Lo mejor de la ciencia ficción rusa
- Автор: Журавлева Валентина Николаевна, Днепров Анатолий Петрович
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Editorial Bruguera
- Переводчик: Carlos Robles
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:
Salimos del tanque y nos reunimos cerca del agua, mirando a la otra orilla con una mezcla de temor y de esperanza. Era imposible atravesar el lago a nado, dejando el tanque en la isla. No habríamos dado ni un paso por el fuego a pesar de nuestros equipos protectores.
— ¿Su tanque no flota? — nos preguntó, preocupado, el profesor—. ¿No es anfibio? Andrej meneó la cabeza. Pregunté la profundidad del agua en aquel punto.
— De seis a siete metros — contestó Andrej—. Imposible vadearlo.
Quedamos silenciosos. En la orilla opuesta se desplomó un pino. Algunas ramas incandescentes volaron hasta nosotros. Nikolaj Spiridonovic sacudió los carbones ardientes que le habían caído sobre la manga y miró a Andrej en espera.
— Pasemos sobre el fondo — propuso Alejandro.
— Justo, pasemos sobre el fondo — confirmó, distraídamente, el profesor, sumergido en sus pensamientos.
Andrej se acercó a mi máscara y, mirando al profesor, me dijo rápido:
— Es la única solución. El peligro es grande, pero no queda otra salida. Desde aquí a la otra orilla habrá unos cincuenta metros. En caso de emergencia, dejaremos los portillos abiertos. Si el motor se para, continuaremos a nado.
Reconozco que la idea no me gustaba en absoluto. ¡Aventurarse en el agua con un carro armado!… Pero los otros dieron su conformidad y no podía hacer otra cosa que aceptar.
Alejandro obturó cuidadosamente con una cinta especial las rendijas del colector del motor, comprobando posibles agujeros en los instrumentos y apretando los tapones de los acumuladores. Envolví la radio en una tela impermeable.
— ¡A sus puestos! — ordenó Jarcev.
Nuestro conductor ya estaba dispuesto. El profesor entró con cierta dificultad en la torreta. Andrej y yo nos quedamos arriba, agarrados a las manillas.
El tanque alcanzó la orilla. El agua, iluminada por el fuego, parecía hierro fundido recién salido del horno.
Lentamente, como quien antes de tomar el baño mira si el agua está fría, el carro descendió al lago. Las cadenas levantaron grandes chorros, que se escurrieron por los costados como una mágica lluvia de oro. De improviso, el carro se detuvo.
Vimos aparecer a Alejandro, que nos dijo:
— Quiero asegurarme de que no hay agujeros o grietas. ¿Me permite, camarada capitán?
Obtenido el permiso de Jarcev, se lanzó al agua, pero al punto apareció en la superficie, flotando como un corcho. La gran botella de oxigeno le impedía descender al fondo.
Enojado por el error cometido, Alejandro regresó de la orilla con una gran piedra, y manteniéndola bajo el sobaco, desapareció en el lago.
A través de su superficie se extendía una línea de puntos negros. Eran los extremos de los pilotes, todo lo que había quedado del puente.
Alejandro no volvía. Andrej escrutaba el velo azul del humo que oscilaba sobre el lago. Nikolaj Spiridonovic taconeaba nerviosamente. De los árboles caían ramas encendidas y carbones incandescentes que, en contacto con el agua, se apagaban con un chirrido.
De pronto, junto a una rama aún inflamada que cayó en aquel momento, reapareció Alejandro. La rama le iluminaba el camino como una antorcha.
Con pocos y medidos movimientos, Alejandro alcanzó la orilla.
— Hay que pasar más a la derecha — indicó, lanzándose sobre la torreta.
El carro se puso otra vez en marcha. Las cadenas se hundieron en el agua, que empezó a entrar por los portillos anteriores. Poco a poco llenó también la torreta, hirviendo como en una cacerola.
Yo estaba aterrado.
A través del agua verdosa brillaba diáfana la luz de los faros. Pálida, apenas visible, se veía también la lamparita de la torreta. Por último, las olas turbulentas se cerraron sobre nuestras cabezas.
Bajo el agua no noté nada sorprendente, ni peces extraños ni algas multicolores. Pero no olvidaré nunca aquel breve viaje submarino.
Andrej había descendido, pero yo permanecía junto al portillo superior.
El lago estaba limpio y transparente y los faros iluminaban buena parte de su extensión, contrariamente a cuanto sucedía arriba, entre el humo.
Ante nosotros se ataría un fondo arenoso, de apariencia fosforescente, sembrado de extrañas piedras recubiertas de musgo. Parecía ser una playa cubierta de matas ralas en una mañana de niebla.
Pero bastaba con mirar a lo alto para que esta impresión se desvaneciese.
Sobre nuestras cabezas estaba suspendido un enorme espejo animado, ondulante, palpitante. Las luces de los faros reflejadas sobre la arena dorada chocaban con la bóveda vítrea y volvían nuevamente hasta nosotros, se agitaban bajo el agua como si intentasen atravesar el espejo transparente. Sí, era verdaderamente transparente. A través de él se adivinaba una llama rosada.
— Esta será la aurora del mundo submarino — me dije.
No quitaba los ojos de la bóveda de cristal, el cielo de los habitantes del lago, que veía encenderse fuegos deslumbrantes, semejantes a estrellas fugaces. No conseguía comprender la causa de tan insólito fenómeno, pero luego comprobé que se trataba de los tizones ardientes que caían en la superficie del lago.
En lugar del aullido de las llamas y el estrépito de los árboles ardientes se escuchaba el rumor de las cadenas sobre el fondo duro, el borboteo y la agitación del agua.
Por el portillo superior apareció entre una nube de burbujas Nikolaj Spiridonovic; se sentó en el borde de la torreta, mirando los tizones incandescentes que aparecían y desaparecían. Levantó instintivamente una mano para señalarlos; al hacerlo, soltó la manilla a la que estaba sujeto, soltándose a la vez en el agua una enorme burbuja, que subió rápidamente hacia la superficie.
Asustado, sacudí algunos golpes sobre la coraza, que sonaron como los golpes de una campana seguidos de un súbito silencio. El tanque se detuvo. Apareció Andrej, a quien intenté explicar por señas lo que había sucedido.
El profesor, difícilmente, podría haber alcanzado la orilla opuesta. Aunque lo hubiese conseguido, no podría salir del agua, porque la cortina de fuego había alcanzado ya el borde del lago.
Miré a lo alto y me pareció ver la mitad de una figurita de porcelana partida en dos. El traje blanco y las blancas botas de amianto parecían cubiertas de esmalte.
Tal vez a causa de la crisis por la que atravesaba, prisionero en el fondo de un lago, o a causa de los milagros de la memoria humana, el hecho es que la imponente figura de Nikolaj Spiridonovic me recordó entonces una figurita que rompí de muchacho. La situación del profesor no era realmente trágica, pero, de todos modos, una comparación tan inoportuna me molestó. Y lo malo es que aún hoy no consigo separarlo de mi mente.
Rota la superficie del agua, apareció sobre nosotros una mano de porcelana, luego la máscara. El profesor debía mirarnos desde algunos metros de altura, flotando sobre aquel techo excepcional.
De improviso, se oyó un extraño sonido musical. Se repitió una vez más y otra, como si alguien hiciese vibrar los dientes de un peine.
Alejandro salió por el portillo anterior y, agarrándose a las partes salientes del tanque, nos alcanzó. Sujetando una manilla con una mano, con la otra se quitó el capuchón cié amianto con la máscara, y se puso en la boca el tubo de goma del oxígeno. Luego nos preguntó:
— ¿Qué ha pasado?
Todo se explicó con bastante sencillez. Si se hace vibrar una goma delgada como un papel sobre un peine, se puede hablar también bajo el agua. Las oscilaciones de esta membrana sui generis se difunden en el agua como en el aire.
Ni yo ni Andrej tuvimos que recurrir a este sistema para responder a la pregunta de Alejandro. Este ya había visto a Nikolaj Spiridonovic suspendido en lo alto, y apretando la goma sobre los labios, pronunció:
— ¡En seguida vuelvo!
Un minuto después, como si fuese lanzada por un invisible trampolín, la blanca figura, seguida por una cuerda, flotaba hacia la superficie, con una extremidad atada a la cintura de Alejandro y la otra al tanque.