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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Fleurette no había permanecido inactiva mientras sus padres desayunaban. A fin de cuentas quería marcharse pronto, lo que significaba ensillar el caballo o aparejarlo. La mayoría de las veces Gwyneira se limitaba a sentar a su hija delante de ella a lomos de Igraine, pero Lucas prefería que «sus damas» fueran en carruaje. Por esa razón había mandado llevar a Gwyn un dogcart, que ella manejaba excelentemente. El ligero carruaje de dos ruedas se adaptaba muy bien a todo tipo de terreno e Igraine tiraba de él sin esfuerzo por los caminos complicados. Sin embargo, no era posible ir con él a campo traviesa ni tampoco saltar obstáculos. Así que no podía tomar el atajo del bosque. No era pues extraño que Gwyn y Fleur prefiriesen montar sobre la grupa, así que Fleurette tomó ese día también una decisión.

– ¿Puedes ensillar a Igraine, señor James? -le preguntó a McKenzie.

– ¿Con la silla de amazona o con la otra, Miss Fleur? -respondió con gravedad James-. Ya sabe lo que ha dicho su padre.

Lucas consideraba en serio pedir que enviaran un poni desde Inglaterra para que la niña aprendiera a montar con corrección en la silla lateral. Gwyneira replicó que, de todos modos, para cuando el poni llegara, la niña ya habría crecido demasiado. Primero enseñaría a su hija en la silla de caballero con Madoc. El semental era muy dócil, pero el problema residía más bien en mantener el secreto.

– Con una silla para personas de verdad -contestó Fleur.

James no pudo reprimir la risa.

– Una silla de verdad, muy bien, milady. ¿Irá usted sola de paseo a caballo?

– No, mamá vendrá enseguida. Pero le ha dicho a papá que todavía tiene que hacer de blanco del abuelo. ¿Disparará contra ella de verdad, señor James?

«No, si yo puedo evitarlo», pensó McKenzie furioso. Nadie en la granja ignoraba cómo Gerald atormentaba a su nuera. Al contrario de Lucas, por el que los trabajadores sentían cierta rabia, Gwyneira despertaba compasión. Y a veces los jóvenes se acercaban peligrosamente a la realidad cuando se burlaban de sus patrones. «Sólo con que Miss Gwyn tuviera un hombre como Dios manda… -era el comentario general-. ¡Entonces el viejo ya hubiera sido diez veces abuelo!»

Con bastante frecuencia los tipos se ofrecían en broma como «toros sementales» y se superaban en sugerencias sobre cómo satisfacer a un mismo tiempo a su bonita señora y al suegro de ésta.

James intentaba encajar esas bromas de mal gusto, aunque no siempre le resultaba fácil. Si al menos Lucas se hubiera esforzado por hacer algo útil en la granja… Pero no aprendía nada y cada año se volvía más reacio y desabrido cuando Gerald le obligaba a ocuparse de las cuadras o de los campos.

Mientras ponía la silla a Igraine, siguió charlando un poco más con Fleur. Lo ocultaba bien, pero amaba a su hija y no conseguía tratarla como a una Warden. Ese torbellino pelirrojo era su hija, y a él no le importaba lo más mínimo que fuera «sólo» una niña. Esperó pacientemente a que ella hubiera subido a una caja desde la que podía cepillar la cola de Igraine.

Gwyneira entró en las cuadras cuando James acababa de apretar la cincha y, como siempre, reaccionó de forma involuntaria a su mirada. Un destello en los ojos, un diminuto toque de rubor en el rostro…, luego de nuevo un férreo control.

– Oh, James, ¿ya ha ensillado el caballo? -preguntó Gwyneira con un tono compungido-. Por desgracia no podré dar el paseo a caballo con Fleur, esperamos visita.

James asintió.

– Ah, sí, ese comerciante inglés. Yo mismo debería haber pensado en que eso le impediría salir. -Se dispuso a desensillar la yegua.

– ¿No vamos a ir en caballo a la escuela? -preguntó Fleur ofendida-. ¡Pero entonces me quedaré tonta, mamá!

Era el nuevo argumento para ir, a ser posible cada día, a casa de Helen. Ésta lo había utilizado con un niño maorí al que le gustaba hacer novillos, y a Fleur se le había grabado en la memoria dicha observación.

James y Gwyn no tuvieron otro remedio que echarse a reír.

– Es cierto que no podemos correr ese riesgo -intervino James con fingida seriedad-. Si usted lo permite, Miss Gwyn, yo mismo la llevaré a la escuela.

Gwyn lo miró maravillada.

– ¿Tiene tiempo? -preguntó-. Pensaba que quería controlar los corrales para las ovejas de cría.

– Están en el camino -respondió James, y le hizo un guiño. De hecho, los corrales no se encontraban en el camino pavimentado que llevaba a Haldon, sino en el atajo secreto de Gwyneira que pasaba por el monte-. Es obvio que tenemos que ir a caballo. Si engancho el carro, perderé tiempo.

– ¡Por favor, mamá! -suplicó Fleur. Y se preparó de inmediato para coger un berrinche si Gwyn se atrevía a negarse.

Por suerte, su madre no era difícil de convencer. De todos modos, sin la niña desilusionada y refunfuñando a su lado le resultaría más fácil realizar una tarea que ya de por sí le desagradaba.

– De acuerdo -contestó-. Que te diviertas. Me gustaría ir con vosotros.

Gwyneira observó con envidia cómo James sacaba su Wallach del establo y colocaba a Fleur en la parte delantera de la silla. La niña estaba bonita y erguida sentada a lomos del caballo y sus bucles rojos se balanceaban al compás de los pasos del animal. James también ocupó sin esfuerzo su sitio en la silla. Cuando ambos emprendieron la marcha, Gwyn se quedó un poco preocupada.

¿Es que nadie salvo ella se percataba del parecido entre el hombre y la niña?

Lucas Warden, el pintor y cultivado observador, siguió a los jinetes con la mirada desde su ventana. Contempló la figura solitaria de Gwyneira en el patio y creyó leer sus pensamientos.

Estaba contento en su mundo, pero a veces…, a veces hubiera querido amar a esa mujer.

2

George Greenwood recibió una amable acogida en las llanuras de Canterbury. El nombre de Peter Brewster pronto le abrió las puertas de los granjeros pero era posible que también le habrían dado una bienvenida sin recomendación. Tenía la experiencia de los granjeros en Australia y África: quien vivía tan aislado como esos colonos, se alegraba de recibir cualquier visita del mundo exterior. Por eso escuchó paciente las quejas de la señora Beasley sobre el personal de servicio, elogió las rosas de su jardín y dio un paseo por los prados a caballo con su esposo para admirar las ovejas. Los Beasley lo habían hecho todo para convertir su granja en un pedacito de Inglaterra y George no pudo evitar sonreír cuando la señora Beasley le contó sus constantes esfuerzos por desterrar los boniatos de su cocina.

Kiward Station era totalmente distinta, enseguida se percató de ello. La casa y el jardín ofrecían una curiosa mezcla de formas. Por una parte, alguien intentaba imitar al máximo posible la vida de la nobleza rural inglesa; por otra, se percibía una reafirmación de la cultura maorí. En el jardín, por ejemplo, crecían juntos y en armonía los rata y las rosas; bajo los cabbage- trees había bancos tallados del típico modo maorí, y el cobertizo de las herramientas estaba cubierto con hojas de palmera de Nikau, siguiendo la tradición indígena. La doncella que abrió la puerta a George llevaba dócilmente un uniforme de servicio, pero iba sin calzado, y el sirviente le saludó con un amistoso haere mai, las palabras maoríes de «bienvenido».

George recordó lo que había oído decir de los Warden. La joven señora procedía de una familia de la aristocracia inglesa y era obvio que tenía buen gusto, como demostraba el mobiliario del recibidor. De todos modos parecía más obstinada que la señora Beasley en practicar aquí la anglificación: ¿cuántas veces dejaba una visita su tarjeta en la bandeja de plata que había sobre la delicada mesita? George se tomó la molestia, hecho que recompensó la sonrisa reluciente de la joven dama pelirroja que apareció justo en ese momento. Llevaba un elegante vestido de tarde de color beige con bordados del luminoso tono índigo de sus ojos. No obstante, su tez no se ajustaba a la palidez que estaba de moda entre las señoras londinenses. En lugar de eso, su rostro estaba algo bronceado y era evidente que no intentaba blanquear las pecas. Tampoco el elaborado peinado respondía a las normas establecidas, pues ya se le habían soltado un par de rizos.

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