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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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El cochero esperó dentro del nártex mientras las mujeres entrábamos en el cementerio. El aire helado hacía que me lloraran los ojos y me goteara la nariz; las aletas de la nariz de Zalumma y la punta tenían un brillante color rosado. Ambas nos levantamos las capuchas de las capas nuevas, una cortesía de ser Francesco.

La hierba y las hojas secas estaban cubiertas de escarcha y crujían bajo nuestros pies mientras caminábamos hacia la tumba.

Mi madre yacía en una cripta de mármol rosa y blanco que brillaba como una perla bajo el pálido sol. Por deseo de mi padre, la lápida era mucho más sencilla que la mayoría: la adornaban dos querubines de cabellos rizados. Uno sentado sobre la lápida, con un brazo y el rostro apuntados hacia arriba, como si contemplase su destino; el otro miraba solemnemente al visitante, y con el índice de su mano regordeta señalaba el nombre:

ANNA LUCREZIA DI PAOLO STROZZI

De no haber sido por el intenso frío, creo que sencillamente me hubiese sentado en el suelo a descansar a su lado. En cambio, permanecí de pie, un tanto insegura, y dije para mis adentros: «Madre, voy a tener un hijo». Apoyé mi mano enguantada en la tumba; quemaba como el hielo, y pensé en lo fríos que deberían de estar sus huesos.

– Hace tres años -le dije a Zalumma-. Hace tres años, en un día como hoy, me llevó a la catedral.

También hacía frío aquel día, aunque no me afectó tanto.

– El día de tu cumpleaños -señaló Zalumma. Su voz era tensa; creía que se echaría a llorar-. Quería hacer algo especial para ti para celebrarlo.

La pena, pensé, hace que se confunda. Emití unos suaves chasquidos y le hablé en un tono amable. Zalumma casi nunca lloraba, y yo no hubiese podido soportar que lo hiciese entonces.

– Tonta. ¿Dónde tienes la cabeza? Sabes que cumplo años en junio. El quince, como hoy.

Zalumma agachó la cabeza a mi lado.

– Tu madre siempre intentaba hacer algo especial para ti en ese día. Algo que nadie más advertiría, pero yo siempre lo supe.

Volví el rostro hacia ella. Era obvio que sabía muy bien lo que decía. Mantuvo la mirada fija en la tumba, para no mirarme.

– Eso es imposible -repliqué lentamente-. Todos saben que mi cumpleaños es en junio.

– Naciste en la finca de tu abuela. Tu padre mandó allí a madonna Lucrezia cuando el embarazo comenzó a notarse. Allí se quedó hasta casi un año después de tu nacimiento. -Se había sonrojado. Ella, que siempre se mostraba muy segura, en aquel momento hablaba tímidamente y se atrancaba con las palabras-. Ella y tu padre se pusieron de acuerdo. Tu madre me hizo jurar que guardaría el secreto. De haber sido por él… -En sus armoniosas facciones apareció el odio por un momento.

Yo me había olvidado completamente del frío.

– Lo que dices no tiene sentido, Zalumma. Ningún sentido. ¿Por qué tanta gente…?

– Tu padre tuvo una esposa, antes que tu madre -me interrumpió-. Una muchacha muy joven. Estuvo casado con ella durante cuatro años, antes de que falleciese a consecuencia de unas fiebres. Nunca concibió. La culparon a ella, por supuesto. Nunca dudan del hombre. Luego se casó con tu madre. Pasaron tres años, y de nuevo, ningún hijo. Ninguno. Hasta… -Se volvió hacia mí. De pronto era otra vez la de siempre; estaba muy exasperada-. ¡Ay, niña! ¡Ve a mirarte en un espejo! ¡No te pareces en nada a ser Antonio! En cambio, todo el mundo puede ver…

– ¿Ver qué? -Creo que me hice la estúpida adrede, porque no quería comprender lo que me decía. Sin embargo, en retrospectiva, debí de entenderlo muy bien. Estaba a punto de echarme a llorar-. Sé que no me parezco a mi padre, pero… ¿qué ven todos los demás?

Acabó por poner las manos sobre mis hombros, en un gesto de consuelo, como si finalmente hubiese comprendido que sus palabras me causarían dolor.

– Madonna, perdóname. Perdóname. Tu madre amaba a Juliano de Médicis.

– Giuliano… -comencé, y me interrumpí. Iba a decirle que estaba loca, que Giuliano, mi Giuliano, nunca había conocido a mi madre, y, por lo tanto, decir que ella lo amaba era una locura.

Entonces mi mente regresó a aquel momento en el que me encontraba en el patio de Lorenzo con Leonardo, y el artista me pidió que posase delante de la estatua de Juliano, cuyas facciones me resultaban curiosamente familiares.

Pensé en el ojo experto de Leonardo, en cómo había reproducido mis facciones en un boceto después de verme una única vez. Recordé también a Lorenzo, que miraba a través de la ventana, como si estuviese esperando algo. Comprendí entonces que había estado esperando una señal del artista.

Mi madre seguramente había sabido desde el primer momento que era la hija de Juliano. Mi padre, llevado por los celos, la alejó durante meses antes de que yo naciese, y continuó haciéndolo mucho después de mi nacimiento. Los mismos celos hicieron que la golpease cuando ella le confesó su embarazo.

Como no podía ser de otro modo, la aventura dio pie a los rumores. Tras la muerte de Juliano, mi madre y Antonio se pusieron de acuerdo en el engaño, para evitarle a mi padre la vergüenza. Ella me tendría en secreto, en la casa de su madre en el campo, y regresaría conmigo cuando mi edad hiciese creíble la mentira. Tardaron en bautizarme; me anotaron en el registro de la ciudad con una fecha de nacimiento falsa.

De esa manera, nadie sospecharía que era la hija de Juliano de Médicis. Nadie excepto quizá el astrólogo, pagado en secreto por Zalumma para que ella y mi desesperadamente curiosa madre pudiesen saber la verdad de mi destino.

Nadie, excepto Leonardo y Lorenzo, que habían reconocido desde lejos las facciones del ser amado.

Zalumma y yo regresamos a casa en silencio.

«¿Por qué no me dijiste todo esto antes? -le había preguntado en el cementerio-. ¿Por qué has esperado hasta ahora?»

«Porque tu madre me hizo prometer que no te lo diría -me había respondido casi a gritos, dominada por una emoción muy fuerte-. Después, al ver lo infeliz que eras viviendo con tu padre, no me pareció sensato aumentar tu sufrimiento, al menos hasta que estuvieses libre. Tenía pensado decírtelo el día que te casaste con Giuliano. Ahora te lo digo porque mereces saber la verdad referente al hijo que llevas en tu vientre.»

Quería llorar, por múltiples razones, pero las lágrimas se resistieron. Recordé a Lorenzo, cuando me susurraba: "Te quiero, niña"; recordé a mi madre cuando me dio el medallón. Lo había perdido, y no tenía nada que me recordara a mi verdadero padre o a mi marido, que era también mi primo.

Quizá debería haberme sentido furiosa con mi padre -con Antonio- por golpear a mi madre al saber que me llevaba en su vientre. Pero solo podía recordar sus manos aplastadas, los dedos bañados en sangre allí donde le habían arrancado las uñas. Solo recordaba las palabras de mi padre, cuando fui a atender la llamada del moribundo Lorenzo: «No importa lo que te diga, tú eres mi hija».

Seguramente aquella noche sintió terror ante la posibilidad de que supiese la verdad; sin embargo, me había dejado ir.

En cuanto llegamos a casa, subí a mis habitaciones y no bajé a cenar; de todos modos, no hubiese podido comer. Zalumma me trajo un poco de pan y sal para calmar las náuseas.

Seguimos sin decir palabra. Mi mente funcionaba a toda velocidad, dispuesta a reinterpretar el pasado, y Zalumma parecía comprenderlo. Apagué la lámpara y me tumbé en la cama, pero mis ojos continuaron abiertos. Contemplé la oscuridad durante una hora, dos, tres.

Entonces me senté bruscamente, con el corazón latiendo acelerado. Pensé en el dibujo en sepia de Bernardo Baroncelli; de pronto comprendí por qué Leonardo me lo había dado. También recordé algunas de las últimas palabras que me había dicho mi marido.

«Leonardo. Leonardo lo vio; mi tío murió en sus brazos.»

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