Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
De pronto, me pareció urgente que Hatsumono se fuera. Sabía que estaba allí para contemplar «la evolución del romance», como decía ella. Así que me propuse que viera lo que había venido a ver. Empecé tocándome el cuello y el peinado cada dos por tres, a fin de parecer que estaba preocupada por mi aspecto. Pero al rozar sin darme cuenta uno de los adornos que llevaba en el pelo, se me ocurrió una idea. Esperé hasta que alguien contó un chiste y entonces riéndome y atusándome el peinado me incliné hacia Nobu. He de admitir que era un gesto un poco extraño, pues mi cabello estaba encerado y apenas se movía o se despeinaba. Me proponía soltarme uno de los adornos -una cascada de flores de seda amarillas y naranjas-, de modo que cayera en el regazo de Nobu. No obstante, lo que sucedió fue que el adorno estaba más sujeto de lo que yo creía, y cuando por fin conseguí soltarlo, salió disparado, rebotó en el pecho de Nobu y cayó en el tatami entre sus piernas cruzadas. Casi todo el mundo se dio cuenta, pero nadie sabía qué hacer. Yo había planeado que alargaría la mano hasta su regazo y lo reclamaría con infantil turbación, pero no me atreví a alcanzar su entrepierna.
Nobu lo agarró él mismo y lo giró lentamente tomándolo por la púa que lo sujetaba al cabello.
– Busca a la joven camarera que me ha recibido -me dijo-. Dile que quiero el paquete que he traído.
Hice lo que Nobu me mandaba y volví al salón, donde todo el mundo me esperaba. Nobu tenía todavía en la mano mi adorno del pelo, agarrándolo de modo que las flores oscilaban sobre la mesa. No hizo ademán de tomar el paquete cuando se lo ofrecí.
– Pensaba dártelo más tarde, cuando salieras. Pero parece que debo dártelo ahora -dijo, y me indicó con un gesto de cabeza que lo abriera. A mí me daba mucha vergüenza, pues todo el mundo me miraba, pero le quité la envoltura de papel, abrí la cajita de madera que había dentro y encontré una peineta exquisitamente decorada sobre un lecho de satén. La peineta, que tenía una forma semicircular, era de un vivo color rojo decorada con flores de brillantes colores.
– La encontré en una tienda de antigüedades hace unos días -dijo Nobu.
El Presidente, contemplando pensativo el adorno que yo había dejado en su estuche, encima de la mesa, movió lo labios, pero ningún sonido salió de su boca al principio; entonces se aclaró la garganta, y dijo con una extraña tristeza en la voz:
– Vaya, Nobu-san, no sabía que fueras tan sentimental.
Hatsumono se levantó de la mesa; pensé que había logrado librarme de ella por esa noche, pero para mi sorpresa dio la vuelta y se arrodilló a mi lado. Yo no sabía qué hacer, hasta que ella sacó la peineta de la caja y la introdujo cuidadosamente en la base de mi moño. Luego extendió la mano, y Nobu le dio el adorno de flores, que ella volvió a colocar en mi cabeza con la misma delicadeza que una madre con su bebé. Yo se lo agradecí con una pequeña reverencia.
– ¿No es la más linda de las criaturas? -dijo, dirigiéndose claramente a Nobu. Y luego suspiró dramáticamente, como si éste fuera uno de los pocos momentos románticos que hubiera experimentado en su vida, y salió de la habitación, como yo esperaba que hiciera.
No es necesario decir que los hombres pueden ser tan distintos unos de otros como los arbustos que florecen en diferentes momentos del año. Pues aunque Nobu y el Presidente parecieron interesarse por mí unas semanas después del torneo de sumo, pasaron varios meses y seguíamos sin saber nada ni del Doctor Cangrejo ni de Uchida. Mameha tenía muy claro que debíamos esperar hasta que ellos dijeran algo, más que encontrar un pretexto para volver a verlos, pero a la larga no pudo soportar más el suspense y una tarde fue a ver lo que pasaba con Uchida.
Resultó que poco después de nuestra visita, un tejón mordió a su gato que murió de la infección al cabo de unos días. Y a resultas de ello, Uchida se había vuelto a dar a la bebida. Mameha fue a visitarlo varios días para animarlo. Finalmente, cuando parecía que su humor estaba a punto de cambiar, me vistió con un kimono azul cielo adornado en el bajo con un bordado de cintas multicolores -y con tan sólo un toquecito de maquillaje occidental, para «acentuar los ángulos», como decía ella- y me mandó a su casa con un gatito blanco perla que le había costado una fortuna. Yo pensaba que el gatito era adorable, pero Uchida apenas le hizo caso y, en su lugar, me miró con los ojos entrecerrados, moviendo la cabeza a un lado y al otro. Unos días después, nos llegó la noticia de que quería que posara para él en su estudio. Mameha me advirtió que no dijera ni una palabra y me envió allí con su doncella Tatsumi de carabina, la cual se pasó toda la tarde dando cabezadas en un rincón de la habitación, mientras Uchida me llevaba de un sitio a otro, mezclando frenéticamente sus tintas y pintando un poco sobre papel de arroz, antes de volver a cambiarme de sitio.
Si recorrieras Japón y vieras las distintas obras en las que posé para Uchida durante ese invierno y los años que siguieron -como su único óleo conservado, que está colgado en la sala de juntas del Banco Sumitomo de Osaka-, te podrías imaginar que posar para él fue una experiencia llena de glamour. Pero en realidad no podría haber sido más aburrido. La mayor parte del tiempo, me limitaba a estar incómodamente sentada durante una hora o más. Sobre todo me acuerdo de pasar mucha sed, pues Uchida nunca me ofrecía nada de beber. Incluso cuando empecé a llevarme mi propio té en un tarro, él se lo llevaba al otro extremo de la habitación para no distraerse. Siguiendo las instrucciones de Mameha, nunca intenté hablarle, ni siquiera una tarde terrible a mediados de febrero, cuando probablemente debería haberle dicho algo y no lo hice. Uchida vino a sentarse frente a mí y me miró fijamente a los ojos, mordisqueando el lunar que tenía en la comisura de la boca. Tenía un ramillete de barras de tinta en la mano y un cuenco con agua que se enfriaba continuamente, pero pese a todas las combinaciones de tinta azul y gris que llevaba molidas no acababa de estar satisfecho con el color resultante y salía fuera para tirarlo en la nieve. Su irritación fue en aumento a lo largo de la tarde, conforme sus ojos me iban taladrando, hasta que terminó por decirme que me fuera. No supe nada de él en dos semanas, y más tarde me enteré de que había vuelto a beber. Mameha me echó la culpa por haber dejado que esto sucediera.