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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¿Por qué actúa así? -preguntó sin entender. Aunque en realidad se planteaba por qué Helen permitía que su esposo hiciera tal tontería. De hecho, ella nunca se había interesado por el mundo rural, pero tratándose de su supervivencia económica debería de haberse ocupado de ello.

– Ah, es un círculo vicioso -suspiró Brewster, ofreciéndole un cigarro-. O bien la granja es demasiado pequeña o el terreno demasiado pobre para una cantidad tan grande de animales. Pero una menor cantidad no da lo suficiente para vivir, así que se aumenta para ver si hay suerte. En los años buenos la hierba es suficiente, pero en los malos se agota el forraje para el invierno. Hay que comprarlo…, y para ello, una vez más, no hay dinero suficiente. O bien se lleva a los animales a la montaña con la esperanza de que no vuelva a nevar.

»Pero hablemos de algo más alegre. Usted está interesado en que le ceda mis clientes. De acuerdo, con gusto se los presentaré a todos. Seguro que nos pondremos de acuerdo en el traspaso. ¿Estaría usted también interesado eventualmente en nuestra agencia? ¿Despachos y almacenes en Christchurch y Lyttelton? Puedo alquilarle la casa y garantizarle el derecho a compra… O podemos asociarnos y conservo una parte del negocio como socio sin voz. Esto me protegería en caso de que disminuyera enseguida la fiebre del oro.

Los hombres pasaron la tarde revisando los bienes raíces y George quedó impresionado por la empresa de Brewster. Al final acordaron tratar las condiciones precisas para la cesión después de la excursión de George a las llanuras de Canterbury. Éste se despidió con buen ánimo de su socio y escribió de inmediato una carta a su padre. Greenwood Enterprises nunca había llegado a crear un fideicomiso en un nuevo país con tanta rapidez y facilidad. Ahora lo único que se planteaba era la cuestión sobre cómo dar con un administrador capacitado. El mismo Brewster hubiera sido el ideal, pero quería marcharse…

Por lo pronto, George dejó a un lado tal reflexión. Al día siguiente se marcharía tranquilamente a Haldon. Volvería a ver a Helen.

– ¿Otra vez visitas? -preguntó Gwyneira con desagrado. En realidad habría preferido aprovechar ese precioso día de primavera para visitar a Helen. Fleurette llevaba días quejándose de que quería ir a jugar con Ruben; además, a la madre y la niña se les estaba agotando la lectura. A Fleurette le fascinaban los cuentos. Le encantaba que Helen se los leyera y ella misma ya hacía intentos de copiar las letras cuando asistía a las clases.

«¡Igual que su padre!», decía la gente de Haldon cuando Gwyneira volvía a pedir libros para leérselos a la pequeña. La señora Candler siempre encontraba similitudes físicas con Lucas que Gwyn no podía distinguir. A sus ojos, Fleurette no tenía prácticamente nada en común con Lucas. La niña era esbelta y pelirroja como Gwyn, pero el azul original del iris se había convertido a los pocos meses en un castaño claro con unos toques ambarinos. Los ojos de Fleur eran, a su manera, tan fascinantes como los de Gwyneira. El ámbar que había en ellos parecía resplandecer cuando se emocionaba y podía verdaderamente lanzar llamas si la niña montaba en cólera. Y eso sucedía deprisa, como su amante madre debía reconocer. Fleurette no era una niña tranquila y fácil de contentar como Ruben. Era vivaracha, muy exigente y se encolerizaba cuando no conseguía sus propósitos. Entonces juraba como un carretero, se ponía roja y, en caso extremo, escupía. Fleurette Warden, con casi cuatro años de edad, no era sin lugar a dudas una lady.

A pesar de ello mantenía una buena relación con su padre. Lucas estaba entusiasmado con su temperamento y cedía con demasiada frecuencia a sus cambios de humor. No hacía ningún intento por educarla, sino que parecía clasificarla en el ámbito de «objetos de investigación de sumo interés». Con el resultado de que Kiward Station ahora tenía dos habitantes cuya pasión era coleccionar wetas, dibujarlos y observarlos. Aun así, Fleur estaba interesada sobre todo en los saltos de esos bichos y encontraba que era una buena idea pintarlos de colores. Gwyneira había desarrollado una habilidad notable para cazar a esos enormes insectos con ayuda de tarros de conservas.

Pero ahora se preguntaba cómo debía explicar a la niña que no iban a emprender la salida prometida.

– ¡Sí, otra vez un invitado! -gruñía Gerald-. Si milady lo permite. Un comerciante de Londres. Ha pasado la noche en casa de los Beasley y llegará aquí por la tarde. Reginald Beasley ha sido tan amable que ha enviado un mensajero. Así podremos recibir al caballero de forma conveniente. ¡Naturalmente, sólo si eso es del agrado de milady!

Gerald se levantó vacilante. Aunque todavía no era mediodía, parecía no estar sobrio desde la noche anterior. Cuanto más bebía, más malintencionados eran sus comentarios acerca de Gwyneira. En los últimos meses ella se había convertido en su objeto de escarnio favorito, lo que sin duda residía en el hecho de que fuera invierno. En esa estación, Gerald se daba más cuenta de que su hijo se escondía en su estudio en lugar de ocuparse de la granja, y tropezaba más a menudo con Gwyneira, quien permanecía más en casa a causa del tiempo lluvioso. En verano, cuando se esquilaban de nuevo las ovejas, nacían los corderos y se emprendían otras labores de la granja, Gerald volvía a concentrarse en Lucas mientras Gwyneira emprendía oficialmente largos paseos a caballo y volaba en realidad a casa de Helen. Si bien Gwyneira y Lucas ya conocían ese ciclo por los últimos años, no por ello les resultaba más llevadero. En realidad sólo había una posibilidad de romper el círculo vicioso. Gwyneira tenía que darle a Gerald por fin el deseado heredero. Sin embargo, las energías de Lucas en este aspecto parecían más bien disminuir con los años. Era así de simple: Gwyneira no le excitaba; por lo que ni pensar en engendrar a un segundo hijo. Y la creciente incapacidad de Lucas para compartir el lecho conyugal hacía imposible repetir el engaño de Fleur. Gwyneira tampoco se hacía ilusiones a este respecto. James McKenzie no volvería a aceptar un acuerdo para ello. Y ella tampoco volvería a conseguir separarse de él a continuación. Después del nacimiento de Fleurette, Gwyneira había tardado meses en superar el dolor de la añoranza y la desesperación que la paralizaba cada vez que veía o tocaba a su amante. No siempre podía evitar esto último, pues hubiera parecido extraño que James dejara de tenderle la mano de repente para ayudarla a bajar del carro o que hubiera dejado de recogerle la silla una vez que ella hubiera llevado a Igraine al establo. En cuanto sus dedos se rozaban se producía una explosión de amor y de reconocimiento que apagaba el continuo «nunca más, nunca más» que casi hacía estallar la cabeza de Gwyneira. En algún momento, las cosas mejoraron. Gwyn aprendió a controlarse y los recuerdos empalidecieron. Pero empezarlo todo de nuevo era inconcebible. ¿Y otro hombre? No, no lo conseguiría. Antes de James hubiera dado iguaclass="underline" todos los hombres se parecían más o menos. ¿Pero ahora…? No quedaba ninguna esperanza. Si no sucedía un milagro, Gerald debería resignarse a que Fleur fuera su única nieta.

A la misma Gwyneira no le hubiera importado. Amaba a Fleurette y reconocía tanto su propio ser en ella como todo cuanto había amado en James McKenzie. Fleur era aventurera y lista, tozuda y divertida. Entre los niños maoríes tenía bastantes compañeros de juegos, pues hablaba su lengua con fluidez. Pero a quien más quería era a Ruben, el hijo de Helen. El pequeño, un año mayor que ella, era su héroe y modelo. A su lado conseguía incluso quedarse quieta y en silencio durante la clase de Helen.

Así que hoy no podría ser. Gwyn suspiró y llamó a Kiri para que recogiera la mesa del desayuno. Cabía la probabilidad que a esta última no se le hubiera ocurrido. Hacía poco que se había casado y sólo tenía en mente a su marido. Gwyn únicamente esperaba que les comunicara su embarazo… y que Gerald explotara de nuevo.

Después había que convencer a Kiri para que abrillantara la plata y hablar con Moana acerca de la cena. Algo con cordero. Y un yorkshire pudding tampoco estaría mal. Pero primero, Fleur…

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