Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– Llegué a Rosh Pinna a última hora de la tarde del viernes, y le aseguro que no tiene nada que ver con el caso. ¿Por qué no me cree y dejamos así las cosas?
Más tarde, al escuchar la grabación del interrogatorio, Michael oyó el aullido de ira que le salió de las entrañas, como el de un chacal, vergonzoso por lo mucho que le delataba. Sólo entonces se dio cuenta de lo herido que se había sentido.
– Profesor Klein -exclamó, subrayando todas las sílabas-, estoy investigando un asesinato, dos asesinatos. El de un joven a quien usted tenía mucho afecto y el de un hombre que fue íntimo amigo suyo durante años y años. ¡Le estoy preguntando algo!
Klein se enjugó la frente con la mano y volvió a mirar a Michael a los ojos, abriendo mucho los suyos, y en su expresión había sobre todo tristeza, gravedad.
– Siento mucho que no se fíe de mí, lo siento muchísimo -terminó por decir.
– Lo importante no es que me fíe o me deje de fiar de usted, eso sin contar con que ya me ha mentido una vez. Lo importante son los hechos. Su madre mintió…, ¿por qué la obligó a mentir? Las palabras quedan huecas si no están respaldadas por hechos. ¿Qué tiene eso que ver con que confíe en usted? El respeto, el afecto, todo eso no vale de nada si no me facilita hechos. Hablando de la confianza, ¡es usted el que no se fía de mí!
Klein pareció vacilar, meditando sobre lo que había dicho Michael. Al final reconoció:
– Tiene razón. Pero cuando se lo haya contado, verá que no viene al caso, en absoluto.
Michael se quedó a la espera, sin presionarlo. Y al fin Klein arrancó:
– Esto tiene que quedar entre nosotros. ¿Lo entiende? Es necesario. Prométamelo.
Michael hizo un gesto afirmativo.
– ¿Lo promete? -repitió Klein.
Esa insistencia infantil asombró a Michael. Pensó en que Raffi los escuchaba desde la habitación vecina, en Balilty y Eli Bahar, que sin duda no tardarían en unirse a Raffi, en la reunión del equipo, en la transcripción de toda la conversación que Tzilla le pondría delante a la mañana siguiente, y dijo:
– Lo prometo.
Sin saber muy bien por qué, omitió la fórmula habituaclass="underline" con la condición de que se demostrase que no tenía relación alguna con la investigación…
– Porque esto también atañe a otras personas -dijo Klein como si le hubiera leído el pensamiento-. No sólo a mí.
Michael asintió sin decir nada. Volvía a ser presa de la confusión, de deseos contradictorios. ¿Cuál podría ser el secreto de Klein? Se moría por saberlo.
– Fui a ver a una mujer a la que tenía que ver -soltó Klein al fin, apretando los labios. Luego añadió, casi en un susurro-: Y ésa es la razón por la que le pedí a mi madre que mintiera. Sin explicarle el asunto.
«¿Eso es todo? ¿Tú también? Viejo verde», pensó Michael desengañado, mientras veía a Klein cruzándose de brazos de nuevo.
– Supongo que estará casada -dijo.
Las gruesas cejas de Klein se alzaron.
– ¿Por qué tiene que suponer eso? No está casada.
– ¿A qué viene tanto secreto? -preguntó Michael desconcertado-. ¿Por su propio bien?
Klein tenía el semblante lívido; y su expresión le recordó a Michael la del día en que, hacía una eternidad, ambos habían compartido banco en aquel recodo del pasillo que llamaban plaza, junto a los cajetines del correo, después de que se descubriera el cadáver de Tirosh. Michael deseaba restablecer la fraternidad, la igualdad, la muda simpatía que había sentido entonces; deseaba trasladarse al almuerzo que habían tomado juntos en la cocina de Klein.
– En el fondo, sí, por mi propio bien, aunque la cuestión también afecta a otras muchas personas.
– ¿Cuánto tiempo estuvo con ella? -preguntó Michael con delicadeza.
– Hasta poco después del mediodía del viernes. Salí de Jerusalén a las dos y media.
Michael encendió un cigarrillo.
– ¿Y dice que fue allí desde el aeropuerto y se quedó hasta el día siguiente? -preguntó con la vista fija en la cerilla chamuscada que acababa de dejar en el cenicero lleno de colillas.
– ¿Tiene que saberlo todo? -inquirió Klein.
– ¿Estuvo allí todo el tiempo? -insistió Michael.
– Como hemos llegado tan lejos, ya no tiene sentido ocultar nada -suspiró Klein-. Sí, todo el tiempo, salvo un par de horas que pasé con Shaul Tirosh, el jueves por la noche.
«¡Es increíble!», se dijo a sí mismo Michael Ohayon. «¡Increíble! ¿Cómo puedo haber tenido un desliz tan estrepitoso?»
– ¿Dónde? -preguntó en voz alta-. ¿Dónde estuvo con él?
– En un restaurante -respondió Klein. Tenía la voz sosegada y también sus brazos se habían relajado. Ahora sus antebrazos reposaban sobre la mesa. Y los dedos de sus manos, en un principio estirados, se habían ido juntando poco a poco.
– ¿Qué restaurante? -preguntó Michael.
– Eso forma parte del secreto -dijo Klein despacio-, y, como le he dicho, no tiene nada que ver con…
– ¡Profesor Klein! -clamó Michael con impaciencia.
Y sólo entonces le contó Klein la historia completa. No se la relató como alguien que se siente derrotado, sino como quien ha tomado una decisión. No fue necesario preguntar nada; Klein se lo explicó todo, hasta el mínimo detalle.
– Déme su nombre y su dirección, por favor -dijo Michael al final, y anotó cuidadosamente el nombre y la dirección de la mujer. Le pareció sentir que una puerta se abría en el pasillo. Salían a buscarla, lo sabía, y ya era más de medianoche.
– ¡Cómo se puede mantener en secreto una historia así durante doce años! -Balilty detuvo la grabadora y lanzó un silbido-. ¡Y en Jerusalén! -luego añadió-: Te juro que si me hubieras dado un día más, lo habría averiguado. ¿Cuántos años tiene el crío? ¿Cinco? No lo comprendo…, ¿cómo se habrá involucrado tanto? ¡Y con tres hijas en casa! ¿Tal vez lo planeó a propósito, tener un hijo con la otra? ¡Y tú que lo considerabas un santo! ¡Un santo con querida! -apuró de un trago el resto del café, meneó la cabeza y exhaló un hondo suspiro. Luego se puso en pie de un salto mientras exclamaba excitado-: Un momento…, ¿no es «Malka» Mali Arditi? ¡La Mali del restaurante! ¡No puedo creerlo!
– ¿Pero qué te pasa ahora? -preguntó Michael, impacientándose-. ¿Quién es esa Mali?
– ¿Quién es esa Mali? ¡Qué demonio, qué demonio!
– ¿Quién? -preguntó Michael, observando a Balilty con curiosidad-, ¿Quién…, qué pasa? Cuéntamelo despacio.
– ¿Recuerdas esa vez que, después del juicio de aquel tipo, fuimos a ese restaurante que está junto al bar de Nahalat Shiva? -Michael asintió-. Y estaba cerrado -prosiguió Balilty-, y entonces fuimos a otro lado…, no recuerdo a dónde. Es igual, no importa; lo que importa es dónde acabamos. Lo que importa es que si es quien creo que es, no me lo puedo creer…, esa mujer tan maravillosa, no lo entiendo. Espera y verás lo maravillosa que es, pero no sólo porque está como un tren…, ¡menuda cocinera es! ¡Caray, qué manera de cocinar! Nunca has probado nada igual en tu vida -dijo Balilty, y se relamió con gesto de extraordinaria glotonería-. Sabe rellenar una zanahoria de tal forma que ni la madre de la zanahoria la reconocería, y cómo condimenta el zuchini; dale un trozo de carne ¡y qué maravillas no hará con un trozo de cordero! ¿Y es la querida de Klein? ¡No me lo creo! A lo mejor no es ella -dijo con esperanza, y continuó escuchando la cinta.
Llevaron a Klein a la sala de reuniones, donde Manny Ezra se quedó vigilándolo. Balilty escuchaba la grabación por segunda vez. Estaban esperando a Eli Bahar, que había ido a buscarla.
– En primer lugar -dijo Michael una vez que la tuvo sentada frente a él en su despacho-, quiero que me explique los datos concretos.
Mali Arditi lo miró con una sonrisa que iluminó toda la habitación, y después prorrumpió en una risa clara, franca, que sacudió sus hombros rellenos, redondeados y sus generosos pechos; más tarde Balilty la describiría diciendo: «Tiene por donde agarrarla». Luego Mali levantó un tirante que se le había escurrido del hombro. «Una muñeca pelirroja», había dicho Balilty, y se había quedado corto, pensó Michael contemplando las espesas ondulaciones de su cabello cobrizo, que ahora recogía enroscándolo sobre sí mismo sin parar de reír. Mali pertenecía a la rara estirpe de pelirrojos sin pecas en la piel. Tenía los brazos y la parte superior del seno, revelada por el escote, suaves y oscuros; «una mousse de café», había dicho Balilty al divisarla al fondo del pasillo. «Ese maldito Klein, ¿cómo se las habrá arreglado?»