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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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El mar… Esta palabra produjo en el Casino de los Señores un impacto comparable al que, al oírla, recibía en su cerebro el pequeño Manuel. 'La Voz de Alerta', que ocho días antes había repasado una voluminosa Historia Naval, por habérsele ocurrido escribir una "Ventana al mundo" dedicada al tema Los océanos, asintió a la original tesis del doctor Andújar. "Es cierto -dijo-. Inglaterra, en el mar, no tiene rival".

Sin embargo, la reacción más violenta a raíz de los acontecimientos corrió a cargo -no podía ser de otro modo- de Manolo Fontana y Esther, quienes habían cancelado precipitadamente su veraneo. Manolo, que no sólo había obtenido la licencia, sino que disponía ya de piso propio, precisamente el que perteneció a Julio García, manifestó que José Luis Martínez de Soria, en sus investigaciones sobre la figura de Satán, tropezaría sin duda con el nombre de Hitler. Estaba furioso con Mateo, quien había trascrito en Amanecer un artículo de fondo de Núñez Maza publicado en un diario madrileño y que decía literalmente: "Excepto Alemania, Italia, Portugal, España y el Japón, el resto del mundo es masonería y comunismo, es decir, escoria".

Manolo, más que nunca, y ahora a modo de desafío, fumaba tabaco rubio inglés. Y si bien en lo íntimo de su corazón le temía al III Reich, al enterarse de que Churchill había sido nombrado Primer Lord del Almirantazgo, se sintió esperanzado. "Entre un universitario como él -dijo- y un astrólogo supersticioso como Hitler, me inclino por el primero…" por su parte, Esther, en sus conversaciones con María del Mar, con la viuda Oriol, con Marta, etcétera, comparaba maliciosamente los nobles atributos de la corona inglesa con los de la cruz gamada, svástica, de los nazis, que en principio fue privativa de los salvajes adoradores del sol. "Son pequeños matices, ¿verdad?".

María del Mar se abstenía de opinar. Ella no entendía de "política internacional". Marta, en cambio, que leía la revista 'Signal', le objetaba a Esther que tan delicadas especulaciones no modificarían las bases del conflicto. "El pueblo alemán ha recibido con júbilo la decisión del Führer. Los alemanes están como un solo hombre a su lado y lo obedecerán hasta el final".

¿Y doña Cecilia? ¿Qué opinaba doña Cecilia, hija de un lechero de Falencia y alérgica a los periódicos y a la geografía? Doña Cecilia, en una de las visitas que le hizo a Esther -le gustaba horrores la tarta de nata que ésta le preparaba-, exclamó de pronto:

– ¡Hay que ver esos ingleses! ¡Mira que declararle, así por las buenas, la guerra a Alemania!

En cuanto Polonia se rindió -la guerra relámpago fue una realidad-, la opinión general, que ni siquiera se enteró de los comentarios de los disidentes, fue que la suerte estaba echada; en consecuencia, la tensión de aquellas jornadas disminuyó. La expresión más plástica de esta postura, de este cansancio por los avalares bélicos, la dieron los hermanos Costa. Los hermanos Costa, en la cárcel, a raíz de dicha capitulación, les dijeron a los demás reclusos: "¡A ver si olvidamos de una vez este asunto de los polacos! Aquí lo que conviene es organizar campeonatos de ajedrez y fundar un orfeón".

Santas palabras… En resumidas cuentas, ésa era la tesitura de las autoridades… No dejarse avasallar por lo que ocurriera más allá de las fronteras. Ocuparse más que nunca de los problemas internos. "España ha de dedicarse a la reconstrucción".

El mes de septiembre era propicio para ello. El calor había disminuido y el calendario marcaba la hora de reanudar la actividad en la provincia. Se necesitaban postes de gasolina; pues a crearlos, concediéndoles la preferencia a los Caballeros Mutilados. Se necesitaban estancos; pues a abrirlos donde fuera preciso, adjudicándolos a las viudas de los "caídos". En Gerona hacía falta una barbería de lujo: ahí estaba un tal Dámaso, dueño de una perfumería. Perfumería Diana, para inaugurarla en un entresuelo de la Rambla, con éxito espectacular, pese a que había que subir unos escalones. Faltaban tiendas dedicadas a la reparación de máquinas de escribir -descacharradas con la guerra-, de aparatos de radio, de plumas estilográficas…; surgieron como por ensalmo, aquí y allá. ¡Inauguróse incluso una llamada Galería de Arte, donde se enmarcarían cuadros, se venderían reproducciones -Picasso, prohibido- y se venderían antigüedades! Eso, era lo útil y directo. La vuelta a la normalidad.

Por lo demás ¡eran tantas las cuestiones por resolver! Ahí estaba la Inspección de Enseñanza Primaria. Faltaban tres semanas para la apertura de las escuelas y todavía seguían en trámite, en la mesa de Agustín Lago, los expedientes que la Comisión Depuradora de los maestros había incoado. La impresión del inspector jefe, en vista de las respuestas dadas por los maestros a los pliegos de cargos y de los avales con que las acompañaban, era que acertó en el pronóstico que le había hecho al Gobernador: alrededor de un cincuenta por ciento de los titulares deberían ser expulsados, separados de la carrera y otro veinte por ciento trasladados a otros pueblos. ¡El problema era grave! Sería preciso cubrir las vacantes que se produjeran. Agustín Lago dijo: "Por suerte, han pedido el ingreso una serie de ex seminaristas, y varios ex alféreces provisionales han hecho ya los correspondientes cursillos. ¡Pero no podemos perder más tiempo! Hay que firmar los nombramientos".

Otra papeleta era la confección del programa de las Ferias y Fiestas de San Narciso, que tenían lugar a fines de octubre. Serían las primeras después de la guerra: era preciso dar el golpe, inundar de alegría la ciudad. La Comisión de Festejos, formada en su mayor parte por concejales del Ayuntamiento, se mostraba optimista. "Continuamente llegan peticiones de feriantes que quieren montar su barracón. Parece ser que tendremos hasta circo, lo que siempre resulta agradable. Y si resolvemos el problema de la energía eléctrica, vendrán incluso autos de choque".

'La Voz de Alerta', que por fin se había decidido a reabrir su consulta de dentista -pronto colocaría en el balcón el correspondiente rótulo de letras doradas sobre fondo negro-, comentó: "Eso estaría bien. A la gente le gusta embestirse de mentirijillas".

– ¿No permitirán todavía tocar sardanas?

– ¡Qué pregunta! Ni soñarlo…

Pequeña espina clavada en el corazón de los ciudadanos como la Torre de Babel, como Padrosa. Los jugadores de bochas de la Dehesa "no veían motivo que justificara la prohibición". Los "productores" de la fábrica Soler, pese a la gloriosa tarde del 18 de julio en la piscina y de la opinión del camarada Arjona, Delegado Sindical, no se sentían todavía dispuestos a bailar por soleares. "Sería un detalle del Gobernador: que por las Ferias se tocasen sardanas". Los componentes de la antigua Cobla Gerona, que ni siquiera se habían atrevido a presentar la solicitud, andaban todos, al igual que Jaime, buscando cómo ganarse su pecunio: unos repartían recibos de la Compañía de Gas y Electricidad; otros, de las Mutuas. El antiguo director, un tal Quintana, que tocaba el fiscorno, aprendía el oficio de sastre. Se lo enseñaba en su casa un cuñado suyo que perteneció a un Comité y que desde la entrada de los 'nacionales' vivía oculto detrás de un tabique.

Septiembre, complejo en la tierra, nítido en el aire. Francia enviaba, además de repatriados y de lo que Fronteras conseguía recuperar -últimamente, la llamada valija de Álvarez del Vayo, que contenía nada menos que la corona de la Virgen de la Merced, patrona de Barcelona-, ráfagas de viento fresco, de tramontana, que exaltaba a los taponeros del Ampurdán y que se llevaba las nubes con la facilidad con que la aviación de Hitler había despejado de enemigos el cielo de Polonia.

Muchas familias, sobre todo en el campo, se quejaban de que sus hijos, los mozos de la casa, que habían servido obligatoriamente con los 'rojos', ahora continuaban vestidos de caqui, cumpliendo el servicio militar. El reenganche… "¿Hasta cuándo? Se habrán pasado media juventud con el fusil en la mano". Menos mal que recibían carta de la novia; menos mal que las novias sabían esperar…

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