Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Lo mejor de la ciencia ficción rusa
Lo mejor de la ciencia ficción rusa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
1 ... 76 77 78 79 80 81 82 83 84 ... 102
Перейти на страницу:

Y de pronto todo había acabado. La estación había sido destruida por el fuego, salvándose únicamente parte de los aparatos de radio. Pero no lo supe hasta más tarde; entonces estaba preocupado por la suerte de mis nuevos amigos y de la desconocida muchacha, que todavía no habían encontrado.

Pero lo que más me sorprendió fue la conducta de Nikolaj Spiridonovic.

Silencioso durante largo rato, se encogió al fin de hombros como para librarse de un peso invisible, e inclinándose sobre mí, dijo:

— Sus amigos me han dicho que es usted ingeniero electrónico. Si no me equivoco, somos colegas…

No recuerdo mi respuesta, pero creo recordar que negué categóricamente aquella calificación tan lisonjera.

En realidad, sólo era un técnico en los inicios de su carrera y no un experto de la propagación de las ondas de radio.

— Eso no quiere decir nada — rebatió el profesor, acompañando sus palabras con la mano. De detrás de mi espalda tomó el receptor construido por mí—. ¿Es suyo?

Tuve que admitirlo, aunque no pude comprender sus intenciones, — Me molesta cansarle — empezó excusándose—, las circunstancias no son muy oportunas, pero en estos últimos días se han verificado extraños fenómenos en la ionosfera. Y hoy ha sucedido algo absolutamente increíble. No sé cómo explicarlo… Tal vez una ionización de las partículas de carbón producidas por las llamas o una refracción parcial en el estrato E…

Debo precisar que las palabras del profesor no fueron probablemente éstas y que tal vez no se refirió siquiera al estrato E. Luego me habló de una serie de hipótesis que no comprendí del todo. Dijo que tuvo la rara fortuna de observar la difusión de las ondas a través de una espesa barrera de fuego. Podían producirse fenómenos interesantísimos… Me quedé perplejo, sin saber cómo interpretar sus palabras. ¿Fanatismo o extravagancia de científico pasado de moda? Había perdido a su hija, estaba rodeado por un anillo de fuego, le quedaba poco oxígeno y permanecía allí, interesándose por los fenómenos de la ionosfera…

— ¿Las ha tomado usted por ondas reflejadas? — me preguntó, para, al punto, continuar—: He transmitido señales en varias frecuencias diferentes, pero no he logrado controlar la fundamental de diez metros… Ni tampoco salvar el receptor… Tuve que enviar a todos los hombres de la expedición… Espero que captase usted esa onda…

— No lo recuerdo — admití honestamente—. En una frecuencia se oía, en otras no. He probado en varias.

— ¿Y no ha tomado notas?

— Perdone, Nikolaj Spiridonovic, pero ni siquiera se me ocurrió.

El profesor se levantó enojado, dándose un golpe con la lámpara colgada del techo, que osciló, animando sobre la pared una enorme sombra con los brazos levantados.

Tropezando con las cajas esparcidas por el suelo, Nikolaj Spiridonovic se dirigió hacia una esquina alejada, tamborileó sobre el cuadrante colocado sobre el cofre del receptor y se volvió de repente hacia mí.

— ¿Es posible que el profesor que durante tantos meses seguidos os ha hablado de las leyes que gobiernan las ondas de radio, no haya conseguido meteros en la cabeza el espíritu de iniciativa que distingue a un científico de un artesano? ¿Quién era vuestro profesor?

— El profesor Cernikov — contesté, Alguien levantó la tela alquitranada de la entrada. Entre espiras de humo denso aparecieron en el umbral Andrej y Alejandro.

— Valja no está en la isla — dijo Andrej, levantando su máscara.

Su voz era ronca. Tosió, taponándose la boca con una mano. Luego se puso otra vez la máscara y salió.

La lamparita seguía oscilando. Cuando se detuvo y se inmovilizaron las sombras, en las paredes observó que sólo una, la más grande, conservaba un ligero temblor. Eran los hombros de Nikolaj Spiridonovic, que no podía contener su dolor.

Más tarde me contaron que, al caerme, había tropezado con un cable. Era el cable de la antena que estaba buscando. Su otro extremo terminaba en la barraca subterránea donde el profesor y su hija se habían refugiado. Todos los demás miembros de la estación ionosférica, tal como nos dijo Nikolaj Spiridonovic, habían salido de expedición, o se habían marchado a la ciudad para aprovechar el día festivo. El incendio de la taiga les había impedido regresar de nuevo.

Andrej y Alejandro habían acudido a mis gritos. Inmediatamente me habían puesto la máscara y llevado a la barraca siguiendo el cable de la antena.

En la barraca habían encontrado al profesor Cernikov, sentado junto al transmisor con un pañuelo apretado sobre la boca, que enviaba señales al éter. La corriente estaba proporcionada por acumuladores tipo Jarcev, que el profesor había llevado a la barraca en cuanto estalló el incendio.

Cernikov había anotado incluso el trabajo de la estación de radio, con la hora, el minuto y la longitud de onda, dejando programadas las transmisiones como para prolongar la vida del transmisor al menos durante tres días.

Tras confiarme a los cuidados de Nikolaj Spiridonovic, Andrej y Alejandro habían registrado toda la isla, pero sin hallar rastro de Valja. ¿Cómo no preocuparse?

Nikolaj Spiridonovic estaba sentado sobre una caja, con la cabeza inclinada y con los ojos fijos, mirando el pavimento de ladrillo a través del cristal de la máscara.

— ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces…, desde que Valja…? — Andrej buscaba las palabras. El profesor se inclinó aún más.

— Hace casi una hora… — dijo, con voz sorda—. Encontró en un rincón una vieja máscara antigás y ha huido. ¡Loca!… Intenté hacerla volver…

Subimos por la vacilante escalerilla. Andrej apartó la lona y abrió la puerta. Fuimos embestidos por el humo denso, que descendió a la barraca como un agua turbia.

Ya no estaba la antena; sin duda, se había derrumbado. Alrededor del lago, el fuego arreciaba.

Saltando entre los matorrales ardientes, nos acercamos al tanque. Bajo nuestros pies chisporroteaban tizones recubiertos por una transparente película gris. Por ñn vimos el tanque a la luz anaranjada de las llamas. Negras manchas de hollín cubrían la coraza, que parecía un extraño animal.

Nikolaj Spiridonovic miraba atentamente en torno suyo, intentando ver a través de la espesa cortina de humo.

Mientras se acercaba al carro, al observar los acumuladores envueltos en material aislante, preguntó a Andrej:

— ¿Son los mismos?

Andrej indicó que sí con la cabeza.

Alejandro cogió al profesor por un brazo y le ayudó a entrar en el tanque. También Andrej y yo nos dispusimos a ocupar nuestros puestos.

Reflexionando sobre la suerte de Valja, llegué a la conclusión de que la muchacha había conseguido pasar el puente cuando el anillo de fuego no se había estrechado aún alrededor del lago. ¿Pero habría llegado muy lejos? ¿Habría muerto? No quería ni pensarlo.

Levantando nubes de chispas, el tanque se dirigió hacia el Norte.

Di una ojeada al indicador del manómetro y noté con preocupación que nos quedaba oxígeno para poco más de una hora. En aquel breve lapso de tiempo debíamos encontrar a Valja y salir de la taiga.

Alcanzamos la orilla. Sobre el lago se extendía una línea de fuego.

— ¡El puente arde! — gritó» Alejandro con voz ronca, a través de la máscara, golpeando furioso la coraza con el puño.

Efectivamente, la balaustrada y el tablero del puente estaban en llamas.

Los troncos devorados por el fuego se precipitaban al agua, arrastrando consigo las traviesas en llamas del tablero y levantando nubes de vapor acuoso. El camino de regreso estaba cortado…

1 ... 76 77 78 79 80 81 82 83 84 ... 102
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)