Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Se abrió la puerta y Raffi Alfandari asomó la cabeza.
– Está aquí. ¿Cuándo quieres verlo?
– Déjale que espere -repuso Michael.
– Déjale que se torture un rato -añadió Balilty aviesamente, y la cabeza de Raffi desapareció.
– ¿A qué hora habéis llegado? -preguntó Eli Bahar.
– Ahora mismo, cinco minutos antes de que os localizara en el laboratorio. No hemos tenido tiempo ni de comer. Rosh Pinna queda lejos. Raffi nos ha traído en tres horas justas. Y mientras yo te llamaba por teléfono, se fue a apostar a la entrada de casa de Klein, para que el pájaro no saliera volando. ¿Qué me decís de lo que os he contado? Un tipo por el que todos andan locos, el gran hombre en persona, pero como bien dice vuestro jefe, siempre hay que hablar con los vecinos.
Balilty enmudeció y miró a Michael, que continuaba con la expresión en blanco y el cuerpo petrificado. Revolviéndose en la silla, Balilty dijo:
– Me muero de hambre; vamos a tomar un bocado en el bar de la esquina y a traerle algo al jefe. ¿Eh, Ohayon? ¿Qué dices a eso?
Michael no dijo nada. Al fin hizo un vago movimiento con la cabeza, que Balilty decidió interpretar como un gesto de consentimiento.
– ¿Qué te traemos? -preguntó indeciso.
– Nada, gracias. No tengo apetito, ya he comido -replicó Michael al reparar en que los dos hombres aguardaban su respuesta, ya junto a la puerta.
En ese momento le repitió el sabor de la cebolla del almuerzo. Al quedarse solo, llamó a Shorer. No hubo respuesta. Probó el teléfono de su casa sin que tampoco respondiera nadie. Se resignó al fin a colgar, diciéndose que nadie podía sacarle del apuro. Trató de desterrar la inquietud y la confusión velando sus pensamientos. No había ningún culpable, nadie le había engañado, la responsabilidad era suya y nada más que suya, y se sentía traicionado. Ariyeh Levy tenía razón: se había dejado deslumbrar por la mansión, la familia de rancio abolengo, el hombre del Renacimiento moderno. Y quizá Klein tendría algo que decirle, tal vez había una explicación sencilla. Entonces, ¿por qué había mentido su madre? ¿Qué tenía que ocultar Klein?, se preguntó mientras marcaba el número del despacho de al lado y le decía a Alfandari que trajera al sujeto.
Klein apareció en el umbral. Llevaba la misma camisa de hacía unas horas, la camisa rayada de manga corta con la que resaltaban sus poderosos brazos. A su lado, Raffi parecía encanijado. Raffi salió del despacho muy excitado y Michael supo que se instalaría en el despacho contiguo y no se perdería ni una palabra del interrogatorio.
Michael notó que se le contraían los músculos de la cara y los ojos se le vaciaban de expresión.
También Klein parecía tenso, nunca lo había visto así desde su primer encuentro, cuando apareció anunciándose con su voz tonante en la secretaría de la universidad. Con el semblante pálido, respondió a la muda invitación de Michael a que tomara asiento frente a él, al otro lado de la mesa. El regusto a cebolla y a aceitunas griegas volvió a subirle a Michael por la garganta, provocándole náuseas. Trató de dominar el pánico, hacer caso omiso de la ansiedad, borrar de su mente la idea de que el mundo estaba a punto de desplomarse en torno suyo y tendría que enfrentarse inexorablemente al hecho de que se había dejado engañar por sus deseos, perdiendo la frialdad de juicio. Ese pensamiento no le dejaba en paz; quiso ahogarlo en indignación, mas la ansiedad lo dominaba. Al tratar de relajar las piernas, ni siquiera logró estirarlas. En el despacho había un ambiente sofocante. Comprobó que la ventana estaba abierta echando la vista atrás y volvió a mirar a Klein, que permanecía sentado y en silencio. El catedrático carraspeó al fin y preguntó con su voz de bajo:
– ¿Cuál es el problema?
Michael posó la vista en sus gruesos labios, resecos, y le preguntó quedamente cuándo había regresado de Estados Unidos.
– Ya se lo he dicho. El jueves por la tarde. Debe de ser facilísimo comprobarlo -respondió Klein en tono de perplejidad, pero a Michael no le pasaron inadvertidas las manos crispadas, los puños apretados. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y de su frente brotaban goterones de sudor. Michael tomó nota de todos los detalles. «Fíjense en el cuerpo», solía explicar a los alumnos de la Academia de Policía, «es el cuerpo el que nos habla». El cuerpo de Klein hablaba a gritos. Todos sus movimientos delataban aprensión. Sin embargo, en su voz educada no había huellas de cólera. Michael sabía que Klein había mentido, o, más precisamente, se consoló, que había ocultado información, y, a pesar de eso, no lograba desterrar la rendida admiración que le inspiraba. «No debería interrogarlo yo», pensó; estoy demasiado implicado. Pero a la vez quería que lo trataran bien, que le demostraran respeto; no hay nadie a la altura de un hombre de este calibre, no lo puedo dejar en manos de Balilty ni de Bahar.
– Vuelva a explicarme, por favor, por qué no vinieron en el mismo vuelo. Usted y su familia.
– ¿Qué sucede? -preguntó Klein, y se pasó la lengua por los labios resecos-. ¿Qué ha sucedido de repente?
– Limítese a contestarme: ¿por qué vinieron en distintos vuelos?
– Porque mi hija tenía una fiesta de fin de curso. La mediana, Dana. Ya se lo he dicho. No quería faltar y yo no podía posponer el viaje. Mi madre me esperaba; se lo había prometido. Y, además, no quedaban más billetes para el vuelo del sábado. Ofra y yo nunca cogemos el mismo avión…, le da miedo.
– ¿Y sin embargo vino en el mismo vuelo que todas sus hijas?
– Sí, ya se lo he dicho -se impacientó Klein.
– Está bien, dejémoslo de momento. Me dijo que tenía reservado un coche de alquiler. ¿En el aeropuerto?
Klein asintió con un gesto. Aún tenía los brazos cruzados, como si tratara de esconder los crispados puños.
– Lo reservé desde Nueva York.
– ¿Por qué no fue su familia a recibirlo? Llevaban casi un año sin verlo, su hermano, su hermana, incluso su madre; ¿por qué no fueron al aeropuerto?
Klein desdobló los brazos y posó las manos sobre las rodillas, con lo que sus hombros se alzaron y la mitad superior de su cuerpo se estiró, alargándose. Michael esperaba.
– Son asuntos familiares complejos. Habíamos quedado en eso, en que iría a casa de mi madre el sábado. No me gusta causar molestias.
– ¿Está seguro de que ése fue el motivo?
– ¿Qué pretende decir? ¿Qué otro motivo se le ocurre?
– Darle libertad de movimientos, por ejemplo -dijo Michael despacio, mientras en su interior se debatían impulsos contradictorios. «Déjale mentir, déjale que siga mintiendo», pensaba; «así podré enfadarme con él». Al propio tiempo, también quería que no mintiera, que las cosas siguieran como hacía unas horas, que continuara siendo un buen tipo.
Pero Klein callaba.
Al cabo de un rato, Michael hizo la pregunta que le asustaba plantear.
– ¿En qué momento exacto llegó a Rosh Pinna, a casa de su madre?
Klein volvió a cruzarse de brazos.
– Ya se lo he dicho -replicó, y frunció los labios dibujando una línea recta.
Michael aguardó sin que Klein añadiera nada.
– Sabemos que no estuvo allí el jueves por la noche -se decidió a decir Michael. No soportaba la idea de que Klein mintiera-. ¿Cuándo llegó allí?
Al cabo de una eternidad, Klein suspiró y dijo:
– Da igual cuándo llegara.
Hubo un prolongado silencio. Michael miró a los ojos a Klein, que apoyó los codos en la mesa y sepultó el rostro entre las manos.
– ¿Podría explicarme más precisamente por qué da igual?
– Porque no viene al caso -dijo Klein, elevando la mirada para buscar la de Michael-. Créame si le digo que no tiene nada que ver con el asesinato.
– Profesor Klein -dijo Michael, sintiendo que su cólera comenzaba a rebosar-, tendrá que ser un poco más explícito para que pueda otorgarle algún crédito. ¿Cuándo llegó exactamente y por qué no viene al caso?