupado. Mi verdadero trabajo es… bueno, seguir moviéndome y permanecer con vida.

Maia pensó que comprendía un poco lo que él acababa de decir.

—Se parece mucho a mi trabajo. Moverme. Permanecer con vida.

El hombre que había sido su compañero de prisión se rió de buena gana.

—Dicho así, me parece que es igual para todo el mundo. No hay otro juego.

Maia recordó la noche anterior, la forma en que el viento traía su aroma mientras dormía inquieta, hasta que despertó una vez y descubrió que estaba empleando su pecho como almohada, y que él dormía con una mano sobre sus hombros. Esta mañana, parecía una persona distinta. De algún modo, había encontrado un medio de lavarse. Se había arreglado la barba de varios días, cortando acá y allá, hasta convertirla en el principio de una barba hermosa. Ahora mismo, Maia podía olerse más a sí misma que a él.

Mientras se colocaba a favor del viento, preguntó:

—¿Entonces no has venido a invadirnos?

Lo dijo como un chiste, para burlarse de los rumores esparcidos por la histeria desde que su nave había aparecido en el cielo, hacía un año largo. Pero Renna sonrió débilmente.

—En cierto modo, exactamente a eso he venido… a prepararos para una invasión.

Maia tragó saliva. No era la respuesta que esperaba.

—Pero tú…

No llegó a terminar la frase. Thalla, que conducía un par de caballos, los llamó.

—¡Moved el culo, vosotros dos! ¡El día se nos va, así que en marcha!

—¡Sí, señora! —replicó Renna con un saludo amistoso y sólo levemente burlesco. Dejó sus muestras arqueológicas donde estaban y se levantó, plegando el tablero. Maia corrió a atar su manta a la silla de montar, y miró hacia atrás para ver a Renna comprobar la cincha de su caballo. Me pregunto qué quería decir con ese comentario. ¿Puede ser que el Enemigo vaya a regresar? ¿Ha venido de las estrellas para advertirnos?

Mientras Maia miraba al hombre, Kiel se cruzó entre ellos y, sin miramientos, con tranquilidad, extendió la mano para pellizcarlo al pasar.

—¡Eh! —gritó Renna, enderezándose y frotándose el trasero, pero claramente más sorprendido que ofendido. De hecho, su sonrisa de pesar traicionaba un atisbo de diversión, lo que hizo que Kiel se echara a reír.

Lysos, qué acoso más desvergonzado, gruñó Maia para sí. La irritación hizo que olvidara su anterior cadena de pensamientos. Molesta sin saber por qué, después de eso ignoró las miradas del hombre y cabalgó delante con Baltha durante la mayor parte de la tarde. Su molestia sólo aumentó cuando Renna se desvió varias veces con Thalla y Kiel para mostrarles las ruinas que divisaba y explicar qué estructura debía de haber sido una casa y cuál un taller. Las dos mujeres eran embarazosamente efusivas en sus demostraciones de interés. Baltha hizo una mueca.

—Estúpidas rads —murmuró—. Armar un alboroto como ése para hablar con un hombre cuando no las va a llevar a ninguna parte. Como si esas dos pudieran manejar una potenciación si ahora consiguieran una.

—¿No creerás que están intentando…?

—No. Sólo coquetean, probablemente. No tiene ningún sentido. Ya conoces el refrán:

Nicho y Casa son lo primero que cuenta, luego hermanas y aliadas, que hablan la misma lengua, sólo entonces y por último, un hombre que te atienda.

—Para mí sigue teniendo sentido —concluyó.

—Mm —respondió Maia—. ¿Qué es una… rad?

Baltha la miró de reojo.

—Eres bastante inocente, ¿no, virgie? ¿Es que no sabes nada de nada?

Maia notó que se ponía colorada. Sé lo que llevas oculto en la mochila, pensó en decir, pero se abstuvo.

—Rads viene de «radicales»: un grupo de jóvenes vars de ciudad con exceso de educación e ideas absurdas sobre cambiar el mundo. Piensan que son todas más listas que Lysos. Idiotas.

Maia recordó entonces la pequeña radio de la cabaña de la Casa Lerner. En la emisora clandestina utilizaban el término para referirse a las mujeres que defendían volver a plantearse la sociedad de Stratos desde cero. En muchos aspectos, las rads se oponían a las Perkinitas, y luchaban por dar poder a la clase var mediante la reforma de todas las reglas, ya fuesen políticas o biológicas.

—Estás hablando de mis amigas —le dijo a Baltha, en lo que esperaba que fuera un tono severo.

Baltha respondió con una mueca sarcástica.

—¿De verdad? Pues es toda una idea. Tus amigas. Gracias por informarme.

Se echó a reír, haciendo que Maia se sintiera como una tonta sin saber por qué. Se volvió hacia el frente, ignorando a la otra mujer, y cabalgaron algunos minutos en silencio. Sin embargo, la curiosidad acabó por ser más fuerte en ella que el resentimiento. Maia se volvió y formuló la pregunta en un tono cuidadosamente neutral.

—Entonces, por lo que dices, supongo que tú no quieres cambiar el mundo.

—No del todo. Sólo sacudirlo un poquito. Derribar algunos árboles muertos para hacer sitio en el bosque, como si dijéramos. Que entre luz suficiente para un árbol nuevo o dos.

—Y contigo como raíz fundadora, supongo.

—¿Por qué no? ¿No te parezco una madre Fundadora? ¿No imaginas esta cara en un cuadro bien grandote, colgando algún día sobre la chimenea de algún bonito salón? —Alzó la cabeza, con la barbilla hacia fuera.

El problema era que Maia sí podía imaginárselo. Las madres Fundadoras debían de haber sido unas piratas tan duras y despiadadas como aquella var.

—Muy bien. Digamos que despejas un claro y pones tu propia semilla allí. Digamos que tu árbol familiar crece hasta convertirse en un gigante en el bosque, con cientos de ramas clónicas extendiéndose en todas direcciones. ¿Cuál será la política de tu clan hacia los nuevos retoños que intenten echar raíces cerca algún día?

—¿Política? Muy simple… —Baltha se echó a reír—. ¡Extender nuestras ramas y cortarles la luz!

—¿No se merecen también las demás un lugar bajo el sol?

Baltha miró a Maia, como sorprendida por tanta ingenuidad.

—Que luchen por ello, como yo lucho ahora mismo. Es el único modo justo. Lysos fue sabia —pronunció la última frase con solemnidad, y dibujó el signo del círculo sobre su pecho. Maia reconoció una mirada de auténtica religiosidad en los ojos de la otra mujer. Una versión e interpretación que convenientemente justificaban lo que ya había sido decidido.

Tras eso se produjo un largo silencio. Siguieron cabalgando y la tarde se desdibujó. Baltha consultó la brújula, corrigiendo su rumbo suroeste varias veces. De vez en cuando, se alzaba sobre los estribos y estudiaba el horizonte con su telescopio, buscando signos de persecución, pero sólo matorrales retorcidos de ramas retorcidas rompían la monotonía, recordando a Maia las mujeres legendarias que quedaron petrificadas tras encontrar al Hombre Medusa.

Cuando el grupo de fugitivos se detuvo, fue sólo para estirar las piernas y comer de pie. No hubo más chistes sobre la acomodación de Renna a su silla. A aquellas alturas, todos estaban doloridos. Anocheció y Maia esperó la señal para acampar, pero al parecer la idea era seguir cabalgando. Nadie me dice nada, pensó con un suspiro. Al menos Renna parecía tan cansado e ignorante como ella misma.

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