Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Mientras las mujeres se preparaban para acostarse, Renna reunió varios artículos pequeños de su bolsa azul. Uno era un cepillo fino que Maia no había visto jamás. También cogió una pala de campamento, una cantimplora, y hojas de takawq antes de volverse para marcharse. Baltha no pareció interesada, y Maia se preguntó si sería debido a que no había ningún sitio al que pudiera huir en esta vasta llanura. ¿O había conseguido ya Baltha lo que quería de él? Maia había pretendido llevar a Renna a un lado la mañana anterior y contarle las extrañas acciones de la mujer del sur, pero acabó olvidándolo. Ahora, sus sentimientos hacia él eran de nuevo ambivalentes, sobre todo con Thalla y Kiel actuando todavía de forma decididamente invernal.
—¡No te pierdas por ahí! —le gritó Thalla a Renna—. ¿Quieres que te acompañe y te coja de la mano?
—Puede que haga falta cogerle otra cosa —comentó Kiel, y las otras vars se echaron a reír. Todas excepto Maia. Le molestó la reacción de Renna a la broma: el hombre se ruborizó, y estaba obviamente cortado. También parecía disfrutar de la atención.
—Toma —dijo Kiel, arrojándole su linterna—. ¡No la confundas con otra cosa!
Maia dio un respingo ante la broma chabacana, pero las otras lo consideraron terriblemente gracioso. Renna observó la cajita de madera cilíndrica con el interruptor y la lente en un extremo. Sacudió la cabeza.
—No creo que tenga problemas para advertir la diferencia.
Las tres mujeres mayores volvieron a reírse.
¿No se da cuenta de que las está animando?, pensó Maia, irritada. Sin auroras ni otras claves veraniegas para provocar el celo masculino, no era probable que nada de esto llegara a ninguna parte, y ahora mismo el ambiente era ligero. Pero si él fingía el suficiente interés para provocar a las mujeres, podría causar problemas.
Mientras Renna pasaba junto a ella, llevando la pala de campamento torpemente, Maia parpadeó sorprendida y luchó por no quedarse mirando. ¡Por un brevísimo instante, hasta que Renna desapareció de la luz, le pareció ver una distensión, un bulto que, gracias a Lysos, ninguna de las otras parecía haber advertido!
El fuego se hizo más débil y salió la luna grande, Durga. Thalla roncaba junto a Kiel, y Baltha lo hacía cerca de los caballos. Maia daba cabezadas con los ojos cerrados, imaginando las altas torres de Puerto Sanger sobre las cristalinas aguas de la bahía, cuando un golpe volvió a despertarla. Miró a la izquierda, donde un objeto macizo había caído sobre la manta de Renna. El hombre se sentó a su lado y empezó a quitarse los zapatos.
—He encontrado algo interesante ahí fuera —susurró.
Ella se apoyó en un brazo, y tocó el bloque macizo.
—¿Qué es?
—Oh, sólo un ladrillo. Encontré un muro… y un antiguo sótano. No es el primero que he visto. Hemos estado pasando junto a ellos todo el día.
Maia lo observó mientras se quitaba la camisa. Sin afeitar ni lavar desde hacía varios días, él exudaba masculinidad de una forma que Maia no había visto ni olido desde aquellos marineros a bordo del Wotan, y eso, después de todo, había sido en el mar. Si un hombre se presentaba en aquel estado en cualquier ciudad civilizada, sería arrestado por escándalo público. ¡Eso ni siquiera podía consentirse en verano, y mucho menos en invierno! Al ser extranjero, tal vez Renna no conocía las reglas de la modestia que se enseñaban a los muchachos a corta edad, reglas que se seguían sobre todo cuando había caído la gloria. El atractivo, en los momentos equivocados, puede ser una molestia.
—No he visto ningún muro —respondió ella, ausente—. ¿Quieres decir que vivió gente cerca de aquí?
—Mm. Por la erosión, yo diría que hace unos quinientos años.
Maia se quedó boquiabierta.
—Pero yo creía…
—Creías que este valle se colonizó hace sólo un siglo o cosa así, lo sé. Y el planeta sólo unos cuantos centenares de años antes.
Renna se tendió sobre la silla que utilizaba como almohada, y suspiró. Al parecer el frío no le preocupaba. Cogió el gastado ladrillo y lo volvió. Los músculos de sus brazos y su pecho se anudaban y retorcían. Ahora que Maia se había acostumbrado, su aroma masculino no le parecía tan fuerte como el de los marineros del Wotan. ¿O es que el invierno la estaba afectando a ella también?
—Um —dijo, intentando seguir el hilo de la conversación—. ¿Quieres decir que me equivoco al respecto?
Él sonrió con una luz de afecto en los ojos y Maia sintió un ligero escalofrío.
—No es culpa tuya. Las sabias manipularon a propósito las historias a las que se tiene acceso fuera de Caria City. No mintiendo exactamente, sino provocando impresiones equivocadas y dando a entender que la precisión de las fechas no importa. Es cierto que Valle Largo fue colonizado hace un siglo, por antepasadas pioneras de los clanes Perkinitas que hoy viven aquí. Casi nadie había vivido en este lugar desde hacía mucho tiempo; pero varios centenares de años antes, esta llanura albergaba una gran población. Calculo que oleadas de colonización y emigración deben de haber cruzado esta zona al menos cinco o seis veces…
Maia agitó una mano ante su cara.
—Espera. ¡Espera un momento! —Su voz fue algo más que un susurro, y se detuvo para bajar el tono—. ¿Qué estas diciendo? ¿Que las humanas llevan en Stratos… un millar de años?
Renna siguió sonriendo, pero frunció el ceño como cada vez que tenía algo serio que decir.
—Maia, por lo que he podido determinar tras hablar con vuestras sabias, Lysos y sus colaboradoras plantaron vida homínida en este mundo hace más de tres mil años. Eso no se contradice con su fecha de partida de Florentina, aunque depende en gran parte del medio de transporte que emplearan.
Maia sólo pudo parpadear, como si el hombre acabara de decirle sin más que la especie femenina descendía de las salamandras.
—Pretendieron que su diseño durara —dijo él, mirando el cielo—. Y tengo que reconocer que lo lograron. Hicieron un trabajo impresionante.
Con eso, Renna soltó el viejo ladrillo y abrió su manta para acurrucarse dentro.
—Que duermas bien, Maia.
—Que duermas bien —respondió ella, automáticamente, y se tendió con los ojos cerrados, pero pasó un rato antes de que sus pensamientos se apaciguaran. Cuando por fin se quedó dormida, Maia soñó con formas enigmáticas, talladas en antigua piedra. Bloques y formas alargadas que se movían y cambiaban como serpientes enroscadas en un muro de misterios.
Maia se había preguntado si, ahora que estaban al descubierto, la huida cambiaría de ritmo. ¿Se escondería el grupo durante el día, manteniéndose fuera de la vista hasta el anochecer? Tras la escapada, agitada y casi continua, no le importaba el resto.
Ése, al parecer, no era el plan. El sol estaba aún bajo cuando Baltha la despertó.
—Vamos, virgie. Tómate el té y los bizcochos. Nos iremos en un dos por tres.
Thalla ya estaba atendiendo la hoguera recién avivada mientras Kiel se encargaba de preparar los caballos. Tras incorporarse y frotarse los ojos, Maia buscó a Renna y lo encontró por fin corriente abajo, sentado en un semicírculo de objetos. Cuando se acercó, Maia reconoció el ladrillo de la noche anterior, y varias piezas dobladas de aluminio (una bisagra y lo que debía haber sido un gran tornillo), así como varios utensilios imposibles de identificar. El hombre tenía el Juego de la Vida sobre su regazo. Tras examinar cada una de las muestras durante un rato, usaba un punzón para escribir una cadena de puntos sobre el ancho tablero, y luego pulsaba un botón para que la pauta desapareciera. Ella supuso que la almacenaba en la memoria.