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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– ¿Desde Amsterdam? -Michael echó una ojeada a la grabadora y se preguntó cómo iba a ponerles la cinta a sus compañeros de equipo. Decidió que borraría la primera parte de la conversación.

– Es lo que me dijo Izzy hace unos días. Pero no lo recuerdo bien, porque no siempre tengo la paciencia necesaria para escuchar todos los detalles de lo que le preocupa. A veces parece una chismosa -sonrió-. Es imposible no caer en los estereotipos -dijo, disculpándose.

– ¿Qué efecto tendrá en su vida la muerte de Gabriel? -preguntó Michael sin rodeos.

Ruth Mashiah cabeceó y suspiró, como si hubiera estado esperando aquella pregunta.

– Desde el punto de vista económico no supondrá ningún cambio -reflexionó en voz alta-. Desde el punto de vista emocional, me pondrá las cosas más difíciles. Izzy se volverá más dependiente que nunca, y puede que incluso… que incluso quiera volver a vivir conmigo, y yo… -sus ojos vagaron ausentes por la habitación y, por primera vez, pareció perder la confianza, la omnisciente certidumbre.

Alentado por la debilidad que delataba aquella mirada, oscilante entre él y la puerta, Michael aventuró:

– ¿Le gustaría que volviera?

– En realidad, no -repuso ella tras un largo silencio-. Ya me he acostumbrado a la libertad de vivir sola. Y también he tenido relaciones con otros hombres… Nada serio -reconoció-. Pero al menos tenían un aire de normalidad, ya me entiende. A veces se me pasa por la cabeza la idea de recuperar lo perdido, de restablecer la estructura que se destruyó, ese tipo de cosas. Pero no, en realidad no -afirmó tajante-. La muerte de Gabi es un desastre para mí, y para Irit.

Michael la observó en silencio.

– Hasta ahora no me había dado cuenta de eso. No era consciente, tengo que pensármelo -explicó Ruth Mashiah sorprendida-. Pero le aseguro que no lo maté yo -dijo de pronto-. No sé hasta qué punto puede usted creerme en este momento, pero me siento en la necesidad de decírselo. No lo maté y no tengo ni idea de quién lo hizo ni por qué -apretó los labios un instante. Su dedo oprimió el centro de la frente-. Y tampoco ha sido Izzy -añadió.

Una vez dicho esto, Ruth Mashiah dio de inmediato su consentimiento a la prueba poligráfica, convino en que examinaran sus cuentas bancarias, estampó su firma en una serie de papeles, declinó el derecho a solicitar un abogado y prometió firmar la declaración que Michael redactaría.

– Haré todo lo que pueda para ayudar -dijo a la vez que se levantaba, y se apresuró a agregar-: en lo relativo al asesinato de Gabi -al llegar a la puerta, se detuvo y, dándose la vuelta, añadió-: Pero si necesita ayuda para Nita, dado su estado emocional, haré lo que esté en mi mano con mucho gusto. ¿Cómo se encuentra realmente? -preguntó preocupada, y se acercó a la mesa.

Michael apagó la grabadora y, llevado por la desesperación, queriendo satisfacer un peligroso anhelo, hizo oídos sordos a la escandalizada voz que en su fuero interno le prevenía contra esa temeridad y se lo contó.

9

Mejor, diría yo

La visión del centelleante medallón de oro que se balanceaba rítmicamente ante los ojos de Nita le hacía sentirse como si estuviera participando en un rito ancestral. No tendría esa sensación, se dijo en son de burla, si aquello fuera una prueba poligráfica y él mismo estuviera a cargo de hacer las preguntas. Se encontraba en un rincón de la amplia sala, lejos del medallón. El psiquiatra, de espaldas a él, le impedía ver el rostro de Nita. Siguiendo con sus reflexiones, Michael pensó que el propio instrumental, el rasgueo de la aguja del detector de mentiras y los gráficos que trazaba, la objetividad de las mediciones, todo ello neutralizaba el ambiente ritual evocado por el reluciente medallón, que, pendiendo de una mano firme, oscilaba ante la mujer anhelante de redención. La voz, serena y monótona, tan autoritaria como sugerente, declaró: «Está usted cansada… Le pesan los párpados… Quiere dormir… Se le cierran los ojos». Estas palabras abolían el tiempo y dibujaban imágenes de cuevas insalubres, selvas, brujería tribal. Al propio tiempo, Michael sabía que la hipnosis era una simple técnica. Elroi le había explicado tiempo atrás cómo funcionaba. Y hacía pocos minutos, Ruth Mashiah le había dado una conferencia al respecto. La ancha espalda del psiquiatra ocultaba el rostro de Nita, pero no sus pies enfundados en estrechos zapatos pálidos, que se levantaron por la punta cuando ella estiró las piernas, al parecer totalmente relajada.

– No lo estimo posible -les dijo Elroi esa misma mañana a Ruth Mashiah y a Michael, que habían ido a verlo a su despacho. La habitual expresión de reserva y serenidad del psiquiatra ocultaba su agitación. Sólo su manera de sacudir la cazoleta de la pipa sobre la papelera, desparramando distraídamente por el suelo los restos de tabaco ennegrecido, delataba su desasosiego-. Ya sabéis que, aparte de ser inaceptable como evidencia, es ilegal. Olvidadlo -dijo casi con repugnancia a la vez que se ponía en pie.

Ruth Mashiah, que se había empeñado en acompañar a Michael a ver a Elroi, apoyó la barbilla en las palmas de las manos.

– Se trata de una mujer que está sufriendo mucho -dijo-, y dado que contamos con su voluntad absoluta de cooperar, no estimo que pueda considerarse ilegal.

– Mira Ruth -dijo Elroi en el tono de voz que le había creado fama de condescendiente-, nos conocemos desde hace mucho y sé que eres una persona para quien la ética, la ética profesional, posee una importancia capital -le reprochó.

Ruth Mashiah no le comentó a Michael que Elroi y ella eran antiguos compañeros de universidad hasta que llegaron a la puerta del despacho. «Salimos juntos de jóvenes», explicó con una sonrisa antes de llamar a la puerta, «y ahora él es psicólogo de la policía».

– Voy a decirte unas cuantas cosas. Ante todo, y esto también lo sabes tú -dijo haciéndole una seña a Michael-, el uso de pentotal, o de cualquier otra sustancia de las que se denominan suero de la verdad, está prohibido, no se permite siquiera para identificar a un violador. Y la hipnosis también lo está en la mayoría de los casos. Por lo que me habéis contado, es evidente que la señora en cuestión es una de las sospechosas. Al menos de momento -se apresuró a añadir al ver que Michael se disponía a rebatirle-. De momento está entre los sospechosos -dijo-. No se trata de una simple testigo de la que se pretenda obtener una identificación. Ninguna persona de este departamento se prestaría a hacerlo. Nadie recurriría a la hipnosis en este caso -golpeó la pipa contra el borde de un cenicero redondo de cristal y miró a Michael-. Pareces muy implicado en el caso -dijo con tacto-. ¿Tienes algún interés especial en esta mujer? Me refiero a un interés personal.

Hubo un momento de silencio. Ruth Mashiah rescató a Michael de la labor de responder al afirmar rotundamente:

– Lo importante es que lo está pasando muy mal. Está muy angustiada y hemos creído que podríamos matar dos pájaros de un tiro…

– ¡Ni pensarlo! -exclamó Elroi, y volvió a tomar asiento-. Si está angustiada, enviadla a un especialista, y, después, si él decide que le conviene la hipnosis como parte del tratamiento -extendió los brazos-, adelante. Yo sería el último en oponerme. No te costará encontrar a la persona adecuada, Ruth. Conoces a mucha gente de la profesión y sería mejor que fuera un psiquiatra quien recomendase la hipnosis. Pero ¿qué opina la señorita Van Gelden?

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