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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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La estación no había emitido más que un solo mensaje y seguía emitiéndolo al empezar el despegue, lo cual significaba que el mando central de la estación había estado en manos hani y que en esos momentos había demasiados problemas de los que ocuparse, siendo imposible responder a cualquier tipo de preguntas. El mensaje seguía llegando aún, así que los kif no habían logrado reducirlo al silencio o quizá no sentían demasiado interés por ello.

Pero los muelles… Se imaginó fácilmente a los estibadores huyendo en todas direcciones presa del pánico, desorganizados, careciendo de la preparación necesaria para enfrentarse al ataque de los kif, Atacar estaciones era algo inimaginable para un hani; algo que estaba fuera de toda razón y algo para lo que, lógicamente, no se había hecho ningún preparativo.

Maldita fuera esa lógica y maldita fuera la torpe complacencia que la había engendrado. Ah, maldita fuera su propia especie y la naturaleza hani, capaz de hacer que cada individuo de su raza se ocupara solamente de sus propios asuntos porque ése era el modo en que todo su mundo funcionaba. No le había quedado más remedio que ir a Chanur, ya que un hani era capaz de mantener un desafío aunque su propia casa estuviera ardiendo; al menos, hasta sentir las llamas chamuscándole el pelo. Un hani siempre se ocupaba de lo suyo, sin tomar en consideración lo que pudieran pensar los Extraños y guardándose mucho de admitir, dado su orgullo, que difícilmente habría logrado llegar al espacio en tanto que raza de no haber sido por los exploradores mahendo’sat que encontraron su planeta; pero así estaban las cosas. Y las cosas seguían haciéndose al viejo estilo, ese estilo que tan bien había funcionado cuando no existían ni las colonias ni el comercio espacial; cuando la especie hani poseía su mundo sin tener que enfrentarse a ningún desafío de fuera y sus instintos resultaban perfectamente adecuados al mundo que poseían.

Pero ahora, por los dioses… ahora existían otros ecosistemas. El mismo Pacto era uno de ellos y ahora estaban tratando con distancias muy superiores a las verdes llanuras de Anuurn: ahora debían tratar también con seres cuyos instintos se habían demostrado eficientes y justificados dentro de sus propias escalas de valores.

En un infierno imposible de imaginar los kif habían probado su capacidad de funcionamiento como especie y, por los dioses, incluso los chi habían logrado funcionar, por muy locos e incomprensibles que pudieran parecerle a otros Extraños. Y Tully, que a veces parecía casi racional y otras veces parecía completamente estúpido.

¿La habría despreciado Dientes-de-oro a causa de su deserción, ya que siendo una hani no tenía más remedio que irse, a pesar de todas las razones que le aconsejaban justamente lo contrario? Ahora sentía vergüenza y por ello sospechaba que toda la especie hani no había logrado estar a la altura de las esperanzas mahe, esas esperanzas que les habían proporcionado dos naves de escolta. Quizás ahora mismo estuvieran notando en el espacio los restos destroza dos de sus aliados mahe mezclados con los de la mismísima Orgullo, con un kif esperando para convertir en vapor y chatarra este cascarón en el que ahora viajaban, junto con el cerebro hani que al fin había logrado comprender algo de crítica importancia para el futuro de su especie. Demasiado tarde.

Todo era una locura. El ángulo de ascenso hacía que a su cerebro no le llegara el oxígeno suficiente y estaba empezando a notar una especie de neblina gris en los ojos. Su espalda se había vuelto insensible, al igual que sus brazos y sus piernas, y la presión gravitatoria seguía aumentando.

El ruido de los motores cambió de tono. Estaban saliendo de la atmósfera y seguían acelerando. Pyanfar parpadeó varias veces y luchó por mover el cuello, viendo una confusa masa de indicadores que parpadeaban en la oscuridad a través de la que distinguió un estallido luminoso: era la pantalla de observación, que se había encendido. Pyanfar parpadeó de nuevo, intentando ver más allá del brazo de la copiloto, tras el que se perfilaba algo muy grande y bastante cercano a su posición.

—…Suerte —chasqueó una voz a través de su oído—, aquí la Orgullo de Chanur. Vamos a interceptar vuestro curso y efectuar el acoplamiento.

Tirun.

Si hubiera sido capaz de empezar a saltar y dar gritos de alegría lo habría hecho. Pero bajo el enorme peso de la gravedad que la inmovilizaba lo único que pudo conseguir fue una sonrisa lenta y dolorosa, mientras que el corazón le golpeaba las costillas como un martillo enloquecido y la sangre se agolpaba en sus extremidades.

Los motores de la Suerte se detuvieron y Pyanfar, ante el brusco alivio, dejó escapar un prolongado jadeo. La mano invisible que la había mantenido como clavada al sueldo del pozo se había esfumado y Pyanfar logró moverse, de un asidero a otro, con la práctica de quien lo ha hecho toda su vida, hasta llegar al tablero de comunicaciones, avanzando rápidamente con los pies por delante y doblándose luego otra vez para coger el micrófono.

—Deprisa, Tirun, por todos los dioses —le dijo. Y luego, dirigiéndose a la capitana Rau, añadió—: ¿Dónde están los kif? ¿Recibes alguna señal de ellos?

—Las pantallas de la estación no transmiten nada —le dijo la navegante Rau—. No es sólo Gaohn: también Harn y Tyo están fuera de señal. Estamos limitadas a nuestros propios aparatos y nada más.

—Conecta la señal de rescate —le dijo Pyanfar, mientras luchaba por confinar esas malas noticias en un rincón alejado de su mente—. La Orgullo puede guiarse por ella y sus aparatos automáticos se encargarán del resto.

—Mi consejo —dijo la capitana—, es que ahora sería mejor que aceptaras el mando, ker Chanur. Que los dioses nos ayuden, porque ahora no podemos distinguir a ninguna de esas naves con capacidad de salto que andan por ahí fuera…

—Mantén la velocidad lo más baja posible, sin variaciones, y ten preparada la nave para una buena sacudida. —Pyanfar volvió a toda prisa al refugio que le ofrecía su manta en el fondo del foso—, Las abrazaderas de la Orgullo se encargarán de la parte delicada. Nada de impulsores ahora, la Orgullo se está guiando mediante el ordenador.

—Dioses, la tenemos encima nuestro —dijo la copiloto.

—Acercándonos— la voz de Geran en el auricular—. No os mováis. Buena suerte.

Una alarma se disparó bruscamente y fue rápidamente desconectada en el tablero. Las pantallas se apagaron.

—Oh, dioses —dijo la navegante.

Pyanfar encogió el cuerpo, apretándose con todas sus fuerzas contra la manta.

Impacto: la Suerte se estremeció de un extremo al otro con un ensordecedor estruendo metálico y Pyanfar notó cómo su cuerpo rebotaba en la cubierta, casi haciéndole perder el asidero. Luego hubo un ruido menos prologando y el roce de las abrazaderas al afirmar su presa.

Ya estaba: un silencio tranquilizador y la ausencia total de gravedad.

—Tenemos problemas —dijo Tirun—. La escotilla ha saltado y hemos puesto un tubo al otro lado. Por el cuadro de mandos de los dioses, ¡tenéis que abandonar la nave! No podemos defenderos si…

—¡Haral! —gritó Pyanfar, volviéndose hacia el pasillo—. ¡En marcha, todos!

—Capitana —dijo Nerafy Rau.

—Vamos —le respondió Pyanfar, propulsándose con una mano hacia el asiento acolchado de la capitana y sosteniéndose en él precariamente, clavando los ojos en su rostro—. Todas vosotras debéis acompañarnos. Si hay alguna oportunidad de hacerlo luego, os devolveremos a vuestra nave. Si no es posible hacerlo, hay muchos kif con los que arreglar cuentas y toda esa gente de las estaciones… ¿Queréis morir aquí sin haber disparado ni un tiro?

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