Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
En cuanto al Doctor Cangrejo, cuando lo conocí prometió vernos a Mameha y a mí en la Casa de Té Shirae, pero seis semanas después seguíamos sin saber nada de él. Mameha empezó a preocuparse al ver que pasaban las semanas sin noticias. Yo todavía no me había enterado de su plan para desequilibrar a Hatsumono, salvo que era como una puerta colgada de dos bisagras: una era Nobu y la otra el Doctor Cangrejo. Lo que se proponía con Uchida, no puedo saberlo, pero me parecía que formaba parte de un plan diferente, o, al menos, no ocupaba un lugar central en sus planes.
Finalmente, un día a finales de febrero, Mameha se encontró con el Doctor Cangrejo en la Casa de Té Ichiriki y se enteró de que había estado agobiado de trabajo debido a la apertura de un nuevo hospital en Osaka. Pero una vez superado el trabajo más duro, esperaba poder reanudar mi conocimiento en la Casa de Té Shirae a la semana siguiente. Recordarás que Mameha había afirmado que me abrumarían las invitaciones si me dejaba ver en la Ichiriki; por eso el Doctor Cangrejo sugería que nos viéramos en la Shirae. Pero la verdadera razón de Mameha para no ir a la Ichiriki era, claro está, vernos libres de Hatsumono. Pese a todas las precauciones, cuando me estaba preparando para volver a ver al doctor, no pude evitar sentir cierta desazón ante la idea de que Hatsumono nos encontrara. Sin embargo, en cuanto vi la Casa de Té Shirae, casi me echo a reír, pues era ciertamente el tipo de lugar que Hatsumono haría todo lo posible por evitar. Me hacía pensar en un capullo marchito en un árbol totalmente florecido. Gion siguió siendo una zona bulliciosa durante los años de la Depresión, pero la Casa de Té Shirae, que, para empezar, nunca había sido especialmente importante, no había hecho sino decaer aún más. La única razón por la que un hombre tan rico como el Doctor Cangrejo fuera cliente de un lugar como éste era que no siempre había sido tan rico. La Casa de Té Shirae era tal vez lo mejor que el doctor se podía permitir durante sus primeros años, y el ser finalmente recibido en la Ichiriki no significaba que tuviera libertad para romper su vínculo con la Shirae. Cuando un hombre toma una amante, no se da media vuelta y se divorcia de su esposa.
Esa noche en la Shirae, yo serví el sake mientras Mameha contaba una historia, y durante todo el tiempo, el Doctor Cangrejo estuvo sentado con los codos apuntando hacia fuera, tanto, en realidad, que a poco que se moviera enseguida nos daba con ellos, tras lo cual se volvía y se excusaba con una pequeña inclinación de cabeza. Como pude descubrir aquella noche, el Doctor Cangrejo era un hombre tranquilo; se pasó la mayor parte de la velada con la vista fija en la mesa, y de vez en cuando deslizaba un trozo de sashimi bajo el bigote de una forma que a mí me hacía pensar en un niño escondiendo algo bajo las tablas del suelo. Cuando por fin nos despedimos, yo pensé que la velada había sido un fracaso, pues normalmente un hombre que se hubiera divertido tan poco no volvería a Gion. Pero, muy al contrario, resultó que volvimos a saber de él a la semana siguiente, y prácticamente todas las semanas durante los meses que siguieron.
Todo parecía ir suave como la seda en lo que al Doctor Cangrejo se refiere, hasta que una tarde de mediados de marzo estuve a punto de echar a perder con una auténtica tontería los planes que con tanta cautela había trazado Mameha. Estoy segura de que muchas jóvenes geishas han echado por tierra unas magníficas perspectivas negándose a hacer algo que se esperaba que hicieran, portándose mal con un hombre importante o cualquier otra cosa por el estilo. Pero la falta que yo cometí era tan trivial que ni siquiera fui consciente de lo que estaba haciendo.
Todo sucedió en un minuto, en la okiya, un día muy frío poco después de comer. Yo estaba tocando el shamishen sentada en la plataforma exterior, y Hatsumono se acercó apresurada camino del retrete. De haber estado calzada, habría saltado de un brinco al pasaje del patio para dejarla pasar. Pero lo que sucedió es que tuve que forcejear un momento para ponerme en pie porque tenía las piernas y los brazos agarrotados de frío. Si hubiera sido más rápida, probablemente Hatsumono no se habría tomado la molestia de dirigirme la palabra. Pero mientras yo trataba torpemente de levantarme, me dijo:
– El embajador alemán está en la ciudad, pero Calabaza no está libre para acompañarlo. ¿Por qué no le dices a Mameha que te prepare las cosas para poder sustituirla? -y se echó a reír, como si quisiera decir que la idea de que yo pudiera acompañar al embajador alemán era tan ridicula como servirle un plato de bellotas al Emperador.
El embajador alemán había causado un gran revuelo en Gion por esos años. Durante este período, en 1935, acababa de subir al poder en Alemania un nuevo gobierno. Y aunque nunca he sabido mucho de política, sí que sé que por entonces Japón se estaba distanciando de los Estados Unidos y deseaba causar buena impresión al embajador alemán. Todo el mundo se preguntaba quién tendría el honor de acompañarlo durante su inminente visita a Gion.
Cuando Hatsumono me habló, yo debía haber bajado la cabeza avergonzada y haber lamentado con gran teatro la miseria de mi vida comparada con la de Calabaza. Pero dio la casualidad de que precisamente había estado reflexionando sobre cuánto parecían haber mejorado mis expectativas y lo bien que habíamos engañado a Hatsumono con el plan de Mameha, fuera éste el que fuera. Mi primer instinto cuando Hatsumono me habló fue sonreír, pero en su lugar me mostré impasible como una máscara, y me alegré de no haber soltado prenda. Hatsumono me miró de forma extraña; y justo en ese momento yo debería haberme dado cuenta de que se le había pasado algo por la cabeza. Me eché rápidamente a un lado, y ella siguió su camino. Eso fue todo, por lo menos en lo que a mí respecta.
Entonces, unos días después, Mameha y yo fuimos a la Casa de Té Shirae a acompañar al Doctor Cangrejo. Pero cuando abrimos la puerta, vimos a Calabaza calzándose para marcharse. Me di un gran susto al verla y empecé a hacer conjeturas sobre lo que habría podido llevarla hasta allí. Entonces Hatsumono entró en el vestíbulo, y yo supe entonces que de un modo u otro había vuelto a burlarnos.
– Buenas tardes, Mameha-san -dijo Hatsumono- ¡Y mira quién va contigo! ¡La aprendiza que tanto le gustaba al doctor!
Estoy segura de que Mameha estaba tan sorprendida como yo, pero no dio muestras de ello.
– ¡Vaya, vaya, Hatsumono-san! Por poco no te reconozco… ¡ Madre mía! ¡ Qué bien envejeces!
Hatsumono no era realmente mayor; sólo tenía veintiocho o veintinueve años. Creo que Mameha sencillamente quería decirle algo desagradable.
– Supongo que vais a ver al doctor -dijo Hatsumono-. ¡Qué hombre tan interesante! Espero que siga queriendo veros. Bueno, yo ya me iba. Adiós -Hatsumono parecía contenta al salir, pero a la luz de la farola de la calle distinguí una mirada lastimera en Calabaza.
Mameha y yo nos descalzamos sin decir palabra; ninguna sabía qué decir. Esa noche, el deprimente ambiente de la Casa Shirae parecía tan denso como el agua de un estanque. El aire olía a maquillaje rancio; las esquinas de los cuartos estaban todas desconchadas. Hubiera dado cualquier cosa por darme media vuelta e irme.
Cuando abrimos la puerta del vestíbulo, encontramos a la dueña de la casa de té acompañando al Doctor Cangrejo. Por lo general, solía quedarse unos minutos después de que llegáramos; seguramente para cobrárselos al doctor. Pero esa noche, al entrar nosotras, se excusó y ni siquiera levantó la vista al pasar a nuestro lado. El Doctor Cangrejo estaba sentado de espaldas a nosotras, así que pasamos por alto el formalismo de la reverencia y fuimos directamente a sentarnos con él en la mesa.