Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– ¿Qué le dijo hoy? Cuando lo vimos después de que os fuerais, ni siquiera nos dirigió la palabra.
– Bueno…, estuvieron hablando un rato -dijo Calabaza-, y luego Hatsumono fingió que algo le había recordado una historia. Y empezó a contarla: «Hay una joven aprendiza llamada Sayuri, que vive en mi misma okiya…». Cuando el doctor oyó tu nombre…, se irguió en la silla como si acabara de picarle una avispa, en serio. Y dijo: «¿La conoces?». A lo que Hatsumono le respondió: «Pues claro que la conozco, doctor. ¿No le estoy diciendo que vive en mi okiya?». Y luego dijo algo que no recuerdo, y de pronto continuó: «No debería hablar de ella porque… bueno, en realidad, le estoy guardando un secreto…».
Me quedé fría al oír esto. Estaba segura de que Hatsumono se habría inventado algo verdaderamente espantoso.
– ¿Cuál era el secreto, Calabaza?
– No estoy muy segura de saberlo -me contestó Calabaza-. No parecía nada del otro mundo. Hatsumono le contó que había un joven que vivía al lado de nuestra okiya y que Mamita tenía unas normas muy rígidas con respecto a amigos y novios. Hatsumono le dijo que tú y ese chico os gustabais, y que a ella no le importaba encubriros porque pensaba que Mamita era demasiado estricta. Incluso le dijo que cuando Mamita salía, os dejaba solos en su propio cuarto. Y luego dijo algo como: «¡Oh! ¡Pero si yo no debería contarle nada de esto! ¿Y si llegara a los oídos de Mamita, después de todo lo que me ha costado encubrirlos?». Pero el doctor le dijo que le agradecía toda esa información, y que descuidara, que no pensaba decírselo a nadie.
Me imaginaba lo que habría disfrutado Hatsumono tramando esa pequeña intriga. Le pregunté a Calabaza si sabía algo más, y me dijo que no.
Se lo agradecí repetidamente y le dije cuánto lamentaba que hubiera tenido que pasar todos esos años de esclava de Hatsumono.
– Supongo que algo bueno tenía que salir de todo esto. Hace sólo unos días, Mamita se decidió por fin a adoptarme. Así que puede que se haga realidad mi sueño de tener un sitio donde acabar mis días.
Casi me mareo cuando oí esas palabras, aunque le dije cuánto me alegraba por ella. Y era verdad que me alegraba por Calabaza, pero también sabía que formaba parte del plan de Mameha el que Mamita me adoptara.
Al día siguiente, en su apartamento, se lo conté todo a Mameha. En cuanto oyó lo del novio, empezó a mover la cabeza indignada. Yo ya lo había entendido, pero me explicó que Hatsumono había encontrado una ingeniosa manera de meter en la cabeza del Doctor Cangrejo la idea de que mi «cueva» ya había sido explorada por la «anguila» de otro hombre.
Pero Mameha se preocupó aún más por la inminente adopción de Calabaza.
– Calculo -dijo- que tenemos unos meses hasta que la adopción se lleva a cabo realmente. Lo que significa que ha llegado el momento de tu mizuage, Sayuri, estés o no preparada para ello.
Esa misma semana, Mameha encargó a mi nombre en la confitería un tipo de pasteles de arroz que llamamos ekubo, que en japonés significa «hoyuelo». Los llamamos así porque tienen una especie de hoyuelo en su parte superior con un pequeño círculo rojo en el centro; algunas personas los consideran muy sugerentes. A mí siempre me recordaron a un cojín diminuto, suavemente rehundido, como si una mujer hubiera recostado en él la cabeza para dormir y lo hubiera manchado de carmín en el centro, pues estaba demasiado cansada para quitárselo antes de tumbarse. En cualquier caso, cuando una aprendiza de geisha está disponible para el mizuage, regala cajas de ekubo a los hombres que ha frecuentado. La mayoría se los dan por lo menos a una docena de hombres, o, tal vez, más; pero en mi caso, sólo había dos: Nobu y el doctor, y eso teniendo suerte. En cierto modo me apenaba no dárselos al Presidente; pero por otro lado, todo el asunto parecía tan desagradable que no lamentaba totalmente dejarlo fuera.
Ofrecerle la caja de ekubo a Nobu fue cosa fácil. La dueña de la Casa de Té Ichiriki lo avisó para que una noche determinada viniera a una hora más temprana, y Mameha y yo nos reunimos con él en una habitación que daba al patio de la entrada. Yo le agradecí todas las atenciones que había tenido conmigo durante los últimos seis meses, pues no sólo me había llamado para asistir a sus fiestas, incluso cuando el Presidente no estaba, sino que también me había hecho varios regalos, además de la peineta de la noche que había aparecido Hatsumono. Después de darle las gracias, le hice una reverencia y, tomando la caja de ekubo, que iba envuelta en papel de estraza y atada con un basto cordel, la deslicé sobre la mesa hacia donde estaba él. Él la aceptó, y Mameha y yo volvimos a agradecerle su cortesía, haciendo una reverencia tras otra hasta que empezamos a marearnos. La pequeña ceremonia había concluido, y Nobu salió de la habitación con la caja en la mano. Un rato más tarde, cuando estaba entreteniendo a sus invitados, no hizo la menor referencia a ella. En realidad, creo que había estado un poquito incómodo.
El Doctor Cangrejo, claro está, era harina de otro costal. Para empezar, Mameha tuvo que recorrer las principales casas de té de Gion para decirle a sus respectivas dueñas que tuvieran la bondad de avisarla si el doctor se dejaba caer por allí. Esperamos unas cuantas noches hasta que nos informaron de que había aparecido en una casa de té llamada Yashino, como invitado de otra persona. Me apresuré al apartamento de Mameha a cambiarme de ropa y enseguida me puse en camino hacia Yashino con la caja de ekubo envuelta en un trozo de seda.
La Casa de Té Yashino era bastante moderna y estaba en un edificio de estilo occidental. Las salas eran elegantes a su manera, con vigas oscuras y todo eso; pero en lugar de esteras de tatami y mesitas bajas rodeadas de cojines, la habitación a la que me pasaron aquella noche tenía un suelo de madera parcialmente cubierto de oscuras alfombras persas y una mesita de café con varios mullidos sillones. Tengo que admitir que nunca se me hubiera ocurrido sentarme en uno de ellos. En su lugar, me arrodillé en la alfombra esperando a Mameha, aunque mis rodillas se resintieron de la dureza del suelo. No me había movido de esta posición cuando media hora después entró Mameha.
– Pero ¿qué haces? -me preguntó-. Ésta no es una habitación de estilo japonés. Siéntate en uno de esos sillones e intenta no desentonar.
Hice lo que Mameha me decía. Pero cuando ella misma se sentó frente a mí, parecía tan incómoda como debía de parecerlo yo.
Al parecer, el doctor estaba en la habitación de al lado, en una fiesta. Mameha ya había estado allí un rato entreteniendo y sirviendo a los invitados.
– Le he servido mucha cerveza para que tuviera que salir al servicio -me dijo-. Y cuando salga, le cazaré en el pasillo y le pediré que entre aquí un momento. Tienes que darle la caja sin más preámbulos. No sé cómo va a reaccionar, pero ésta es nuestra única oportunidad de reparar el daño que nos ha causado Hatsumono.
Mameha salió, y yo esperé un buen rato sentada en el sillón. Estaba muy nerviosa y muerta de calor, y me preocupaba que el maquillaje blanco se me estropeara con el sudor y pareciera un futón con todas las sábanas revueltas. Busqué algo para distraerme; pero lo único que podía hacer era levantarme de vez en cuando para echarme un vistazo en el espejo.
Finalmente oí voces y luego llamaron a la puerta y Mameha la abrió.
– Un momento, doctor, si es usted tan amable.
Distinguí al Doctor Cangrejo entre las sombras del pasillo, con una expresión tan sombría como las de los retratos que cuelgan en las grandes paredes de los bancos. Me miraba desde detrás de sus gafas. Yo no estaba segura de qué hacer; normalmente habría hecho una reverencia arrodillada en el tatami, así que me levanté del sillón y me arrodillé en la alfombra para hacerlo igual, aunque sabía que a Mameha no le gustaría y se enfadaría conmigo. No creo que el doctor se dignara mirarme.