La oscuridad de los sueños
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
– Sí, señor, he enviado a la policía. ¿Puede usted decirme…?
– ¡Escúcheme! Aquí hay un tipo vestido de camarero y está intentando raptar a una agente federal. Llame al FBI. Envíe a todas… ¿Oiga? ¿Sigue ahí?
Nada. La llamada se había cortado. Sentí que el ascensor se detenía bruscamente al llegar a la planta baja. El hombre de la convención retrocedió hasta una esquina e intentó desaparecer. Me acerqué a las puertas y salí apenas empezaron a abrirse.
Me encontré en un vestíbulo adyacente a la recepción. Orientándome para localizar el montacargas, doblé a la izquierda y luego otra vez a la izquierda a través de una puerta con un letrero que decía RESERVADO AL PERSONAL y que daba a un pasillo. Oí los ruidos de una cocina y olía a comida. Había estantes de acero inoxidable llenos de latas de comida de tamaño para hostelería y otros productos. Vi el ascensor de servicio, pero no había ni rastro del hombre de la chaqueta roja que llevaba el carro de la lavandería.
¿Había llegado abajo antes que el montacargas, o había ido hacia arriba?
Apreté el botón de llamada del ascensor.
– Oiga, no puede estar aquí.
Me volví rápidamente y vi a un hombre con ropa blanca de cocina y un delantal sucio que caminaba hacia mí por el pasillo.
– ¿Ha visto a un hombre empujando un carro de lavandería? -le pregunté rápidamente.
– No, en la cocina no.
– ¿Hay algún sótano?
El hombre se sacó un cigarrillo sin encender de la boca para contestarme. Me di cuenta de que iba a salir a fumar, así que por allí cerca tenía que haber una salida.
– ¿Se puede llegar al aparcamiento desde aquí?
Señaló a mi espalda.
– El muelle de carga está… ¡Eh, cuidado!
Empezaba a volverme hacia el ascensor cuando el carro de la lavandería vino hacia mí. Me golpeó a la altura del muslo y caí hacia delante. Extendí las manos para amortiguar mi caída en la pila de ropa de cama. Noté algo blando pero sólido bajo aquellas sábanas y supe que era Rachel. Eché el peso hacia atrás y volví a ponerme en pie.
Al levantar la mirada vi que el ascensor volvía a cerrarse porque el hombre de la chaqueta roja mantenía la mano en el botón de cierre de puertas. Lo miré a la cara y lo reconocí por la fotografía de su ficha policial que había recibido esa misma noche. Tenía un aspecto más pulcro e iba de rubio, pero estaba seguro de que aquel tipo era Marc Courier. Volví a fijarme en el panel de control del ascensor y vi que se había encendido la luz del piso superior. Courier volvía arriba.
Metí los brazos en el interior del carro y saqué la ropa de cama. Ahí estaba Rachel. Seguía con la ropa que llevaba por la mañana. Estaba bocabajo con brazos y piernas atados por detrás de la espalda. El cinturón de un albornoz del hotel atado con fuerza hacía las veces de mordaza. Rachel sangraba profusamente por la boca y por la nariz. Tenía los ojos vidriosos, con una expresión distante.
– ¡Rachel!
Me incliné sobre ella y tiré de la mordaza para sacársela de la boca.
– ¿Rachel? ¿Estás bien? ¿Puedes oírme?
No contestó. El hombre de la cocina se acercó y miró al interior del carro.
– ¿Qué demonios…?
La había atado con bridas. Me saqué el sacacorchos del bolsillo y utilicé el cortacápsulas para partir el plástico.
– ¡Ayúdeme a sacarla!
La levantamos para sacarla del carro con cuidado y la pusimos en el suelo. Yo me agaché a su lado y me aseguré de que la sangre no le había bloqueado las vías respiratorias. Las ventanas de la nariz sí que estaban taponadas, pero no así la boca. La habían golpeado y empezaba a hinchársele la cara.
Miré al hombre de la cocina.
– ¡Llame a seguridad! ¡Y a emergencias! ¡Corra!
Empezó a correr por el pasillo en busca de un teléfono. Volví a mirar a Rachel y vi que recuperaba la conciencia.
– ¿Jack?
– Todo está bien, Rachel. Estás a salvo.
La expresión de sus ojos era de miedo y de dolor. Sentí que la rabia crecía en mi interior.
Desde el fondo del pasillo oí que el hombre de la cocina me gritaba.
– ¡Ya vienen! ¡Ambulancia y policía!
No levanté la vista para mirarle. Mantenía los ojos fijos en Rachel.
– ¿Has oído eso? La ayuda está en camino.
Ella asintió y vi que sus ojos cobraban más vida. Tosió e intentó sentarse. La ayudé y después tiré de ella para abrazarla. Le froté la nuca.
Rachel susurró algo que no pude oír y me eché hacia atrás para mirarla y pedirle que volviera a decirlo.
– Pensaba que estabas en Los Ángeles.
Sonreí y negué con la cabeza.
– Estaba demasiado paranoico, no me gustaba nada separarme de la noticia. Y de ti, menos. Iba a sorprenderte con una buena botella de vino. Fue entonces cuando lo vi. Era Courier.
Asintió débilmente.
– Me has salvado, Jack. No lo reconocí por la mirilla de la puerta. Cuando abrí, era demasiado tarde. Me pegó. Intenté resistirme, pero llevaba un cuchillo.
Le pedí que callara. No tenía que explicármelo, pero había otra información más necesaria.
– Escucha, ¿estaba solo? ¿Estaba Mc Ginnis con él?
Ella negó con la cabeza.
– Solo he visto a Courier. Pero lo he reconocido demasiado tarde.
– No te preocupes por eso.
El hombre de la cocina permanecía en el pasillo, ahora con otros hombres vestidos con ropa blanca. Les indiqué que se acercaran, pero al principio no se movieron. Luego uno empezó a avanzar con desconfianza y los demás lo siguieron.
– Apriéteme el botón del montacargas, por favor -dije.
– ¿Está seguro? -preguntó uno.
– Hágalo.
Me agaché y puse la cara en el cuello de Rachel. La abracé, aspiré su perfume y le susurré al oído.
– Ha ido arriba. Voy a por él.
– ¡No, Jack, espera aquí! ¡Espera aquí conmigo!
Me incorporé y la miré a los ojos. No dije nada hasta que oí que las puertas del ascensor se abrían. Entonces miré al tipo de la cocina con el que había hablado al principio. Llevaba el nombre bordado en la camisa blanca: Hank.
– ¿Dónde están los de seguridad?
– Tendrían que estar aquí -me dijo-. Ya vienen.
– Muy bien, quiero que esperen aquí con ella. No la dejen sola. Cuando lleguen los de seguridad, díganles que hay otra víctima en las escaleras del séptimo y que he ido arriba a buscar al tipo. Pídanles que cubran todas las salidas y los ascensores. Ese tipo ha subido, pero en algún momento tendrá que intentar bajar.
Rachel empezó a levantarse.
– Voy contigo -dijo.
– No, tú no vas a ninguna parte. Estás herida. Te quedarás aquí y yo volveré enseguida. Te lo prometo.
La dejé allí y me metí en el ascensor. Apreté el botón del piso doce y volví a mirar a Rachel. Cuando la puerta se cerraba vi que Hank, el de la cocina, encendía nerviosamente su cigarrillo.
Tanto él como yo sentíamos que aquel era un momento para enviar las normas al cuerno.
El montacargas subía muy despacio y me dio por pensar que en gran parte el rescate de Rachel se había debido puramente a la suerte: un montacargas lento, mi decisión de quedarme en Mesa para sorprenderla, la de ir por la escalera con mi botella de vino. Pero no quería hacer conjeturas con lo que podría haber llegado a pasar. Me concentré en el momento y cuando el montacargas llegó por fin a lo alto del edificio estaba en guardia, con la hoja de dos centímetros del sacacorchos desplegada. Al abrirse la puerta comprendí que tenía que haber escogido algún arma mejor de entre las disponibles en la cocina, pero ya era demasiado tarde.
El vestíbulo de limpieza de la doce estaba vacío salvo por la chaqueta roja de camarero que vi abandonada en el suelo. Empujé las puertas de doble batiente para meterme en el pasillo central. Ya oía las sirenas procedentes del exterior del edificio. Un montón de sirenas.
Miré a ambos lados, no vi nada y empecé a pensar que una búsqueda llevada a cabo por un solo hombre en un hotel de doce plantas casi tan ancho como alto iba a ser una pérdida de tiempo. Entre ascensores y escaleras, Courier podía elegir múltiples vías de escape.