La oscuridad de los sueños
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
– Jack, ¿estás ahí?
– Sí, estoy escribiendo. ¿Algo más?
– Creo que es todo.
– ¿Vas con cuidado?
– Claro que sí. Me mandan el arma y la placa esta noche. Mañana por la mañana las tendré aquí.
– Entonces ya no te faltará nada.
– Exacto. Bueno, y ahora, ¿podemos hablar de nosotros?
De pronto sentí una daga de ansiedad en el pecho. Rachel quería dejar de lado la conversación relacionada con el trabajo para decir lo que tuviera que decir sobre nuestra relación. Tras todas esas llamadas por teléfono sin contestar temía que las noticias no fueran buenas.
– Eh, sí, claro. ¿Qué pasa con nosotros?
Me levanté de la cama, dispuesto a recibir las noticias de pie. Me acerqué a coger la botella de vino. La estaba mirando cuando ella habló.
– Bueno, es que no quiero que solo hablemos de trabajo.
Me sentí algo mejor. Dejé la botella en su sitio y la daga no parecía tan afilada.
– Yo tampoco.
– De hecho, estaba pensando… Te parecerá una locura.
– ¿El qué?
– Bueno, cuando me han ofrecido otra vez el trabajo me he sentido muy… No sé, eufórica, supongo; reivindicada de alguna manera. Pero luego, cuando volvía aquí sola esta noche, he empezado a pensar sobre lo que dijiste cuando bromeabas.
No podía recordar a qué se refería, de manera que le seguí la corriente.
– ¿Y?
Soltó una risita antes de contestar.
– He pensado que realmente podría ser divertido si lo intentábamos.
Yo me estaba devanando los sesos, y no sabía si tendría algo que ver con la teoría de la bala única. ¿Qué había dicho?
– ¿En serio?
– Bueno, no sé nada del negocio ni de cómo podríamos conseguir clientes, pero creo que me gustaría trabajar contigo en las investigaciones. Sería divertido. Ya lo ha sido.
Entonces lo recordé. Walling y Mc Evoy, investigaciones discretas. Sonreí. Me arranqué la daga del pecho y la lancé con la punta por delante para que se clavara en el duro suelo como esa bandera que el astronauta plantó en la luna.
– Sí, Rachel, ha sido bonito -dije, con la esperanza de que esa bravuconería ocultara mi alivio interior-. Pero no sé, estabas muy inquieta al pensar en enfrentarte a la vida sin tu placa.
– Sí, ya sé. Quizá me esté engañando a mí misma. Quizás acabaríamos en asuntos de divorcios, y con el tiempo eso ha de ser fatal.
– Sí.
– Bueno, tenemos que pensar en ello.
– Oye, no vayas a creer que tengo algo organizado; no me oirás objetar nada. Lo único que quiero es asegurarme de que no cometes ningún error. O sea, ¿ya está todo olvidado en el FBI? ¿Te han devuelto el trabajo y ya está?
– Tal vez no. Estarán al acecho. Como siempre.
Oí que alguien llamaba a su puerta y una voz apagada que decía «servicio de habitaciones».
– Aquí tengo la cena -dijo Rachel-. Te dejo.
– De acuerdo. Hasta luego, Rachel.
– Sí, Jack. Buenas noches.
Sonreí mientras apagaba el móvil. Ese luego iba a ser más pronto de lo que ella creía.
Después de lavarme los dientes y de mirar en el espejo qué aspecto tenía, cogí la botella de Grand Embrace y me guardé en el bolsillo el sacacorchos que me había dado el chico del servicio de habitaciones. Me aseguré de que llevaba la tarjeta llave y salí.
La escalera se hallaba justo al lado de mi habitación, y la de Rachel solamente estaba un piso más arriba y unas cuantas puertas más allá, de manera que decidí no perder más tiempo. Empujé la puerta y empecé a subir los escalones de cemento de dos en dos. Me asomé un momento por encima de la barandilla y miré al fondo del hueco de la escalera. Noté una dosis rápida de vértigo, retrocedí y continué subiendo. Al llegar al descansillo intermedio ya estaba pensando en cuáles serían las primeras palabras de Rachel cuando abriera la puerta y me viera. Estaba sonriendo al llegar al final del siguiente tramo de peldaños. Y fue entonces cuando vi a un hombre tendido de espaldas cerca de la puerta que daba al pasillo de la séptima planta. Llevaba pantalones negros y camisa blanca con pajarita.
Al momento comprendí que se trataba del camarero del servicio de habitaciones que un rato antes me había traído la cena y la botella de vino que ahora llevaba en la mano. Al llegar al último escalón vi que había sangre sobre el cemento, que se filtraba por debajo de su cuerpo. Me arrodillé junto a él y dejé la botella en el suelo.
– ¡Oye!
Le moví el hombro para ver si obtenía alguna respuesta. No observé ninguna reacción y pensé que estaba muerto. Vi la tarjeta de identificación prendida a su cinturón y esta confirmó mi reconocimiento: EDWARD HOOVER, PERSONAL DE COCINA.
Y enseguida salté a otra conclusión.
«¡Rachel!»
Me levanté de un salto y abrí la puerta. Al tiempo que entraba en el pasillo del séptimo piso saqué el móvil y marqué el 911, el número de emergencias. El hotel estaba diseñado en forma de una gran U y yo me encontraba en la parte superior del palo derecho. Empecé a avanzar por el pasillo, fijándome en los números de las puertas: 722, 721, 720… Llegué a la habitación de Rachel y vi que la puerta estaba entreabierta. La empujé sin llamar.
– ¿Rachel?
La habitación estaba vacía, pero vi signos evidentes de lucha. Había platos, cubiertos y patatas fritas esparcidos por el suelo junto a la mesa del servicio de habitaciones. La ropa de cama había desaparecido y vi una almohada manchada de sangre en el suelo.
Me di cuenta de que llevaba en la mano el móvil y oí que me llamaba una vocecita. Volví hacia el pasillo al tiempo que levantaba el teléfono.
– ¿Hola?
– Nueve uno uno, ¿cuál es su emergencia?
Eché a correr por el pasillo, con el pánico envolviéndome mientras gritaba al teléfono.
– ¡Necesito ayuda! ¡Mesa Verde Inn, séptimo piso! ¡Ahora!
Doblé por el pasillo central y durante una milésima de segundo atisbé la imagen de un hombre con el cabello teñido de rubio que llevaba una chaqueta de camarero roja. Empujaba un gran carro de lavandería a través de una puerta de doble hoja, al otro lado de los ascensores. No lo vi más que un momento, pero aquello no tenía sentido.
– ¡Eh!
Aceleré mi carrera, cubrí rápidamente la distancia y empujé las puertas de doble hoja solo unos segundos después de ver que se cerraban. Entré en un pequeño vestíbulo de la zona de limpieza y vi que se cerraba la puerta del montacargas. Me lancé hacia allí con el brazo extendido, pero era demasiado tarde. Se había ido. Retrocedí y miré hacia arriba. No había números ni flechas que me indicaran en qué dirección había huido. Volví a pasar por la puerta de doble hoja y corrí hacia los ascensores de clientes. Las escaleras, a ambos lados de la planta, quedaban demasiado lejos para tomarlas en consideración.
Apreté el botón de bajada, pensando que era la opción obvia. Conducía a la salida, a la huida. Pensé en el carro de lavandería y en la inclinación hacia delante del hombre que lo empujaba. Allí dentro había algo más pesado que ropa, estaba seguro. Tenía a Rachel.
Había cuatro ascensores para clientes y tuve suerte. En el mismo momento en que apreté el botón se oyó la campanita de una puerta y se abrieron las de ese ascensor. Salté al interior y vi que la luz de recepción ya estaba encendida. Aporreé el botón de cierre y esperé durante un momento interminable hasta que las puertas se cerraron lenta y suavemente.
– Tranquilo, que ya llegaremos.
Me volví y vi que ya había un hombre en el ascensor. Llevaba una tarjeta de convención con su nombre y adornada con un lazo azul. Iba a decirle que se trataba de una emergencia cuando me acordé de que llevaba un teléfono en la mano.
– ¿Oiga? ¿Sigue usted ahí?
Se oía mucha carga estática en la línea, pero todavía tenía conexión. Sentía que el ascensor empezaba a bajar deprisa.