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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– La dejaremos ahí para la eternidad -dijo, dirigiendo la vista a la tarjeta de visita-. ¡Hará feliz a mi suegro! Buenos días y bienvenido a Kiward Station. Soy Gwyneira Warden. Entre y póngase cómodo. Mi suegro pronto estará de vuelta. ¿O prefiere refrescarse ahora y cambiarse para la cena? Habrá un menú especial…

Gwyneira sabía que con esta indirecta sobrepasaba los límites de la buena educación. Pero era probable que ese joven no esperase que en una visita a tierras vírgenes se sirviera una cena de varios platos para la que los anfitriones iban a lucir ropa formal. Si George aparecía con los pantalones de montar y la chaqueta de piel que llevaba en esos momentos, Lucas estaría consternado y Gerald, posiblemente, ofendido.

– George Greenwood -se presentó sonriendo. Por fortuna no parecía fastidiado-. Muchas gracias por la indicación, preferiría lavarme primero. Tiene usted una casa preciosa, Warden. -Siguió a Gwyneira al salón y se quedó maravillado ante los impresionantes muebles y la gran chimenea.

Gwyneira asintió.

– Yo, personalmente, la encuentro un poco grande, pero mi suegro la encargó a los más reputados arquitectos. Todos los muebles son de Inglaterra. ¡Cleo, bájate de la alfombra de seda! ¡Y olvídate de tener las crías aquí!

Gwyn se había dirigido a una rolliza perra collie que descansaba sobre una distinguida alfombra oriental delante de la chimenea. El animal se puso en pie ofendido y trotó a otra alfombrilla que con toda certeza no sería menos valiosa que la primera.

– Se siente muy importante cuando está esperando -explicó Gwyneira, acariciando a la perra-. Pero ya puede sentirse así. Da a luz a los mejores perros pastores del entorno. En lo que va de tiempo, las llanuras de Canterbury rebosan de pequeños Cleos. La mayoría formada por nietos; además, dejo que la monten pocas veces. ¡No tiene que engordar!

George se sorprendió. Por lo que habían contado el director del banco y Peter Brewster, la señora de Kiward Station, con sólo una hija, parecía ser una lady beata y sumamente distinguida. Pero Gwyneira hablaba ahora con soltura sobre la cría de perros y no sólo permitía que un perro pastor entrara en la casa, sino que se tendiera en una alfombra de seda. Dejando aparte que no había pronunciado palabra sobre los pies sin calzar de las doncellas.

Charlando animadamente, la joven condujo al visitante a la habitación de invitados e indicó a los sirvientes que recogieran sus alforjas.

– Y dile a Kiri, por favor, que se calce. Lucas se pone histérico si sirve la comida así.

– Mami, ¿por qué tengo que ponerme zapatos? ¡Kiri no lleva!

George se encontró con Gwyneira y su hija en el pasillo que daba a su habitación justo cuando se disponía a bajar a cenar. Había hecho lo mejor que podía respecto a su indumentaria. El traje marrón claro estaba un poco arrugado, pero estaba cortado a medida y le sentaba mejor que los pantalones de piel y la chaqueta encerada que había adquirido en Australia.

También Gwyneira y esa niñita arrebatadora y pelirroja que con ella se peleaba iban vestidas con elegancia.

Gwyneira llevaba un traje de noche de color turquesa que no respondía a la última moda, pero con un corte tan impresionantemente distinguido que también hubiera causado sensación en los mejores salones londinenses…, al menos lucido por una mujer tan bella como ella. A la niñita le habían puesto un vestido de tirantes color verde claro que casi quedaba totalmente cubierto por la abundancia de sus bucles cobrizos. Cuando el cabello de Fleur caía suelto, se abría un poco por los lados y se encrespaba como el oropel de un ángel. Al precioso vestidito le correspondían unos zapatos de un sutil color verde, pero era evidente que la niña prefería llevarlos en la mano que en los pies.

– ¡Me aprietan! -aseguró.

– ¡Fleur, no te aprietan! -contestó la madre-. Hace apenas cuatro semanas que los compramos y casi eran demasiado grandes. ¡Ni siquiera tú creces tan deprisa! E incluso si aprietan: una lady soporta un ligero dolor sin quejarse.

– ¿Como los indios? Ruben dice que en América tienen unos postes y se hacen daño para divertirse y para ver quién es el más valiente. Se lo ha contado su papá. Pero Ruben cree que es una tontería, como yo.

– Esto en cuanto al tema «comportarse como una lady» -observó Gwyneira, y miró a George en busca de ayuda-. Ven, Fleurette. He aquí un gentleman. Viene de Inglaterra, como yo y la mamá de Ruben. Si tus modales son distinguidos, tal vez te salude con un besamanos y te llame milady. Pero sólo si te pones los zapatos.

– El señor James siempre me llama milady, aunque vaya descalza.

– Pero él seguro que no viene de Inglaterra -señaló George, siguiendo el juego-. Y seguro que todavía no ha sido presentado a la reina… -Ese honor se había concedido a los Greenwood el año anterior y la madre de George probablemente viviría de ello el resto de su vida. A diferencia de su hija, a Gwyneira eso no pareció impresionarla.

– ¿De verdad? ¿La reina? ¿Has visto a una princesa? -preguntó la niña.

– A todas las princesas -afirmó George-. Y todas llevaban zapatos puestos.

Fleurette suspiró.

– Bueno -respondió, y se calzó los zapatos.

– Muchas gracias -dijo Gwyneira, guiñando el ojo a George-. Me ha sido usted de gran ayuda. En estos momentos, Fleurette no está del todo segura de si quiere ser reina de los indios en el salvaje Oeste o casarse con un príncipe y criar ponis en su castillo. Por añadidura encuentra a Robin Hood sumamente atractivo y piensa en la posibilidad de vivir al margen de la ley. Con lo cual, me temo que se decida por lo último. Por desgracia le gusta comer con los dedos y también practica el tiro con el arco. -Hacía poco que Ruben había construido un arco para él y su pequeña amiga.

George se encogió de hombros.

– Bueno, seguro que lady Marian comía con cuchillo y tenedor. Y en el bosque de Sherwood no se llega muy lejos sin zapatos.

– ¡Buen argumento! -exclamó Gwyn riendo-. Venga, mi suegro ya estará esperando.

Los tres juntos descendieron armoniosamente la escalera.

James McKenzie había acompañado al salón a Gerald Warden. Esto ocurría pocas veces, pero ese día había que firmar un par de facturas que McKenzie había traído de Haldon. Warden quería solucionarlo pronto: los Candler necesitaban su dinero y McKenzie se marcharía el día siguiente al amanecer para recoger la siguiente entrega. Kiward Station seguía estando en construcción: se estaba edificando un establo para el ganado vacuno. Desde que había estallado la fiebre del oro en Otago, la cría de bueyes florecía: todos los buscadores de oro debían ser abastecidos y no había nada que valorasen más que un buen filete. Los granjeros de Canterbury conducían cada dos meses rebaños enteros de bueyes hacia Queenstown. En esos momentos, el viejo Warden estaba sentado junto a la chimenea y examinaba las facturas. McKenzie contemplaba esa habitación decorada con todo lujo y se preguntaba en vano cómo sería vivir ahí. Entre todos esos muebles relucientes, las suaves alfombras…, con una chimenea que llenaba la habitación de una acogedora calidez y que no había que volver a encender en cuanto se regresaba a casa. A fin de cuentas, ¿para qué se tenían criados? James encontró todo eso tentador, pero bastante ajeno. Él no lo necesitaba ni tampoco aspiraba a ello. Pero tal vez Gwyneira sí. Bueno, cuando consiguiera hacerla suya también él construiría una casa como ésa y vestiría unos trajes como los de Lucas y Gerald Warden.

De la escalera llegaban ahora voces. James alzó la vista con curiosidad. La estampa de Gwyneira con el vestido de noche lo cautivó y su corazón empezó a latir más deprisa, así como ver a su hija, a la que raras veces contemplaba vestida de fiesta. Creyó al principio que el hombre que las acompañaba era Lucas. Un porte erguido, un elegante traje formal de color marrón…, pero luego distinguió a otro individuo bajando la escalera. En realidad debería de haberse percatado antes, pues nunca había visto a Gwyneira reír y bromear de forma tan alegre en compañía de Lucas. Ese caballero parecía divertirla. Gwyneira se burlaba de él, su hija o los dos, y él le devolvía igual de complacido la pulla. En James se despertaron los celos. ¿Quién demonios era ese hombre? ¿Quién le daba derecho para ir tonteando con su Gwyneira?

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