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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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En cambio, el hombre estimó lógico a todas luces que Franco se decidiera también por la neutralidad y que enviara a los países beligerantes un mensaje rogándoles "que localizaran el conflicto". "España no puede hacer otra cosa -sentenció el camarada Dávila-. España ha de dedicarse a la reconstrucción".

Bueno, la realidad era ésta: la guerra había estallado, cinco meses después de que en España hubiera "estallado la paz", expresión grata a 'La Voz de Alerta', quien le daba un significado glorioso. Y ello había demostrado una cosa: que el Gobernador podía equivocarse… Eso le dijo Mateo a su jefe y amigo, en el despacho de éste, mientras, fruncido el entrecejo, el muchacho jugueteaba con su mechero de yesca. El Gobernador hizo un ademán de impotencia y comentó: "Es cierto, me equivoqué. Pero creo que se ha equivocado medio mundo". Y tomó las gafas negras y se las colocó de nuevo.

Los acontecimientos se precipitaron. El día 8 las tropas alemanas entraron en Varsovia. Sin embargo, la guerra continuó aún y las emisiones del mundo entero se hacían lenguas del heroísmo de los polacos, al tiempo que anatematizaban la furia de los bombardeos que llevaba a cabo la aviación germana, a las órdenes del mariscal Goering. Entonces, en plena hecatombe, saltó al aire otra sensacional noticia: los rusos, emulando el pretexto invocado por Hitler, el 17 de septiembre cruzaron también, por el Este, la frontera polaca, "al objeto de proteger a las minorías ucranianas y a los rusos blancos que había en aquella franja de territorio". La cosa estaba clara: Alemania y Rusia se disponían a repartirse Polonia, como quien se reparte un queso de bola, lo cual explicaba plausiblemente su reciente pacto de no agresión. El general Sánchez Bravo, después de analizar ante el mapa la operación confluente, comentó: "Sin embargo, hay algo que no entiendo. Los territorios que se anexiona Alemania son ricos -Cracovia, la Alta Silesia, etcétera-; en cambio, los territorios que se anexiona Rusia son pobres y pantanosos". Luego añadió: "Tal vez lo que buscan los rusos sea disponer de mano de obra".

Como fuere, el ataque soviético hizo suponer a los comentaristas internacionales que Inglaterra y Francia declararían también la guerra a Rusia, pero se equivocaron. Ambas democracias se limitaron a enviar, a través de sus embajadores en Moscú, una nota de protesta.

Este hecho sublevó de modo especial a José Luis Martínez de Soria.

– ¿Habráse visto? -barbotó el hermano de Marta-. Los rusos realizan una acción idéntica a la de los alemanes: vulnerar la frontera polaca, y las democracias se limitan a protestar. ¡Ah, claro, Rusia es intocable! Papaíto Stalin se enfadaría. El peligro es Hitler; Stalin, no. Stalin es un corderito que sólo asusta a los "fascistas" españoles.

Mateo tomó buena nota de la sutil teoría de su camarada e hizo de ella el punto de partida de sus comentarios en Amanecer y en la emisora local de radio.

Cabe decir que la estrategia de Mateo hizo mella en la mentalidad común. Y es que buena parte de la población gerundense era, ya con anterioridad a la guerra española, germanófila. Lo era por adhesión de difícil análisis. Julio García, en tiempos, había hablado "de admiración por los científicos y por la capacidad de trabajo del pueblo alemán"; David y Olga habían especulado sobre "el posible recuerdo de Carlos V"; el melómano doctor Rosselló lo atribuía, sobre todo, "a Beethoven y a Schumann". No se sabía… El caso es que personas tan al margen de la política como Damián, el trompeta de la Gerona Jazz, y don Eusebio Ferrándiz, el jefe de Policía, eran germanófilas. Y para citar un ejemplo príncipe, estaba el caso de las hermanas Campistol, las cuales, desde el día 1 de septiembre, en su taller de modistas rezaban cada día el rosario para que Alemania consiguiese la victoria.

Naturalmente, Galindo, uno de los que habían vaticinado que Alemania no se limitaría a soltar discursos, se presentó en el Café Nacional exhibiendo una caricatura de Hitler, realizada con su máquina de escribir, en la que el bigote acharlotado del dictador alemán empezaba a afilarse por los extremos y a extenderse por Europa. La caricatura obtuvo franco éxito, lo que Galindo aprovechó para decirle a Matías: "Una vez me preguntó usted cuándo se decidirían los ingleses a decir: stop. Pues bien, ahí lo tiene. Ya se han decidido". Por su parte, Jaime, el repartidor de Amanecer, en el plazo de dos semanas gastó casi entero un lápiz rojo a base de subrayar aparatosamente, en el ejemplar del periódico destinado a los Alvear, los textos entresacados de los discursos de Goebbels y referidos a la "incuestionable supremacía del superhombre ario".

Con todo, mucho más dolido que los amigos de Matías lo estaba el padre Forteza. El padre Forteza estimaba que la conquista de Polonia por los nazis significaba una pérdida irreparable para la Iglesia, pues no podía olvidarse que Polonia era la vanguardia católica en el Este, en el mundo eslavo. El jesuita había recibido a la sazón una carta de un padre de la Compañía, residente en Bélgica, en la que éste le contaba "que los soldados polacos estaban luchando con crucifijos en el pecho y que en todas las iglesias de la nación los fieles cantaban: Señor, líbranos de esta guerra que nosotros no hemos querido". Por otra parte recordaba, de su estancia en Alemania, frases y comentarios de Hitler referidos a la religión: "El Cristianismo es un invento de cerebros enfermos y un fermento de descomposición". "Una revolución no se hace con santos". "He decidido que en mi entierro no haya un solo cura en diez quilómetros a la redonda". Etcétera.

El padre Forteza estuvo tentado de hacer, ¡otra vez!, una visita al Palacio Episcopal para suplicarle al obispo que las autoridades gerundenses se abstuvieran de cantar a diario las excelencias del III Reich; pero, después de un intercambio de impresiones con mosén Iguacen, el familiar del prelado, desistió. Mosén Iguacen le anticipó la respuesta: aquello era política, y la política escapaba a la jurisdicción eclesiástica.

– ¡Por los clavos de Cristo! ¿Puede considerarse política el que una nación persiga al catolicismo?

Mosén Iguacen, cada día mejor guardaespaldas, replicó, acariciándose las puntas de los dedos:

– ¿No estará usted exagerando, padre? La Iglesia germánica parece gozar de buena salud. ¿Tiene usted noticia de que los obispos alemanes hayan condenado públicamente la acción de Hitler?

Los hechos dieron la razón a mosén Iguacen. El doctor Gregorio Lascasas, pese a haber nacido en Aragón, no se decidió a actuar. Pe limitó a ordenar que en todas las parroquias de la diócesis se hicieran "rogativas en pro de la paz del mundo".

En el Casino de los Señores brotaron comentarios para todos los gustos. 'La Voz de Alerta' se alegró de que Mussolini no se hubiera aliado bélicamente con Hitler. El notario Noguer declaró que la opinión de Amanecer, según la cual "la lucha entre las democracias y la Alemania nazi era la lucha entre un gato y un león", le parecía exagerada. "A los franceses no les gusta la guerra; de acuerdo. A los ingleses tampoco. Pero ¡quién sabe lo que puede ocurrir! ¿Y si a los Estados Unidos les da por declararse también beligerantes?".

Inesperadamente, se unió al grupo antialemán un personaje recién llegado a la ciudad: el doctor Andújar. El doctor Andújar, compañero de carrera del doctor Chaos -aunque especializado luego en Psiquiatría-, en virtud de las gestiones realizadas por éste, acababa de llegar a Gerona para posesionarse del cargo de Director del Manicomio, ¡que buena falta hacía! Hombre muy católico, padre de familia numerosa y amante de la paz, su opinión fue concreta: no era seguro, ni mucho menos, que una vez rendida Polonia todo hubiera terminado. El conflicto podía continuar y extenderse. Y si se extendía, "Inglaterra podía muy bien darle el vuelco a la situación, habida cuenta de que las guerras largas solía ganarlas quien dominaba el mar".

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