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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Con poco esfuerzo arrastramos hacia el tanque a nuestro compañero, que había abrazado al profesor.

— Nunca hubiese pensado… — confesó más tarde Nikolaj Spiridonovic— que un día me arrastrarían de la superficie de un lago al fondo para salvarme…

El motor volvió a zumbar. Su voz apagaba todos los rumores del mundo subacuático: el murmullo de las corrientes frías, el borboteo de las burbujas de gas desprendidas de nuestros aparatos, el estruendo de los tizones incandescentes.

El tanque avanzaba sobre la arena brillante, sobre las algas verdes, bajo millones de brillantes burbujas semejantes a perlas de cristal.

Algo se separó con fuerza de la torreta y se perdió sobre nosotros.

— Quizá sea un tizón que quedó prendido en la portilla — dije, pero mientras, el tanque se había ya alejado y no conseguí ver nada.

El agua color ámbar anunció la cercanía de la orilla. Ya se notaba la luz de las matas en llamas, con la que se confundían el haz de nuestros faros.

El fondo empezó poco a poco a elevarse hacia el techo de vidrio. Este fue descendiendo cada vez más hacía nosotros hasta que, por fin, el tanque lo rompió.

El fuego se enfurecía entre los juncos de la orilla, lamiendo el agua.

Nos refugiamos al punto en la torreta, cerramos las portas y pusimos en marcha la refrigeración. La atmósfera era tan ardiente, que parecía como si el carro fuera a fundirse.

El tanque marchaba en línea recta, superando infinitas barreras de troncos abatidos, escalando montañas de carbón y ceniza y levantando millones de chispas. La refrigeración era claramente insuficiente y nuestros mojados trajes transpiraban vapor.

Pasaron cinco, diez minutos angustiosos. Se hizo difícil respirar. La aguja del manómetro se desplazaba continuamente hacia la izquierda, pues no nos quedaba ya más que una hora de oxígeno.

¿Cuánto tiempo duraría aún la energía de los acumuladores? Había que saberlo. Tomé un bloc y, siguiendo el ejemplo de Andrej, empecé por anotar las indicaciones de los instrumentos.

El tanque aminoró y se detuvo. Alejandro cerró el portillo. Ante nosotros sólo había una cortina de fuego.

Intentó rodear el centro del incendio. Giró hacia la derecha, aunque también allí surgían las llamas insaciables. Giró hacia la izquierda, donde, a través del humo, se divisaban troncos negros aún no tocados por el fuego. Tal vez allí se había refugiado la muchacha.

Alejandro detuvo la máquina por un instante y luego, con furia, como si con las cadenas quisiese aplastar a un enemigo, lanzó el tanque hacia adelante.

Mi cabeza dio contra el portillo superior y tuve la impresión de que la tierra desaparecía bajo mis pies.

Mis ojos se oscurecieron. La caída me pareció interminable. Otro golpe cien veces más fuerte y luego el silencio.

Cuando volví a abrir los ojos, vi en una semioscuridad caliginosa que todos mis compañeros yacían sobre el pavimento. Nikolaj Spiridonovic se lamentaba débilmente. Andrej intentaba levantarse, agarrándose con las manos a la superficie lisa de los cojines hinchados. Sentí un golpe sobre la portilla y pasos rápidos sobre la coraza.

El techo de la torreta se abrió y apareció la cabeza de Alejandro.

— ¿Vivos?

Andrej se frotó la espalda, dolorida.

— Vivos, Alejandro.

— Eso parece — murmuró el profesor, palpándose la cabeza.

— ¡Mire! — gritó Alejandro, aterrándome por los hombros y ayudándome a salir del tanque—. ¡Se acabó el incendio! ¡No ha llegado hasta aquí!

Efectivamente, ya no había fuego. Parecía que hubiésemos caído en otro mundo. Como si hubiésemos «atravesado la tierra de parte a parte». Había oído decir muchas veces esta frase, pero sólo entonces comprendí plenamente su significado.

Lejos, desde un punto indeterminado, llegaba el aullido de las llamas. Sobre nuestras cabezas se espesaba un humo negro semejante a algodón en rama, a través del cual aparecían retazos de cielo como vistos por un techo de cristal cubierto de nieve.

Obedeciendo instintivamente a un impulso repentino, corrí a abrazar los fríos troncos de los árboles, apoyé en ellos la cara, buscando a través de la delgada goma de la máscara aquella sensación de frescor que representaba la salvación.

Alejandro se inclinó para recoger una margarita.

— El fuego ha pasado cerca — dijo, examinando la flor—. No lo comprendo.

No supe qué contestar. Por otra parte, mi atención estaba atraída por Andrej, que parecía como si preparase una exploración. Había cogido un traje de amianto, una máscara y se había metido una brújula en el bolsillo. Al ver que yo estaba subiendo sobre la torre para coger mi radio, me dijo.

— De paso, déme, por favor, la botella de oxígeno. Quería la última botella que quedaba, la destinada a Valja.

Descubrí entonces que los trajes contra incendio eran de tipo experimental y no tenían botellas de reserva. Por otra parte, los bomberos no las necesitaban. Para ellos una sola había sido siempre más que suficiente.

Bajé al tanque, pero no encontré la botella, a pesar de que recordaba perfectamente dónde había sido colocada.

Andrej se inclinó sobre la portilla y me gritó con impaciencia:

— ¿Aún no la encuentra? ¡A la derecha, a la derecha!

Convencido de que la botella ya no estaba, se volvió hacia Alejandro y el profesor, pero ninguno de los dos sabía nada. Recordé entonces aquella cosa que había saltado por la portilla hacia la superficie, cuando nos encontrábamos en el fondo del lago. Sin duda se trataba de la botella de reserva que habíamos reservado para Valja. Cada uno de nosotros había tenido siempre el pensamiento puesto en la muchacha, pero casi por un tácito acuerdo ninguno había pronunciado su nombre.

Creía que Andrej no se irla sin la botella, pero de pronto nos dimos cuenta de que había desaparecido.

Pasaron algunos minutos. Andrej no volvía. Alejandro, el profesor y yo mirábamos preocupados la negra cortina de humo.

Muy probablemente, Andrej había querido establecer la dirección de marcha con la brújula. Para ello debía alejarse de la masa de acero del tanque lo menos una decena de metros. Pero, ¿nos volvería a encontrar? Habíamos apagado los faros para conservar los acumuladores, ya descargados en parte, gritar hubiese sido inútil, porque la voz se filtraba mal a través de la máscara. Podría haber pasado junto a nosotros sin vernos.

Poco después apareció una figura completamente blanca. Se acercó al tanque y el hombre saltó hábilmente sobre la coraza. Los redondos cristales de las gafas de su máscara brillaban, reflejando la luz de la débil lamparita encendida en la torreta.

— ¡Andrej! — exclamé contento, ayudándole a entrar en el tanque.

— ¡No soy Andrej! — era la voz de Alejandro.

En las tinieblas caliginosas todo era confuso. Alejandro había hecho una exploración por su cuenta y Nikolaj Spiridonovic y yo ni siquiera habíamos notado su ausencia.

Seguimos esperando a Andrej. El oxígeno se agotaba, había que darse prisa. El pensamiento que siempre quise ignorar, se hacía más insistente. Quizá Andrej se había perdido, quizá le había sucedido algo grave.

Alejandro corrió alrededor del carro, levantando su máscara y gritando, pero sin ningún resultado.

En aquel momento comprendí que mi radio podría ser útil de nuevo.

Nikolaj Spiridonovic y Alejandro estaban hablando entre ellos. Escuchaba los sonidos sordos provenientes de sus máscaras y me parecía que todo era un sueño, que en realidad no existía la taiga en llamas ni el tanque, ninguna de aquellas personas tan cercanas. Quería restregarme los ojos para despertarme, pero los párpados estaban cubiertos por la máscara y mi mano resbaló sobre el cristal.

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