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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Sentí como si algo se helase en mi interior. ¿Iba a perder aquella ocasión única de realizar un viaje a través del fuego? Sin contar, y esto era lo principal, que podría efectivamente ayudarles a encontrar la isla, siempre que la radio de los sitiados no cesara de funcionar.

No lo pensé dos veces y dije, con voz decidida:

— Voy con ustedes. Es cierto que nadie podrá manejar esta radio.

Jarcev objetó algo, pretextando el riesgo, pero se le notaba indeciso.

Al acercarse el teniente coronel y saber de lo que se trataba, meneó la cabeza:

— Es difícil tomar una decisión. La operación es peligrosa. Pero si insiste, si desea contribuir a salvar a nuestros compañeros, entonces… — calló, me abrazó paternalmente, estrechándome con fuerza la mano.

Siempre recordaré aquel momento. No tenía una idea muy clara de lo que me esperaba, aunque debo confesar que en mí hablaba más el romanticismo de la juventud que la dura necesidad. Pero en la isla nos necesitaban.

Pronto estuvimos junto a la torreta del tanque, enfundados en blancos trajes de botones niquelados con casco y guantes. A la espalda, a modo de mochila, llevábamos las bombonas de oxígeno. Delante de nuestra insólita máquina rugía otro potente tanque, que debía remolcarnos hasta el límite de la taiga, a fin de que no malgastásemos energía antes de tiempo.

Jarcev hizo rápidamente unos cálculos en un bloc. Confieso que la cosa me sorprendió. ¿Era aquél el momento de plantear problemas? Parecía una pérdida de tiempo.

El teniente coronel Stepanov miró por última vez a la tripulación.

— ¡Dense prisa, les esperan!

Jarcev se mordió los labios y guardó el bloc en el bolsillo de amianto. Después de erguirse, dio al conductor del carro que debía remolcarnos la señal de partida.

Se oyó rugir el motor. Tras tensarse el cable, nuestro tanque eléctrico empezó a moverse.

Seguimos una carretera polvorienta. El carro que nos remolcaba era invisible. La única señal de su presencia era el cable tenso, iluminado por la luz de nuestros faros. Parecíamos marchar a remolque de una negra nube de humo.

Entre el humo se distinguían sombras vagas. Los animales del bosque en fuga. Vi relampaguear los cuernos de un alce enloquecido. Un lobo corría a su lado, sin mirarlo siquiera; liebres y ardillas saltaban sobre la hierba quemada. Negros pájaros revoloteaban en el aire, piando y batiendo las alas.

Frente a nosotros se percibía la ardiente respiración del fuego. Recuerdo con un poco de vergüenza que entonces dije a Jarcev:

— ¡Y pensar que ningún hombre navegó hasta ahora por un mar de fuego!

Jarcev me miró maravillado y de pronto ordenó:

— ¡Pónganse las máscaras!

Indudablemente, era el mejor sistema de refrescar mi inoportuno entusiasmo…

Nos encontrábamos en un mundo extraordinario. Briznas de hollín revoloteaban ante la luz de los faros, y se posaban sobre el suelo como una bandada de cuervos. A intervalos, una rama en llamas caía como un fabuloso pájaro de fuego.

El tanque que nos arrastraba se detuvo. Como si el cable estuviese animado, se soltó y desapareció entre las cenizas. De la oscuridad surgió el conductor de nuestro remolque, para gritar al oído de Jarcev:

— No podemos continuar. El motor hierve.

Dicho esto, hizo retroceder a su máquina, deteniéndola en una encrucijada. Ahora debíamos valemos por nuestros propios medios.

¿Dónde estaba la carretera invisible que nos llevaría al lago? ¿Seguía transmitiendo la radio de la isla?

Encendí mi radio, orienté la antena en dirección al bosque y oí de nuevo las señales intermitentes.

Jarcev me rozó el hombro.

— ¿Se oyen?

Incliné la cabeza afirmativamente e indiqué la dirección nordeste.

Me dejó bajar el primero. Luego, Andrej cerró la porta tras sí y giró el interruptor de la refrigeración.

El carro entró en el bosque en llamas. Lancé una mirada a través de la tronera de la torreta. No se veía nada, excepto humo surcada por lenguas de fuego. Parecía como si mirase por el portillo de un horno crematorio. Involuntariamente, cerré los ojos. Qué macabra asociación de ideas…

Una llama penetró por la estrecha tronera. Ni el amianto ni el espeso traje nos protegían del calor.

El tanque avanzaba entre montones de tierra y troncos quemados, contra los que golpeaba, desviándose a derecha e izquierda.

Oímos un fuerte golpe sobre la coraza. Un tronco derribado por el fuego había caído sobre nosotros.

Al primero siguieron otros golpes. El tanque sufría una granizada de tizones ardientes.

A nuestro alrededor bailaban olas de fuego. Se levantaban liberando columnas de denso humo, se lanzaban con encarnizamiento contra las ramas dobladas de los árboles. Delgados riachuelos de fuego serpenteaban a lo largo de los troncos resinosos, atacando las ramas secas. Luego, de golpe, el árbol se inflamaba como un hacha gigantesca, disparando por doquier con estruendo fragoroso una lluvia de chispas.

Ante nosotros sólo se veía el fuego, fuego por todas partes, hierba en llamas, ramas incandescentes… En aquel mundo cegador no había sombras: todo era incandescente, luminoso, chispeante. Un mar de luz. La vista buscaba con desesperación una sombra salvadora. Me lloraban los ojos, y tuve que girar la cabeza para no quedar cegado.

De pronto, el carro se detuvo.

— ¿Qué dirección debemos tomar? — gritó Alejandro, encaramándose en la torreta.

Obligado a desviarse continuamente, había perdido la orientación.

En el carro brillaba una pequeña lámpara apenas perceptible en el humo, como el punto luminoso de un cigarrillo encendido en una habitación oscura.

Me pareció como si Jarcev me mirase interrogativamente. ¿Qué podía contestarle? Encerrados en la caja de acero del tanque, no era posible escuchar las señales de la estación de la isla.

— Tendríamos que abrir la porta — dije, dubitativo, mientras con los ojos seguía las lenguas de fuego que lamían la tronera.

Andrej vaciló. Pero no quedaba otra salida y levantó la porta.

Las llamas se arremolinaban sobre nuestras cabezas. Cogí la radio, la tapé con un trozo de tejido de amianto y me senté sobre el borde de la torreta. Aun a través del amianto y del traje acolchado, sentía el metal incandescente.

Al girar los botones del aparato, procuré protegerlo de posibles llamaradas. En la onda 68 no se oía nada. Silencio absoluto.

Andrej levantó la cabeza y me tocó la pierna. Sus ojos me interrogaban a través del cristal de la máscara.

Pasaron algunos minutos angustiosos. El ruido del fuego y el estrépito de los árboles en llamas me impedían oír las conocidas señales.

Andrej gritó algo. AI ver que no le entendía, me gritó al oído:

— ¡Continuemos al azar! ¡De otra forma llegaremos tarde!

Me encogí de hombros. Intentando captar a toda costa las señales, sintonicé de nuevo la radio.

Volví a oír el conocido silbido intermitente al desplazar la aguja sobre la cifra 120. A veces se desvanecía, a veces se oía claramente en medio del rugido del bosque en llamas. Línea…, línea…, punto…

Protegiéndome con la tapa de amianto de las llamas que asaltaban por todas partes, giré la manivela de la antena para establecer la dirección de la estación ionosférica, de donde provenían las nuevas señales.

La aguja indicó la dirección exacta. Ahora debía controlar si la señal era directa o reflejada, pero yo también empezaba a confundirme… No importa, decidí tomar como buena la señal y determiné la dirección de la isla…

Descendimos y Andrej cerró la porta.

Desde el suelo se elevaba la espiral de un tifón de fuego, ante la cual corría una tormenta de chispas. Nos parecía haber caído en medio de una tremenda tempestad de nieve iluminada por un sol cegador.

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