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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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En cualquier caso, el extranjero tenía buena apariencia. Tenía un rostro delicado, de rasgos bellos e inteligentes, y unos ojos castaños de mirada algo sarcástica. Su cuerpo casi parecía larguirucho, pero era alto y fuerte y se movía con agilidad. Su actitud expresaba confianza en sí mismo y audacia.

¿Y Gwyn? James percibió el destello acostumbrado en sus ojos cuando la vio en el salón. ¿Pero era en realidad la chispa que en cada encuentro se reavivaba de las cenizas de su antiguo amor o sólo se reflejaba la sorpresa en la mirada de Gwyneira? Gwyneira no dejaba adivinar sentimientos si se percataba de la expresión adusta del joven capataz.

– ¡Señor Greenwood! -También Gerald Warden se había dado cuenta entretanto de la presencia de los tres en la escalera-. Por favor, disculpe que no estuviera aquí para recibirlo. Pero ya veo que Gwyneira le ha familiarizado con la casa. -Gerald tendió la mano al visitante.

De acuerdo, ése debía de ser el comerciante de Inglaterra cuya llegada había desbaratado los planes del día de Gwyneira. Pero ahora no parecía enojada por ello, sino que indicó a Greenwood con gentileza que tomara asiento.

A James, por el contrario, lo dejó en pie… Los celos de McKenzie se transformaron en ira.

– Las facturas, señor Gerald -señaló.

– Sí, de acuerdo, las facturas. Todo en orden, McKenzie, las firmo enseguida. ¿Un whisky, señor Greenwood? Tiene que contarnos cómo van las cosas en nuestra Good Old England.

Gerald estampó una apresurada firma en los documentos y a partir de entonces sólo tuvo ojos para el invitado… y la botella de whisky. La pequeña petaca que siempre llevaba consigo debía de haberse vaciado a principios de la tarde como mínimo y el humor de Gerald iba empeorando de forma proporcional. McAran le había contado a James acerca de una desagradable escena entre Gerald y Lucas en los establos. Se trataba de una vaca que había tenido complicaciones en el parto. Una vez más, Lucas no había estado a la altura de las circunstancias: no soportaba ver la sangre. Por este motivo, encargarle precisamente la cría de los bueyes no había sido la mejor idea del viejo Warden. En opinión de McKenzie, Lucas lo habría hecho mucho mejor ocupándose de la administración de los campos. A Lucas le funcionaba mejor la cabeza que las manos y cuando se trataba del cálculo de beneficios, empleo preciso de abonos y el cálculo de rentabilidad de la maquinaria agrícola siempre pensaba de manera que favorecía los beneficios.

El balido de los animales de cría lo sacaba de quicio y esa tarde la situación se había agravado de nuevo. No obstante, eso era una suerte para Gwyn. Cuando la ira de Gerald se dirigía hacia Lucas, a ella la dejaba en paz. Pero ella cumplía muy bien sus deberes. Este invitado, al menos, parecía estar encantado.

– ¿Algo más, McKenzie? -preguntó Gerald, sirviéndose whisky.

James se apresuró a despedirse. Fleur lo siguió cuando se marchaba.

– ¿Has visto? -preguntó-. Llevo zapatos como una princesa.

James rio, de nuevo sosegado.

– Son muy bonitos, milady. Pero su presencia siempre es arrebatadora sin importar qué zapatos lleve.

Fleurette frunció el entrecejo.

– Esto sólo lo dices tú porque no eres un gentleman -dijo-. Los gentlemen sólo respetan a una dama si lleva zapatos. Me lo ha contado el señor Greenwood.

En una situación normal, tal comentario habría divertido a James, pero ahora las llamas de su cólera se reavivaban. ¿Cómo se permitía ese tipo enfrentar a la hija con su padre? James apenas si logró dominarse.

– Entonces, milady, ponga cuidado en ir con los hombres adecuados en lugar de con grandes nombres sin sangre en las venas y bien trajeados. Pues si el respeto depende de unos zapatos, pronto se perderá.

Dirigió estas palabras a la sorprendida niña, pero llegaron a oídos de Gwyneira, que había ido tras su hija.

Ella lo contempló consternada, pero James le devolvió sólo una mirada sombría y se retiró a los establos. Hoy él también disfrutaría de un buen trago de whisky. ¡Que ella bebiera vino con su rico lechuguino!

El plato principal de la cena se componía de cordero y un gratinado de boniato, lo que confirmó las observaciones de George. Conservar las tradiciones no le importaba demasiado a la dueña de la casa, incluso si la sirvienta llevaba ahora zapatos y servía con toda corrección. Mientras lo hacía, mostraba tanto respeto por el señor de la casa, Gerald Warden, que casi rayaba en el miedo. El caballero de más edad parecía ser colérico y era manifiesto que poseía un temperamento vivo. Charlaba animado, aunque algo bebido, sobre Dios y el mundo y tenía una opinión sobre cualquier tema. El caballero joven, Lucas Warden, producía el efecto contrario, de ser más bien taciturno, casi enfermizo. Cuando su padre defendía ideas demasiado radicales parecía incluso sentir dolor físico. Salvo por eso, el esposo de Gwyneira era simpático, muy bien educado, un perfecto gentleman. Corregía afectuosamente, pero con determinación, los modales de su hija a la mesa: se le daba bien el trato con la niña. Fleur no andaba peleándose con él como con su madre, sino que desplegó obediente la servilleta sobre las rodillas y se llevó la carne de cordero a la boca con el tenedor en lugar de cogerla simplemente con las manos, como hacían antes los asilvestrados habitantes del bosque de Sherwood. Pero tal vez eso se debiera también a la presencia de Gerald. De hecho, nadie alzaba la voz en esa familia cuando el viejo estaba allí.

Pese al silencio que lo rodeaba, George se comportó como un buen conversador esa noche. Gerald contaba animadamente anécdotas relativas a la vida en la granja y George vio confirmadas las afirmaciones de la gente de Christchurch. El viejo Warden sabía de ovejas y de obtención de la lana, había tenido buen olfato adquiriendo bueyes y mantenía la granja en buenas condiciones. De todos modos, George mismo hubiera seguido hablando más rato con Gwyneira, y Lucas no le pareció tan aburrido como Peter Brewster y Reginald Beasley habían dado a entender. Gwyneira le había confesado antes que su esposo era el autor del retrato del salón. Se lo informó vacilante y casi con un poco de ironía, pero George contempló la imagen con suma atención. Él mismo no se hubiera calificado de conocedor del arte, pero en Londres solía acudir invitado a vernissages y subastas. Un artista como Lucas Warden habría encontrado allí a sus admiradores y, con algo de suerte, incluso habría alcanzado la fama y la riqueza. George reflexionó si valía la pena llevarse a Londres algunos de los cuadros. Por otra parte corría el riesgo de perder la simpatía de Gerald Warden. Seguramente, lo que menos deseaba el viejo era un artista en la familia.

De todos modos, esa noche la conversación no giró en torno al arte. Gerald se apropió del visitante de Inglaterra todo el rato, bebió toda una botella de whisky mientras tanto, y pareció no darse en absoluto cuenta de que Lucas se despedía lo antes posible. Gwyneira escapó incluso después de la cena a acostar a la niña. Aquí no había pues nodriza, lo que George encontró extraño. A fin de cuentas, el hijo de la casa había recibido, eso era evidente, una educación fundamentalmente inglesa. ¿Por qué Gerald se abstenía en el caso de su nieta? ¿No le había gustado el resultado? ¿O respondía al mero hecho de que Fleurette «sólo» era una niña?

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