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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Shaul la examinó y dijo:

– Es una TDK. Se pueden comprar aquí, pero las hacen en el extranjero, en Japón.

– Todo se hace en el extranjero -dijo Michael vagamente-, hasta las investigaciones criminales.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Eli Bahar, mirando a Michael con aprensión, como si hubiera perdido el juicio.

– Esto es la grabación de una charla entre Iddo Dudai y un viejo ruso, realizada en Estados Unidos, y no hace falta ser un genio para deducir que tiene muchas posibilidades de ser la cinta desaparecida. La grabó Iddo Dudai en Carolina del Norte y alguien la ha borrado. ¿Por qué?

Volvió a hacerse el silencio. Eli Bahar abatió la cabeza y Michael exclamó furioso:

– Después de encontrar el coche de la víctima de un asesinato, creo que habría sido lógico registrarlo a fondo.

Eli no respondió.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Shaul con sonsonete talmúdico.

– Eso me gustaría saber -repuso Michael-. Vamos, Yuval. Ya son las ocho menos cuarto, y mañana es un día importante.

El teléfono sonó cuando ya estaban en la puerta. Michael no pensaba detenerse, pero Shaul, que había respondido a la llamada, dijo:

– Un segundo, está aquí; lo has pescado de milagro. Es para ti -y dejó el auricular sobre la mesa.

Mientras se encaminaba a la mesa, Michael oyó a sus espaldas el suspiro de desesperación de su hijo, pero las palabras emocionadas que oyó pesaron más que el descontento de Yuval.

– Muy bien, tráelo ahora mismo -dijo al final, y restregó alternativamente ambas manos contra los costados de sus pantalones.

Eli Bahar lo miró con inquietud.

– ¿Qué ha pasado? -quiso saber Shaul-. ¿Por qué te has puesto lívido?

Michael no respondió.

– Te dejaré por el camino -le dijo a Yuval-. Tengo que volver al trabajo.

El gesto de su hijo reflejaba una mezcla de rabia y resolución: iba a comportarse con dignidad, sin dejar entrever su desengaño, pero a la vez quería asegurarse de que su padre captara cómo le había sentado que pasara lo de siempre…, el tiempo para relajarse juntos era una promesa que nunca llegaba a cumplirse. Expresó todo esto torciendo la comisura de la boca, un gesto más que conocido para Michael, como la amplia gama de emociones que expresaba. Pero no era capaz de ver más allá de la bruma que le empañaba la mente. La voz de Shorer reverberó en sus oídos: «¿Cuántas veces te he dicho que tengas cuidado con las corazonadas, que nunca te guíes por ellas sin cubrirte las espaldas?». Más tarde, de camino hacia el barrio ruso, oyó la risa cascada de Ariyeh Levy y vio el relumbrar de sus ojillos. «¡Así que ha vuelto a meter la pata! Ya le había dicho yo que esto no es la universidad. ¿O es que no se lo había dicho?»

16

Eli Bahar también escuchó el informe de Balilty. Michael, sentado tras su mesa, mantenía la expresión impasible, inmóvil el cuerpo.

– Ha ido a buscarlo Alfandari -concluyó Balilty-. Llegarán enseguida. No te veo en muy buena forma.

Michael hizo oídos sordos al comentario final.

– Vuelve a contármelo. Todo, desde el principio, despacio -pidió.

– ¿Por qué no me grabas? -replicó Balilty, y comenzó a esbozar una sonrisa que quedó truncada cuando Michael hizo un ademán impaciente-. ¿Por dónde puedo empezar? -preguntó clavando la vista en el techo. E inició el relato de nuevo, esta vez hablando sosegadamente y echando miradas de reojo, como si buscara la corroboración de Eli Bahar, que lo miraba con atención desde su asiento, al lado del escritorio-. Ya sabes que verificamos su coartada -dijo Balilty-. Alfandari habló con su madre; fue a Rosh Pinna el lunes sólo para eso. Dijiste que por teléfono no, por eso fue en persona. Ya has oído lo que contó sobre ella: que es un prototipo de pionera, que ya no cumplirá los ochenta. Otro hijo suyo vive en Safad, y la hija en Sede Yehoshua; son una familia muy unida. Él es el hermano de en medio. En fin, su madre le dijo a Raffi que Klein había llegado a su casa el jueves por la noche, y que se marchó directamente al aeropuerto desde allí el sábado por la noche; Raffi repasó la historia con ella y se la creyó. Raffi es de fiar, y dice que yo también me la habría creído. Es una casa grande, con mucho terreno, todo él cerrado por una cerca alta. Así que es posible que Raffi tenga razón y nadie viera nada. Pero no se quedó satisfecho, Raffi quiero decir, porque el vecino de al lado no estaba cuando fue a interrogar a la madre, y lo primero que preguntó Ariyeh Klein fue si habíamos hablado con los vecinos. Por eso hemos vuelto por allí esta mañana, Raffi y yo. Además yo tenía un asunto pendiente en Tiberias, nada que ver con el caso. Esta vez el vecino estaba en casa. Otro más que no ha nacido ayer, está sordo como una tapia y no se entera de nada, pero también estaba su hijo, todo un personaje, de unos cincuenta años, y ¿qué nos dice el hijo? Nos dice que el jueves por la noche, cuando se suponía que Klein ya habría llegado si hubiera ido directamente desde el aeropuerto, sobre las once, la madre se presenta en su casa, la madre de Klein, que se llama Sara, y le pregunta, al hijo del vecino, que no vive allí…, no te lo pierdas: le pregunta si podría ir a ver por qué no le funciona bien el teléfono. El timbre sonaba demasiado bajo y, como es mayor y dura de oído, le daba miedo no oírlo. Y, como es lógico, yo me digo: ¿por qué tuvo que ir a pedirle al hijo del vecino que le arreglase el teléfono si tenía en casa a su propio hijo? Así que le pregunto al hijo del vecino, Yoska, se llama, si Ariyeh Klein estaba en casa. Ni hablar, me dice, en ese caso Sara no habría tenido que pedirle ayuda, porque Ariyeh es capaz de arreglar lo que se le ponga por delante. Estaba sola. Eso me dijo. Antes yo le había soltado un rollo patatero sobre los motivos por los que quería hablar con él; fue todo muy amistoso; él no tenía ni idea de la información que me estaba facilitando. Después le pregunté cuándo había llegado Ariyeh, y me dijo que no tenía ni idea, pero que, cuando terminó de arreglar el teléfono, su madre lo convenció de que no volviera a Haifa y se quedara a pasar la noche con ellos, así que durmió allí, en casa de sus padres. Ha sido pura casualidad que lo encontrase allí hoy; había llevado a sus hijos a ver a los abuelos, eso me explicó. En fin, que le pregunté cuándo había llegado Klein y él me dijo que no lo sabía, que había vuelto el viernes por la mañana a Haifa. ¿Todo bien hasta aquí? -Balilty suspiró y echó una ojeada a Michael, que continuaba tenso, callado.

– ¿Y qué más? -intervino Eli Bahar, por primera vez desde que entró al despacho.

– ¿Qué más?; como ya he dicho, Raffi y yo volvimos a casa de la madre de Klein y le pedimos que nos acompañara. Y ella saltó diciendo que por qué demonios tendría que acompañarnos, y yo le advertí de los riesgos del perjurio antes de preguntarle por qué no le había pedido a su hijo que le arreglase el teléfono si estaba en casa. Entonces se dio cuenta de que la habíamos pillado, pero no dijo nada. Tampoco nos dio otra versión. Se quedó tiesa, como posando para un monumento, y dijo que no tenía nada más que contarnos, que no iba a acompañar a nadie a ningún lado y que tendríamos que llevárnosla por la fuerza. ¿Tengo yo pinta de llevarme a una ancianita por la fuerza? Le dije: «Está bien, señora, si usted lo quiere así, le pondremos a la policía local a su puerta». Le desconectamos el teléfono, encargamos a un poli de allí que la mantuviera incomunicada, para que no pudiera avisar al profesor, y volvimos aquí.

– ¿Así que, en realidad, Klein no estuvo en Rosh Pinna? -preguntó Eli Bahar.

– No estuvo allí el jueves por la noche. Y su vuelo llegó a las dos de la tarde. Me parece a mí que deberíamos preguntarle dónde estuvo. Si no tenéis nada que objetar.

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