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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¿Crees que para mí no es lamentable? -preguntó Gwyn cuando, dos días más tarde, visitó a su amiga y verificó que ya sabía la novedad-. Pero él es así. ¡Justo lo contrario de Lucas! Nadie diría que son padre e hijo. -Se mordió los labios en cuanto hubo pronunciado estas palabras.

Helen sonrió.

– Mientras tú estés convencida de ello… -dijo de forma ambigua.

Gwyn le devolvió la sonrisa.

– Sea como fuere, hasta aquí hemos llegado. Debes explicarme con todo detalle cómo me sentiré en los próximos meses para que no cometa ningún error. Y tendré que hacer ropa de ganchillo para el bebé. ¿Crees que en nueve meses aprenderé?

11

El embarazo de Gwyneira transcurrió sin ningún incidente. Incluso las conocidas náuseas de los primeros tres meses fueron clementes y no se produjeron. Así que tampoco se tomó en serio las advertencias de su madre, quien prácticamente desde que había contraído matrimonio le había estado suplicando que dejara de montar a caballo. En lugar de eso, Gwyn iba cada día que hacía bueno a ver a Helen o a la señora Candler… para evitar con ello a James McKenzie. Al principio le dolía cada mirada que le lanzaba y siempre que era posible ambos procuraban no cruzarse. Pero si el encuentro era inevitable, ambos apartaban la vista turbados, esforzándose por no ver el dolor y la aflicción en los ojos del otro.

Así que Gwyn pasaba mucho tiempo con Helen y el pequeño Ruben. Aprendió a ponerle los pañales y a cantarle canciones de cuna mientras Helen hacía chaquetitas de punto de bebé para Gwyneira.

– ¡Pero ninguna que sea de color rosa! -dijo Gwyn horrorizada cuando Helen empezó un pelele de colores para aprovechar los restos de lana-. ¡Será un niño!

– ¿Cómo lo sabes? -contestó Helen-. También sería bonito que tuvieras una niña.

Gwyneira se horrorizaba ante la idea de no poder dar el deseado heredero varón. Por sí misma nunca se habría preocupado por un niño. Era ahora que cuidaba de Ruben y que cada día se percataba de que el pequeño también tenía ideas claras de lo que quería y no quería, cuando tomó clara conciencia de que no llevaba en su interior sólo al heredero de Kiward Station. Lo que crecía dentro de su vientre era un pequeño ser humano, con su personalidad particular, susceptible asimismo de ser mujer, y al que había ya condenado a vivir con una mentira. Cuando Gwyneira daba vueltas a este pensamiento, sentía que le remordía la conciencia, pues su hijo nunca conocería a su auténtico padre. Así que apartaba de sí esas reflexiones y ayudaba a Helen en sus casi interminables tareas domésticas -Gwyneira sabía ordeñar- y en la escuela de niños maoríes, que iba creciendo. Helen daba clases ahora a dos grupos y Gwyn descubrió admirada entre ellos a tres de los críos desnudos que chapoteaban en el lago de Kiward Station.

– Los hijos del jefe y su hermano -explicó Helen-. Sus padres quieren que aprendan algo, por eso han enviado a los niños a casa de unos parientes del poblado vecino. Un sacrificio bastante grande. Una exigencia para los niños. Cuando añoran su casa vuelven a ella, ¡a pie! ¡Y el pequeño siempre está añorado!

Señaló a un jovencito guapo y con cabellos negros y ondulados.

Gwyneira recordó los comentarios de James respecto a los maoríes y que los niños demasiado listos podían convertirse en un peligro para los blancos.

Helen se encogió de hombros cuando Gwyn se lo contó.

– Si yo no les enseño, lo hará otro. Y si esta generación no aprende, lo hará la próxima. ¡Además, es imposible negarle a un ser humano la educación!

– Bueno, no te emociones. -Gwyneira alzó la mano apaciguadora-. Soy la última persona que te lo impedirá. Pero tampoco estaría bien que estallara una guerra.

– Ah, los maoríes son pacíficos. -Helen rechazó con un gesto tal idea-. Quieren aprender de nosotros. Creo que han observado que la civilización hace la vida más fácil. Además, aquí las cosas funcionan, de todos modos, de una manera distinta a como se desarrollan en otras colonias. Los maoríes no son indígenas. Ellos mismos son inmigrantes.

– ¿En serio? -Gwyneira se sorprendió. Nunca lo había oído decir.

– Sí. Claro que están aquí desde hace mucho, muchísimo antes que nosotros -prosiguió Helen-. Pero no desde tiempos inmemoriales. Es decir, llegaron aquí a principios del siglo xiv más o menos. Con siete canoas dobles, eso lo saben con exactitud. Cada familia puede remontarse a sus orígenes por haber ocupado una de esas canoas…

En lo que iba de tiempo, Helen hablaba bien el maorí y escuchaba con atención las historias de Matahoura, que cada vez entendía mejor.

– ¿Entonces la tierra no les pertenece? -preguntó esperanzada Gwyneira.

Helen puso los ojos en blanco.

– Si las cosas se ponen realmente mal, es probable que ambas partes reivindiquen el derecho del descubridor. Esperemos que lleguen a un acuerdo de forma pacífica. Bien, y mientras tanto yo les enseño a sumar tanto si a mi esposo o a tu señor Gerald les parece bien como si no.

Aparte de la fría relación entre Gwyneira y James, el ambiente que reinaba en Kiward Station en esos tiempos era estupendo. La perspectiva de tener un nieto había reanimado a Gerald. Volvía a estar más pendiente de la granja, vendía más carneros a otros criadores de ganado y así ganaba mucho dinero. Desmotó otras superficies para ganar más pastizal. Al calcular qué ríos se podían emplear para el transporte y qué maderas tenían valor, incluso Lucas hizo aportaciones útiles. Se quejaba de la pérdida de los bosques, pero no protestaba con suficiente energía pues, a fin de cuentas, estaba contento de que Gerald hubiese dejado de burlarse de él. Nunca planteó la pregunta de cómo había aparecido el niño. Tal vez esperaba que fuera cosa del azar o simplemente no quería saberlo. De todos modos, no había tanta vida en pareja como para que se propiciase una conversación tan desagradable. Lucas suspendió sus visitas nocturnas tan pronto como Gwyneira reveló su embarazo. Así que en realidad sus «intentos» nunca le habían proporcionado placer. Sin embargo, disfrutaba retratando a su bonita esposa. Gwyneira posaba dócilmente para el retrato al óleo y ni siquiera Gerald criticaba esta ocupación. Como madre de las generaciones venideras, el retrato de Gwyneira merecía un lugar de honor junto al cuadro de su esposa Barbara. Todos encontraron el óleo concluido muy bien logrado. Lucas, por su parte, no estaba del todo satisfecho. Pensaba que no había sabido plasmar a la perfección la «enigmática expresión» de Gwyneira y tampoco le parecía óptima la forma de incidir de la luz. No obstante, todas las visitas elogiaron vivamente el cuadro. Lord Brannigan llegó incluso a pedirle a Lucas que pintara un retrato de su esposa. Gwyneira sabía que en Inglaterra se hubiera pagado una buena cantidad por ese trabajo, pero Lucas, naturalmente, habría calificado de denigrante pedir un penique a sus vecinos y amigos.

Gwyn no veía la diferencia entre vender un cuadro y una oveja o un caballo, pero no discutió al respecto y observó aliviada que tampoco Gerald censuraba la falta de espíritu comercial de su hijo. Por el contrario, parecía estar por primera vez casi orgulloso de su vástago. En la casa reinaban una alegría y una armonía sin reservas.

Cuando el nacimiento se fue acercando, Gerald buscó un médico para Gwyneira, pero sus esfuerzos fueron en vano, ya que ello habría significado dejar Christchurch sin especialista durante semanas. Gwyn tampoco encontraba tan malo tener que prescindir de un médico. Después de haber visto a Matahorua trabajando, estaba dispuesta a confiar en una comadrona maorí. Pero Gerald calificó eso de inadmisible y Lucas defendió la misma opinión, incluso con más determinación.

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