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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Jarcev me miró, retirando bruscamente la mano.

— ¿Pero qué dice? ¿Puede esperar?

— ¿Por qué no? ¡Esperará! Además, tampoco es tan urgente, Jarcev. Esto es más importante.

Jarcev se volvió. El hecho de que su descortesía no me hubiese extrañado le había dejado perplejo, por lo visto. Quise de alguna manera distraerlo de pensamientos desagradables, y por eso le pregunté:

— ¿Cómo piensa proteger el motor? Con el aire aspirará también el fuego, y el carburante…

— No habrá carburante… — me contestó bruscamente Jarcev—. Perdóneme, ya traen el asiento.

Y corrió al encuentro de la camioneta que llegaba.

Confieso que no comprendí que un motor pudiese funcionar sin carburante, pero me pareció inútil seguir molestando a Jarcev, pues antes o después lo sabría.

Corrí varias veces en busca del radiotelegrafista, el cual continuaba recibiendo las señales de socorro. Pero por más que gritase en el micrófono, no obtenía ninguna respuesta. Probablemente, la estación local de la isla no podía recibir. ¿Por qué? Misterio.

Los alumnos estaban recubriendo la coraza del tanque con gruesas capas de amianto. Daba una cierta impresión ver aquel artefacto cubrirse de un blanco invernal sobre el fondo verde del prado.

Dos soldados se afanaban junto a un montón de material rosado. Un compresor empezó a toser y, una vez en marcha, emitió ronquidos en tono bajo y potente. El tejido palpitaba, transformándose en espesas cubiertas cosidas. Se hincharon con aire comprimido sacos de tela de amianto y cristal impregnado con una composición especial; debían revestir las paredes interiores del carro para aislarlas del calor.

Lancé una ojeada a través de la tronera del conductor. En el asiento del mismo estaba Beridze, quien daba vueltas, con el ceño fruncido, a la manivela del reostato; parecía un tranviario. Por lo visto, el nuevo sistema no le gustaba mucho; no estaba acostumbrado a él.

Apenas me había alejado de la tronera, cuando Jarcev se me acercó.

— ¿Vienes conmigo, Alejandro? — preguntó, en voz baja.

— ¿Por qué me lo preguntas, Andrej? ¿No soy tu amigo? Te seguiré en el agua y en el fuego…

— De momento, sólo por el fuego — contestó Jarcev, con sonrisa triste.

Transcurrieron varias horas de intenso trabajo. Sobre el campo se extendió una bruma gris azul. Era el humo acre, pesado, que silenciosamente venía de la taiga.

Llegó una pequeña camioneta cargada con baterías en cajitas de materia plástica azul. Los acumuladores fueron fijados en alojamientos adecuados, instalados en el tanque. Los electricistas controlaron los contactos. Se encendieron los faros, brillantes, parecidos a potentes proyectores. Comprendí que usaran acumuladores tan grandes; de otra forma, no sería posible ver a través del humo.

El teniente coronel giró alrededor del tanque, pasó la mano sobre los extraños costados de blando amianto y tocó los almohadones de aire del revestimiento, comprobando que todo estuviese en orden, Poco después, Andrej Jarcev daba algunas instrucciones a Alejandro, temiendo, sin duda, que éste se encontrase en dificultades ante los insólitos instrumentos que debía manejar.

Me sentí lleno de envidia. Ningún hombre había intentado aún navegar en un rnar de fuego. ¡Ellos serían los primeros!

En la penumbra caliginosa, el tanque parecía un pájaro fantástico. El haz de luz de los faros encendidos se entrecruzaba con el humo, dando lugar a una bruma plateada, transparente, colocada sobre el carro como una gran cola. En la hierba se desenrollaba un grueso cable negro.

— ¡Ahora comprendo! — me dije—. El carro está unido a una fuente de energía eléctrica. Arrastrará el cable que alimenta el motor eléctrico… Genial, pero poco práctico. ¿Cómo conseguirá arrastrar diez kilómetros de cable?…

— ¿Intenta llevar la central eléctrica a la taiga? — pregunté a Jarcev, que en aquel momento pasaba por mi lado.

El capitán me miró sorprendido.

— ¿Qué central eléctrica? Estamos cargando los acumuladores.

— ¿Quiere decir que el motor del carro será alimentado por acumuladores? — Estaba profundamente maravillado—. ¡Pero deberán tener una capacidad enorme! ¿Son como esos acerca de los cuales nos habló Nikolaj Spiridonovic?

— Sí. Pidió que se realizaran experimentos prácticos. Estos acumuladores, con el mismo peso y volumen, tienen una capacidad diez veces superior… Pero ya lo sabrá por los informes. — Jarcev calló, golpeando nerviosamente el lápiz sobre los dedos—. La verdadera prueba empieza ahora, de modo que el representante de Moscú podrá establecer con exactitud su valor práctico.

Me volvió la espalda y se marchó.

Tuve la impresión de que dijo «representante de Moscú» con una cierta ironía. Quizá no tenía mucha fe en un experto tan joven. ¡Tampoco el inventor era tan viejo! No, no se trataba de esto. El nerviosismo de Jar- cev era natural, dadas las circunstancias.

Mientras, se estaban llevando a cabo los últimos preparativos. Se controlaron los trajes de amianto proporcionados por la sección de bomberos, se cargaron en el tanque bombonas de oxígeno, medicamentos; en una palabra, todo lo necesario para el arriesgado viaje.

El radiotelegrafista no había logrado tomar contacto con la isla. Era, pues, inútil instalar una radio en el tanque, que hubiera requerido tiempo y restado espacio, más necesario a los acumuladores.

Por fin parecía todo listo. Jarcev esperó con impaciencia a que estuviera dispuesto el cable de alimentación, se sentó en el asiento del conductor y, entornando los ojos, giró la manivela de mando.

Todos permanecimos inmóviles: el teniente coronel, con el cigarrillo a medio fumar; Beridze, con el cable apoyado en el hombro; un joven recluta, con las manos tendidas hacia el tanque. Durante un instante, la escena pareció una imagen cinematográfica de improviso.

Se oyó un silbido monótono, las portas de la coraza anterior y de la torreta vibraron y el tanque empezó a moverse lentamente.

El instante de tensión pasó. Egor Petrovic se llevó el cigarrillo a los labios y aspiró una bocanada con satisfacción; Beridze tiró el cable y echó a correr detrás del tanque, mientras el recluta batía palmas, maravillado, y sonreía como un chiquillo.

Por mi parte, comprendí que los acumuladores de Jarcev merecían la máxima atención. Relativamente pequeños y ligeros, proporcionaban una potencia capaz de mover un carro armado. Hubiese querido disponer de uno inmediatamente para probarlo… Pero no era aquél el momento adecuado.

El tiempo apremiaba. Cada minuto era precioso. Andrej se puso rápidamente el traje de amianto. Corrió hacia mí, cerrando, mientras caminaba, la cremallera. Murmuró, emocionado:

— Estoy seguro de que la máquina no nos decepcionará. La hemos probado muchas veces en el polígono… Pero tengo miedo de no encontrarlos. En el bosque en llamas ya no quedan ni caminos ni senderos.

— Pero la estación de radio le conducirá a la isla.

Aconsejé a Jarcev que se orientase por radio. Como la escuela no disponía de aparatos adecuados, me vi obligado a ofrecerle el mío.

— Tiene una antena especial de dirección… Compensada con mucho cuidado… — había empezado a dar explicaciones técnicas, pero de improviso callé.

Resultaba muy difícil el manejo de mi receptor experimental, dada su abundancia de interruptores y mandos. En mi laboratorio nadie lo conocía a la perfección. Mi jefe lo llamaba «la armónica» y decía que había que aprender a «tocarla».

A pesar de todo, salté sobre la primera camioneta que pasó y fui al hotel para recogerlo.

Tras echar una mirada a mi aparato, Jarcev suspiró:

— Ninguno de mis radiotelegrafistas podría manejarlo. Están acostumbrados a los aparatos comunes. — Me miró, luego me volvió la espalda para dirigirse al tanque.

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