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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Dioses —musitó Tirun.

—Están comerciando —dijo Pyanfar con incredulidad—, igual que en Kirdu. Dioses, están haciendo un trato. Una nave Extraña a cambio de la Hinukku. De Akukkakk…

—¡Pyanfar! —La voz de Dientes-de-oro en el comunicador—. ¿Comprender esos bastardos?

—Una nave humana —dijo Pyanfar, activando su conexión con el transmisor, que no había llegado a desconectar—. Los knnn acaban de entregarnos una mercancía viviente. Pertenecen a la especie de Tully. Por todos los dioses, los knnn siguen acelerando hacia el exterior del sistema.

—Nave kif deja estación —gritó, de pronto, la voz de Jik—, Él va.

Una nave kif de las tres que estaban en el muelle. Claro, eso era: una nave kif medio estropeada, con los propulsores casi inútiles, retirándose con agónica lentitud, intentando pasar desapercibida.

—Están siguiendo el curso del ataque anterior —dijo Pyanfar, prácticamente temblando por la excitación que sentía—. En nombre de todos los dioses, grandes y chicos, se están escapando, se están preparando para escapar.

De pronto la pantalla registró una especie de vacío, el típico fantasma que dejaba siempre una nave al partir en el salto: el vacío tenía su centro allí donde un segundo antes había un grupo de naves knnn rodeando a la Hinukku. El fantasma esta vez era tan grande que causó momentáneas ondulaciones en la textura del tiempo y el espacio y cuando se desvaneció Pyanfar distinguió un fantasma más diminuto y fugaz: la nave knnn. Se había ido.

Las dos naves kif que aún quedaban se alejaban lentamente hacia el exterior del sistema y sus oscuras profundidades, emitiendo con todas sus fuerzas una señal en la que estaba contenido todo el desastre que habían sufrido.

—Tenemos —dijo Dientes-de-oro—. Tenemos, Pyanfar.

—Tenemos… sólo los dioses saben qué tenemos. —Oía aún el parloteo de Tully en el comunicador y ahora percibía en sus palabras matices y tonalidades emocionales que antes nunca había notado. Se volvió a mirarle y le vio instalado en el tablero de Haral como si le hubiera pertenecido desde siempre. Tully se dio cuenta de que le miraban y se volvió hacia ella. Tenía el rostro cubierto de líquido.

—Amigo —le dijo en su propia lengua—. Todos amigos.

Los dioses eran testigos de que había mucho que contarles a los recién llegados y si algo no necesitaba el traductor en esos momentos era más vocabulario con el que embrollarse. Sólo los dioses sabrían de qué modo sería posible entendérselas con otra docena de Tullys, tan confusos y aterrados como lo había estado él al llegar.

—Que vengan —le dijo Pyanfar, articulando lentamente las palabras para hacerse comprender—. Diles que vengan a la estación.

—Venir, sí.

Pyanfar se volvió de nuevo hacia la pantalla y empezó a planear un rumbo a la estación. Algunas naves ya estaban dirigiéndose hacia ella, principalmente las naves hani con capacidad de salto que no habían llegado a tener ocasión de reducir su velocidad: tenían parientes en la estación o quizás iban e busca de sus tripulaciones o de los grupos que habían desembarcado en los diques para ayudar a la casa Llun.

En esos instantes podía estar ocurriendo cualquier cosa en la estación, dado el pánico en que debían encontrarse los kif.

Y en esos momentos ni cien Extraños sobre bandejas de oro habrían podido interesarle en lo más mínimo.

—Capitana —dijo Geran y de pronto un torrente de datos nuevos apareció en la pantalla, en tanto que una señal familiar brotaba firme y clara en el altavoz—. La estación vuelve a transmitir, capitana.

Oyó cómo los mahe las avisaban de lo que ya era obvio en tanto que los Extraños parloteaban incesantemente, con toda seguridad porque ellos también estaban recibiendo la señal, y una confusa multitud de voces hani que le hacía ansiosas preguntas a la estación.

—La estación se encuentra totalmente a salvo y en orden —fue la respuesta—, Aquí Kifas Llun. La resistencia ha terminado y la estación se encuentra totalmente a salvo.

Pyanfar mantuvo la velocidad, sin hacer caso de la multitud de luces que le indicaban las averías sufridas. Esa condenada tobera número uno volvía a estar mal y sólo los dioses sabían qué otras partes de la nave habían sufrido un buen vapuleo pero aún podían controlar su dirección y su capacidad de frenado no había resultado afectada. No había necesidad de entrar cojeando, ya que la estación no había tenido el tiempo necesario para establecer los senderos de aproximación: las naves deberían arreglárselas manteniendo los ojos bien abiertos y evitando los choques.

Estaban recibiendo otras señales. La estación de Harn volvía a emitir y unos minutos después se recibió una transmisión de Tyo, informando de que ni los daños ni las bajas habían sido de gran consideración.

Hilfy, pensaba constantemente Pyanfar, y Chur.

Y Khym, aunque eso estaba casi oculto en lo más hondo de su cerebro, y Khym, para quien ya no podía concebir ninguna esperanza.

Pero, después de todo, él había venido hasta aquí buscando precisamente eso.

Una gota de sudor resbaló por su nariz, haciéndole cosquillas. Le costaba respirar dada la aceleración. Los mahe viajaban casi pegados a la Orgullo y detrás de ellos, por razones ignoradas y movidos por un propósito imposible de adivinar, venía la nave de los Extraños, rebasando uno a uno a los cargueros más lentos para los que el viaje sería cuestión de horas.

Para cuando llegaran, quizá la estación de Gaohn tuviera ya los primeros informes sobre las bajas sufridas.

14

La Orgullo abrió sus accesos en tanto que la Mahijiru se instalaba en el dique contiguo y Jik, a bordo de la Aja Jin, permanecía montando guardia con la proa hacia ese cuadrante del sistema por el que aún era posible la aparición de alguna nave kif. Nadie creía probable tal aparición pero, pese a todo, decidieron tomar precauciones al respecto.

La nave de los Extraños se posó lentamente en el muelle y se mostró perfectamente dispuesta a recibir visitantes, pero el proceso se vio algo retrasado por el hecho de que sus ocupantes no entendían ni el lenguaje ni los procedimientos habituales, careciendo al mismo tiempo de equipos compatibles con las instalaciones de la estación.

—A nuestro lado —se había limitado a decirles Pyanfar—, ¿Tenéis equipo de vídeo? Veréis cuatro abrazaderas; la escotilla debe quedar en el centro, ¿entendido? Debéis ir despacio y con mucho cuidado. Si tenéis algún problema paradlo todo y retroceded. Esperad a que llegue una nave pequeña de la estación para ayudaros en el atraque. ¿Lo habéis comprendido todo?

—Comprendido —le habían respondido a través del comunicador. Y la nave de los Extraños se acercó cautelosamente al muelle de la estación en tanto que sus ocupantes, sin duda, se hacían múltiples preguntas sobre los cascos destrozados de las naves kif y las señales de fuego reciente que se veían en esa zona de la estación.

Una de las cuadrillas del dique se encargó de establecer una línea directa de comunicación.

—Capitana —dijo Geran, con sus pupilas ambarinas casi echando chispas—, capitana, son Chur y Hilfy. ¡Las dos están ahí abajo!

—Ya —dijo Pyanfar sin dar excesivas muestras de emoción, ya que en ese mismo instante tenía a la nave de los Extraños parloteando en su otro oído pero sintiendo en sus entrañas una poderosa oleada de alivio, con el resultado final de que no escuchó gran cosa de lo que le estaban diciendo. Miró a su tripulación y luego a Tully, al que también se le habían iluminado los ojos al oír las noticias.

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