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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¡El señor Lucas tan atento! -le comunicó a Gwyneira.

James McKenzie, por el contrario, no durmió. Pasó el día con una tensión terrible y por la noche decidió apostarse en el jardín, delante de la ventana de Gwyneira. Así que era el único que oía sus gritos. Impotente, con los puños cerrados y lágrimas en los ojos, esperaba. Nadie le dijo si todo iba bien y con cada lágrima temía por la vida de Gwyn.

Al final, un ser peludo y suave se acercó a él. Otro más relegado al olvido. Francine había expulsado sin piedad a Cleo de la habitación de Gwyn, y ni Lucas ni Gerald se habían ocupado de ella. Ahora gimoteaba al oír los gritos de su ama.

– Lo siento, Gwyn, lo siento mucho -susurraba James contra el sedoso pelaje de Cleo.

Cuando por fin ambos oyeron otro sonido más bajo, pero más potente y bastante más rebelde, James abrazó a la perra. El recién nacido saludaba los primeros rayos de sol de un nuevo día. Y Gwyn le acompañaba con un último grito lleno de dolor.

James lloró de alivio sobre el suave pelaje de Cleo.

Lucas enseguida se despertó cuando Kiri apareció con el niño en los brazos en lo alto de las escaleras. Parecía la estrella de un espectáculo de variedades con plena conciencia de su importancia. Lucas le preguntó directamente por qué Francine misma no le presentaba al bebé, pero todo el rostro de Kiri resplandecía por lo que se podía deducir claramente que tanto la madre como el bebé se encontraban bien.

– ¿Todo… en orden? -preguntó él de todos modos como era obligatorio, y se puso en pie para acercarse a la joven.

También Gerald se espabiló.

– ¿Ya ha llegado? -preguntó-. ¿Todo ha ido bien?

– ¡Sí, señor Gerald! -contestó alegremente Kiri-. Un bebé precioso. ¡Precioso! Pelo rojo como madre.

– Una persona impulsiva -dijo Gerald riendo-. El primer Warden pelirrojo.

– Yo creo no ser «el» -le informó Kiri-. Es «la». Es niña, señor Gerald. ¡Una niña preciosa!

Francine sugirió que llamaran a la niña Paulette, pero Gerald se negó. Paul debía ser conservado para su heredero varón. Lucas, como buen gentleman, apareció junto a la cama de su esposa una hora después del alumbramiento con una rosa roja del jardín y le dijo en un tono comedido que encontraba a la niña arrebatadora. Gwyneira sólo asintió. ¿De qué otro modo que no fuera arrebatadora podía encontrarse a esa pequeña criatura que sostenía ahora orgullosa en los brazos? No se hartaba de mirar los diminutos deditos, la naricilla y las largas y rojas pestañas que rodeaban los grandes ojos azules. La pequeña también tenía mucho pelo ya. Sin lugar a dudas, una pelirroja como su madre. Gwyneira acariciaba a su bebé y la pequeñita la cogía del dedo. Sorprendentemente fuerte. Llevaría las riendas con firmeza… Gwyn no tardaría en enseñarle a montar a caballo.

Lucas propuso el nombre de Rose e hizo enviar un enorme ramo de rosas rojas y blancas a la habitación de Gwyneira, que pronto impregnaron el ambiente con su fascinante perfume.

– Pocas veces he visto florecer las rosas de forma tan cautivadora como hoy, querida mía. Es como si el jardín se hubiera engalanado especialmente para recibir a nuestra hija. -Francine le había puesto el bebé en los brazos y él la sostenía con bastante torpeza, como si no supiera qué hacer con él. Repetía las palabras «nuestra hija» de forma natural. No parecía pues albergar ninguna sospecha.

Gwyneira, que pensaba en el jardín de rosas de Diana, le contestó:

– ¡Es mucho más bonita que una rosa! ¡Es la más bonita del mundo!

Le volvió a coger la niña. Era una tontería, pero tenía una pizca de celos.

– Entonces tendrás que pensarte tú misma un nombre, cariño mío -dijo Lucas indulgente-. Estoy seguro de que encontrarás uno apropiado. Pero ahora debo dejaros solas, tengo que ocuparme de padre. Todavía no ha encajado que no sea un niño.

Hasta pasadas unas horas, Gerald no pudo reponerse e ir a visitar a Gwyneira y su hija. La felicitó sin gran entusiasmo y contempló al bebé. Sólo cuando la diminuta mano tomó posesión de su dedo y al hacerlo parpadeó, esbozó el hombre una sonrisa.

– Bueno, al menos lo tiene todo -gruñó de mala gana-. Esperemos que el próximo sea niño. Ahora ya sabéis cómo se hace…

Cuando Warden cerró la puerta tras de sí, Cleo se coló dentro de la habitación. Satisfecha de haberlo por fin conseguido, se acercó a la cama de Gwyneira y apoyó las patas delanteras sobre la colcha, mostrando su sonrisa de collie.

– ¿Dónde te habías escondido? -preguntó Gwyn encantada mientras la acariciaba-. Mira, voy a presentarte a alguien.

Para horror de Francine permitió que la perra olfateara al bebé. Entonces le llamó la atención un pequeño ramo de flores de primavera que alguien había atado al collar de Cleo.

– ¡Qué original! -observó Francine cuando Gwyn desató con cuidado el ramito-. ¿Quién podrá ser? ¿Uno de los hombres?

Gwyneira se lo podría haber revelado. No dijo nada pero su corazón estaba inundado de alegría. Él también sabía que su hija había nacido y, naturalmente, había escogido flores silvestres de colores en lugar de cortar rosas.

El bebé estornudó cuando las flores le acariciaron la naricita. Gwyneira rio.

– La llamaré Fleurette.

ALGO ASÍ COMO EL ODIO…

Llanuras de Canterbury – Costa Oeste

1858-1860

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George Greenwood se había quedado sin aliento tras el ascenso por el Bridle Path. Bebió lentamente la cerveza de jengibre que se podía adquirir en el punto más alto del trayecto entre Lyttelton y Christchurch y disfrutó de la vista sobre la ciudad y las llanuras de Canterbury.

Así pues ése era el país en que vivía Helen. Por eso había abandonado Inglaterra… George tuvo que reconocer que era una tierra hermosa. Christchurch, la ciudad, junto a la cual debía encontrarse su granja, parecía una comunidad floreciente. En calidad de primer asentamiento de Nueva Zelanda había adquirido el último año el título de municipio y ya era también sede episcopal.

George recordó la última carta de Helen en la que informaba, con cierta alegría por el mal ajeno, de que las aspiraciones del antipático reverendo Baldwin no se hubieran visto colmadas. El arzobispo de Canterbury había asignado el obispado a un sacerdote llamado Henry Chitty Harper quien, por esa razón, había dejado su país natal. Tenía familia y parecía haber sido una persona querida en su anterior parroquia. Helen no se había explayado más acerca de su personalidad, lo que a George le sorprendió bastante. A fin de cuentas, ya debía de hacer bastante tiempo que conocía a ese hombre a través de todas las actividades religiosas en las que participaba y siempre describía. Helen Davenport O’Keefe se había unido al círculo de damas que estudiaba la Biblia y se entregaba al trabajo con los niños indígenas. George esperaba que esto no la hubiera vuelto ni tan beata ni tan vanidosa como su propia madre. No obstante, era incapaz de imaginarse a Helen con un vestido de seda en una reunión del comité y las cartas de su antigua institutriz aludían más bien a un contacto personal con los niños y sus madres.

¿Podía realmente imaginarse todavía a Helen? Habían pasado muchos años y él había experimentado un sinfín de vivencias. La universidad, sus viajes por Europa, la India y Australia…, en el fondo todo eso debería de haber bastado para borrar de su memoria la imagen de una mujer mucho mayor que él, con un cabello castaño y brillante y ojos claros y grises. Pero George todavía la tenía en esos momentos ante sí, como si ella se hubiera marchado ayer. El rostro fino, el peinado sobrio, el porte erguido incluso cuando él sabía que estaba cansada. George recordaba su cólera velada y la impaciencia a duras penas contenida en el trato con su madre y su hermano William, pero también su sonrisa disimulada cuando él conseguía atravesar con alguna insolencia la coraza de su control personal. En aquel entonces leía cualquier emoción en sus ojos, detrás de la expresión sosegada y tranquila que mostraba al resto de su entorno. ¡Un fuego que ardía bajo aguas tranquilas para inflamarse tras la lectura de un anuncio delirante del otro extremo del mundo! ¿Amaría realmente a ese Howard O’Keefe?

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