En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
En sus cartas se refería con gran respeto a su esposo, quien invertía todas sus fuerzas en mejorar su propiedad y en administrarla de forma beneficiosa. Sin embargo, George sabía, leyendo entre líneas, que el hombre no siempre conseguía esos propósitos. A esas alturas, George Greenwood ya llevaba trabajando el tiempo suficiente en el negocio de su padre como para saber que casi todos los primeros colonos de Nueva Zelanda se habían hecho ricos. Tanto daba si se habían concentrado en la pesca, el comercio o la cría de ganado: la empresa florecía. Quien no empezaba con una torpeza total obtenía beneficios, por ejemplo, Gerald Warden en Kiward Station. Visitar al mayor productor de lana de la isla Sur ocupaba uno de los primeros lugares en la lista de actividades que llevaban al hijo de Robert Greenwood a Christchurch. Los Greenwood tenían la intención de abrir ahí una sucursal de su compañía internacional. El comercio de la lana con Nueva Zelanda crecía en interés, y más cuando los barcos de vapor pronto cubrirían la ruta entre Inglaterra y las islas. El mismo George acababa de llegar en un barco impulsado por las tradicionales velas además de por una máquina de vapor. Tales ingenios libraban a los navíos de los humores del viento cuando había calma chicha, y la travesía duraba apenas ocho semanas.
Bridle Path había perdido ahora parte del horror con que Helen lo había descrito en su primera carta a George. Había mejorado hasta el punto en que era posible recorrerlo en carruaje y George habría podido ahorrarse el fatigoso trayecto a pie. No obstante, tras el largo viaje en barco, el joven ansiaba moverse y de alguna manera lo estimulaba pasar por las mismas experiencias que Helen había vivido al llegar. Desde que se había licenciado, George estaba obsesionado con la idea de Nueva Zelanda. Incluso cuando dejaba de recibir por largo tiempo las cartas de Helen, se empapaba de cualquier información disponible acerca del país para sentirse más cerca de ella.
Acometió entonces, descansado, el descenso. ¡Tal vez viera a Helen al mismo día siguiente! Si conseguía alquilar un caballo y la granja se hallaba tan cerca de la ciudad como hacían sospechar las cartas de Helen, nada se oponía a una pequeña visita de cortesía. De todos modos, pronto se pondría en camino a Kiward Station, que se encontraba en las cercanías de la casa de Helen. A fin de cuentas era amiga de la señora de la granja, Gwyneira Warden. Las fincas sólo deberían de estar separadas por un breve viaje en carro.
George dejó a sus espaldas el transbordador que cruzaba el río Avon, así como los últimos kilómetros hasta llegar a Christchurch y se instaló en el hotel del lugar. Modesto pero limpio…, y, por supuesto, su director sabía quiénes eran los Warden.
– Naturalmente, el señor Gerald y el señor Lucas siempre se detienen aquí cuando tienen asuntos que resolver en Christchurch. Unos señores muy cultivados, sobre todo el señor Lucas y su encantadora esposa. La señora Warden manda confeccionar su ropa en Christchurch, por eso la vemos dos o tres veces al año.
El hotelero, por el contrario, nada sabía de Howard y Helen O’Keefe. Ni se habían alojado ahí ni los había conocido en la parroquia.
– Pero eso no es posible, si son vecinos de los Warden -explicó el hotelero-. Entonces es que pertenecen a Haldon y hace poco que también hay iglesia allí. Venir cada domingo aquí representaría un trayecto demasiado largo.
George recibió tal información sorprendido y preguntó por alguna cuadra que alquilara caballos. Fuera como fuese, al día siguiente haría en primer lugar una visita al Union Bank de Australia, la primera filial bancaria de Christchurch.
El director del banco se comportó con suma cortesía y se alegró de conocer los planes de Greenwood en Christchurch.
– Hable con Peter Brewster -le aconsejó-. Hasta ahora es él quien se ocupa del comercio lanar de la región. Pero por lo que he oído decir, se siente atraído por Queenstown: la fiebre del oro, ya sabe. Si bien no será el mismo Brewster quien se parta el espinazo buscándolo, sino que más bien tendrá el propósito de comerciar con el preciado metal.
George frunció el ceño.
– ¿Lo considera tan lucrativo como la lana?
El banquero se encogió de hombros.
– Si quiere saber mi opinión, la lana crece todos los años. Pero nadie sabe cuánto oro hay en la tierra ahí en Otago. No obstante, Brewster es joven y emprendedor. Además tiene motivos de carácter familiar. La esposa procede de allí, es maorí y ha heredado un montón de tierras. En cualquier caso no creo que se enoje si se hace usted cargo de sus clientes. Eso le simplificaría mucho la creación de su negocio.
George estaba totalmente de acuerdo con él y le dio las gracias por sus indicaciones. Aprovechó, asimismo, la oportunidad para informarse de paso sobre los Warden y los O’Keefe. Sobre los Warden, el director, como era obvio, se deshizo en alabanzas.
– El viejo Warden es un zorro, pero entiende de la cría de ovejas. El hijo es más bien un artista, al que no le interesa la granja. Por eso el viejo espera, en vano hasta el momento, la llegada de un nieto que se implique más en el negocio. La nuera es una belleza, lástima que, al parecer, tenga dificultades para concebir hijos. Por ahora, en casi seis años de matrimonio, sólo ha dado a luz una niña… De todos modos, todavía son jóvenes, hay esperanzas. Y bueno, los O’Keefe… -El director de banco elegía las palabras-. ¿Qué debo decir? Secreto bancario, usted ya me entiende…
En efecto, George entendía. Howard O’Keefe no era un cliente que disfrutara de gran estima. Probablemente tuviera deudas. Y las granjas estaban a dos días a caballo de Christchurch, Helen había mentido, pues, en sus cartas acerca de la vida en la ciudad, o al menos había exagerado mucho. Haldon, la siguiente mayor colonia situada junto a Kiward Station, apenas si era un pueblo. ¿Qué es lo que estaría ocultando y por qué? ¿Acaso se avergonzaba de su forma de vida? ¿Sería posible que no se alegrara de la visita de una persona de ultramar? ¡Pero él tenía que ir a su encuentro! Por todos los demonios, había recorrido dieciocho mil millas para verla!
Peter Brewster era un hombre sociable y enseguida invitó a George a comer en su casa al día siguiente. Esto obligaba al recién llegado a postergar sus planes, pero le pareció imprescindible aceptar. De hecho, el encuentro transcurrió en perfecta armonía. La hermosísima esposa de Brewster sirvió una comida al estilo tradicional maorí con pescado fresco del Avon y unos boniatos exquisitamente condimentados. Sus hijos acosaron al invitado con preguntas sobre la good old England, y Peter conocía, naturalmente, tanto a los Warden como a los O’Keefe.
– Pero no se le ocurra preguntar al uno acerca del otro -le advirtió riendo-, son como perro y gato, y eso que una vez fueron socios. Kiward Station les perteneció a ambos tiempo atrás y el nombre procede de la unión de Kee y Ward. Pero los dos eran jugadores y Howard perdió su parte en el juego. No se sabe con exactitud qué sucedió, pero ambos siguen llevando mal ese asunto.
– Se entiende por la parte de O’Keefe -observó George-. ¡Pero el ganador no debería guardar rencor!
– Lo dicho, no sé nada con exactitud. Y al final también alcanzó para que Howard tuviera una granja. Pero a él le falta el know-how. Este año ha perdido prácticamente todos los corderos: los condujo muy pronto a los pastizales de montaña, antes de las últimas tormentas. Siempre se muere un par en la montaña si el invierno arremete de nuevo. ¿Pero subir los rebaños a comienzos de octubre…? ¡Clama al cielo!
George recordó que octubre correspondía allí a marzo, y también en las tierras altas galesas hacía un frío considerable.